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Sopletes, cazuelas, matzá y hagada en Mea Shearim en preparación para Pesaj

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Sopletes, cazuelas, matzá y hagada en Mea Shearim en preparación para Pesaj

Sopletes, cazuelas, matzá y hagada en Mea Shearim en preparación para Pesaj

El barrio ultraortodoxo judío de Mea Shearim, en el centro de Jerusalén y teñido de negro por los severos atuendos de sus moradores, se prepara para recibir la Pascua judía (Pesaj), que comienza el próximo lunes.

Diza Ekstein, de 70 años, trastea en la cocina entre grandes ollas, preparando y planeando platos de carne y pescado que compartirá con parte de los cien miembros de su extensísima familia -trece hijos y de ahí un casi incontable número de nietos y biznietos- durante la cena de Séder (orden), que este lunes por la noche se convertirá en la primera celebración de Pesaj.

"Llevo limpiando un mes y aún más en profundidad en los últimos días", señala esta devota creyente que prepara su humilde casa -enquistada en el barrio jerosolimitano próximo a la ciudad vieja- para la festividad, que exige una limpieza exhaustiva de las viviendas y la eliminación de cualquier miga de pan que haya podido caer al suelo o impregnar las ropas.

Según la Torá "no puedes comer ni poseer durante siete días productos con levadura" en recuerdo de la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto y la salida apresurada hacia la Tierra prometida, lo que impidió que los panes que llevarían en su camino crecieran, explica el israelí Tzvi Goldwag, guía turístico de Jerusalén.

En su lugar, estos productos se reemplazan por el "matzá", un pan ázimo que se produce y compra en grandes cantidades durante estos días y del que los Ekstein ya se han aprovisionado, conservándolo en su salón a la espera de ser consumido.

Pilas y pilas de este pan también se acumulan en un centro social del vecindario dedicado a la "Kimha Depisha", una suerte de obra de caridad basada en donativos que permitirá a casi 60.000 personas disfrutar de las festividades a pesar de los escasos recursos económicos de muchas familias ultraortodoxas.

"Tenemos cerca de mil kilos de alimentos que esperamos distribuir en la semana de Pascua", asegura a Efe el responsable de este proyecto, el rabino Yeshaya Schwartz.

Kilo de naranjas, rábanos, diferentes carnes y decenas de productos diferentes se amontonan en la calle y en un improvisado almacén en el que trabajan voluntarios para el reparto, que en ocasiones se hace de manera gratuita y en otras a cambio de una cantidad simbólica, dependiendo de cada caso.

El particular ambiente festivo se traduce en este barrio que parece anclado en el siglo XIX en montones de ropa tendida en las fachadas de los destartalados edificios, mujeres limpiando con afán dentro y fuera de las casas y vecinos que comienzan la purificación o "hagalá" de platos, cubiertos y baterías de cocina, tanto si ya han sido utilizados como si no.

Para las vajillas y utensilios recién comprados, bastará con introducirlos en agua hirviendo para hacerlos kosher (acordes a las leyes de alimentación judías), una tarea que repite cazo tras sartén y por un módico precio Zvika Perborsky en una pequeña tienda frente a una fuente de agua de lluvia que algunos también utilizan para purificar sus cacharros.

Los aparejos usados necesitan una limpieza más exhaustiva en esta batalla contra los restos de levadura y son sometidos al calor de un soplete antes de ser inmersos en la fuente de agua hirviendo.

Casarse o cortarse el pelo tampoco está permitido durante la Pascua -en el caso del cabello, la prohibición se extiende durante siete semanas hasta Pentecostés o Shavuot-, por lo que las peluquerías masculinas tienen más clientes ahora que el resto del año.

También es una costumbre informal en auge hacerse con una nueva edición de la "Hagadá", las narraciones sobre la gesta de Moisés y el pueblo judío desde su liberación del yugo egipcio.

Más de 40.000 versiones de estos libretos se venden en la librería "Or Hachaim", donde Elad Israeli cuenta que en estos días casi todo el que entra sale con un nuevo ejemplar en busca de matices diferentes sobre estas historias.

Los Ekstein ya tienen unas veinte o treinta y regalarán versiones infantiles a los más pequeños de la familia para que se zambullan en este espíritu de tradición e identidad como pueblo que gira en torno al Pesaj.

Lo harán el lunes, ante una mesa en la que no faltarán copas de vino y la "matzá", alrededor de la que ésta y otras miles de familias cantarán las canciones recopiladas en el libreto, incluida la proclama judía de encontrarse "el próximo año en Jerusalén".

"Es una fiesta hermosa y limpia", señala con humor Yechiel Zvi, marido de Diza, y asegura que espera con ansia el momento de partir el pan ázimo, "humilde como el pueblo de Israel", para que la esencia de esta festividad "sobre el orden y el sentido de las cosas" quede con él durante el resto del año.

María Sevillano

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