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La traición de las nubes a sus hijos

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La traición de las nubes a sus hijos

La traición de las nubes a sus hijos

Pasada la ciudad argelina de Tinduf, cientos de kilómetros de surcos arañan las arenas fangosas y achocolatadas del Sahara como feroces azotes del único látigo que teme el desierto, la lluvia torrencial.

Grietas que se tornan más amargas y profundas cuando se cruza lo que apenas unas semanas atrás era el umbral de un precario hogar de adobe, construido durante cuarenta años de lucha, esperanza y desplazamiento forzado.

"El cielo se abrió sobre nosotros y el agua cayó por sorpresa como cuando se vacía un gran balde. Había comenzado a llover por la tarde pero nadie imaginó lo que ocurriría durante la noche. El agua golpeaba sobre los techos (de metal) y nadie se atrevía a salir", explica a Efe Baida.

De su casa -situada en el distrito de Agüeinit, uno de los cinco que componen el campo de refugiados saharaui de Auserd (Argelia)- quedan dos muros en pie, el tercero está parcialmente derruido y el último ha desaparecido bajo las planchas de metal que servían de tejado.

Aún así, se puede considerar afortunada: antes de que llegara la segunda tromba, una semana después, pudo sacar la mayor parte de los enseres y trasladarlos a la jaima (tienda de campaña) que tiene al lado su madre.

Bajo la remendada carpa viven ahora quince personas: Baida, su hermana, su madre Esfarrah, los maridos de ambas y una prole de chiquillos que pululan divertidos entre unas enflaquecidas cabras que buscan algo que pastar en la arena.

No se atreven a entrar ante el riesgo de derrumbe, así que en la misma alfombra aún húmeda sobre la que duermen también cocinan, pese al riesgo de incendio.

"Lo hemos perdido todo, toda una vida. No tenemos comida ni dinero para volver a levantarla", se lamenta su madre, en su cerrado acento Hasania.

Baida nació en 1985 en Auserd, donde ha pasado toda su vida; sus padres llegaron a pie desde El Aaiún diez años antes huyendo de la invasión marroquí que el entonces rey Hasan II disfrazó de "Marcha Verde".

"Éramos felices con los españoles, nos respetaban y vivíamos bien. Pero ahora todo el mundo nos ha abandonado, nadie se ocupa de nosotros", se queja Esfarrah, cuya mirada queda fugazmente ensombrecida por la duda cuando se le inquiere por el regreso.

"Agradecemos mucho a los españoles por toda la ayuda que nos envían. No podríamos vivir si ella, la necesitamos de verdad, muchas gracias", tercia una condescendiente Baida mientras trata de apaciguar el llanto de su bebé, aquejado de fiebre.

Según Salek Baba Hasana, gobernador de Auzerd, cerca de 2.500 familias se han visto afectadas por las lluvias torrenciales que a finales de octubre arrasaron los campos de refugiados saharauis en Argelia, las peores en un década.

La mayor parte de las 30.000 personas que habitan este campo de adobe levantado en peno desierto han perdido su hogar y su medio de subsistencia.

Y aunque la ley dice que cada familia tiene derecho a una jaima nueva cada cinco años, la realidad es que la mayoría o carecen de ella o la que tienen es apenas un colorido y raído colás de telas de todo tipo salteada de decenas de remiendos.

"Hemos recibido 900 tiendas de campaña de las más de 11.000 que calculamos que se necesitan. Muchas procedentes de Argelia, que ha respondido muy rápido a nuestra llamada de socorro", explica a Efe el gobernador.

"ACNUR (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados) nos ha prometido unas 4.000. Aquí en este campamento hemos podido repartir unas 240", agrega el responsable, que se queja de "la débil respuesta de la comunidad internacional en comparación con la magnitud de la tragedia".

Junto a las tiendas, en los últimos días ha llegado también ayuda alimenticia: 2 kilos de arroz, medio kilo de azúcar, 750 gramos de legumbres y 250 gramos de pasta por persona, que no parecen ser suficientes.

Igual de desoladora es la situación de los hospitales y los dispensarios, la mayoría de ellos cerrados por riesgo de derrumbe o por la humedad.

"Ahora hay muchos casos de diarrea entre los niños y problemas respiratorios entre los mayores. Y ni siquiera tenemos suero fisiológico", explica a Efe Esmaya, enfermera jefe del dispensario de Agüainit.

"Necesitamos ayuda humanitaria, es indudable. La gente tiene que comer. Pero lo que realmente necesitamos es una solución política, porque así desaparecerá el drama humanitario. Y ahí España debe asumir su responsabilidad" como antigua potencia colonial, insiste el gobernador.

Tibba, una de las mujeres miembro del Consejo de Ausert, tiene otra teoría.

Dice que el primer día después de la gran tromba, salió a buscar pan y no encontró la tienda en la que solía comprar: se la había llevado la riada.

Entonces pensó que era una traición, una señal del cielo a "los hijos de las nubes".

"Que ya no debemos seguir viviendo aquí. Que cuarenta años de exilio forzado son suficientes", afirma.

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