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24-S, umbral de agotamiento del régimen

Queremos una España más justa, fraterna y democrática; una España que este domingo dará un paso decisivo para responder a sus profundos anhelos constituyentes

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En la historia, en la vida social, nada es fijo, rígido o definitivo. Y nada volverá a serlo.
Antonio Gramsci

Durante la última década, han sido incontables los espacios en los que se han hecho visibles las demandas democráticas de una España valiente que ha decidido transformar de una vez y para siempre el régimen del 78. La crisis financiera, en este contexto, ha actuado como catalizadora de un malestar que va aflorando en escenarios distintos y situaciones cambiantes, pero que, en todos los casos, ha obedecido a un mismo empeño: transcender los escuetos límites en los que se han encapsulado las esperanzas de una mayoría creciente desde la Transición. 

En este sentido, la resistencia al cambio que ahora protagoniza Mariano Rajoy no es sino hija del miedo que respiran las élites, sabedoras de que ha llegado a su fin el periodo de impunidad en que la política y los negocios se sentaban en la misma mesa, pasando por encima de la ciudadanía. De ahí las actuaciones torpes y autoritarias del Gobierno del Partido Popular, apoyadas de manera explícita por el Partido Socialista, que al recortar libertades y restringir derechos, únicamente acreditan su condición aumentada de debilidad. 

Un poder que se siente legitimado no se salta las reglas del juego que él mismo ha ayudado a crear, ni apela a la judicialización de los conflictos políticos para hacer prevalecer sus planteamientos por encima de todo. Más bien al contrario; la hegemonía se ejerce, siempre y en cualquier lugar, con una imprescindible dosis de reconocimiento que incluso comparten sus detractores, incapaces de subvertir las narrativas que explican su propia subordinación. Sin embargo, si esta fuera la situación de la España de hoy, no habríamos presenciado las escenas de represión que se han sucedido a lo largo de toda nuestra geografía plurinacional, al calor de una ley redactada ex profeso para amordazar conciencias. Y mucho menos habríamos visto al mismísimo monarca y jefe del Estado tomar partido en esta pugna en favor de aquellos que quieren que las cosas sigan como están. 

Visto así, la España corrupta e insolidaria que tantos esfuerzos ha hecho por banalizar nuestra democracia, está dando evidentes muestras de extenuación. Lo está haciendo gracias a que una porción sensible de su población se ha organizado para resistir y decir basta al vaciamiento de nuestros servicios públicos y derechos fundamentales. Sin temor, hemos sido capaces de denunciar el saqueo, la proliferación de componendas y favores políticos, la generalización de las intromisiones partidarias en nuestro sistema judicial, y la pérdida de soberanía en favor del avance del neoliberalismo a escala global. Y, lo que ha quedado demostrado en ese duro camino, no ha sido otra cosa que la incapacidad de nuestro actual marco normativo y sus dirigentes para resistir estas embestidas y atender adecuadamente a las necesidades de la gente.

En síntesis, un gobierno que permite, en medio de una crisis atroz, que se produzcan más de 600.000 desahucios, muchos de ellos con familias sin ningún tipo de alternativa habitacional como protagonistas, es un gobierno fracasado. Lo mismo que un Estado que apela a su leyes para restringir derechos, en lugar de para garantizarlos. Y es que, la democracia no es un dogma, y no son demócratas los que la conciben como si tratara de un ejercicio de rigidez. La democracia es una invitación a participar, a que decidan los pueblos, pero también es un reconocimiento de su legítimo derecho a disentir, generando un contexto abierto que necesita constantemente de la suma de sus distintas partes para reproducirse. Lo que no significa, bajo ningún contexto, que su diversidad pueda convertirse en un impedimento a su desarrollo. 

Estamos llegando al punto liminal, al umbral de agotamiento de un régimen que no ha dado la talla ni ha estado a la altura de las aspiraciones de progreso de su ciudadanía. Por eso, la vieja España desigual, falsamente autónoma y turnista, está cayendo por efecto de su propio  enroque autoritario, dejando paso a esa España diversa que ya suma cuarenta años de voluntades frustradas. Una España más justa, fraterna y democrática; una España que este domingo dará un paso decisivo para responder a sus profundos anhelos constituyentes. 

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