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José Manuel, sé fuerte

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Mariano Rajoy y José Manuel Soria. Foto EFE

Mariano Rajoy y José Manuel Soria. Foto EFE

Rajoy ha tenido la desvergüenza de nombrar a José Manuel Soria como candidato a la dirección ejecutiva del Banco Mundial. Desvergüenza porque el ex ministro de Industria, que es amigo personal de Mariano, se vio obligado a dimitir de su cartera cuando su nombre apareció vinculado a los papeles de Panamá. Se suponía que las mentiras de Soria sobre sus sociedades opacas en paraísos fiscales habían acabado con su también desvergonzada carrera política (un canario que es persona non grata en Canarias, para empezar), pero eso no pasa en la España de Rajoy.

Al contrario, el presidente en funciones, que no logra ser investido ni con una mayoría parlamentaria conservadora, lo premia con un puesto de oro: 226.000 euros al año libres de impuestos. Un sueldo de 19.000 euros al mes en la España de los recortes, en la España del desempleo, en la España de Bárcenas, en la España de la Gürtel, en la España de Bankia, en la España de la Brugal, en la España de Fabra. En la España que premia a Wert por destrozar la Educación y ser el ex ministro peor valorado de la democracia (60.000 euros al año más diversos complementos, casa en París de 11.000 euros, coche oficial con chófer...). La España del PP.

A través del Ministerio de Economía, Rajoy ha tenido la desvergüenza de anunciar lo de Soria al finalizar la sesión de investidura, fallida para sus descaradas pretensiones de seguir siendo presidente del Gobierno (o lo que es lo mismo: capo de esa mafia pepera a la que vota una parte, cómplice, de nuestros compatriotas). Con De Guindos como conchabado, el presidente en funciones ni siquiera se lo había comunicado previamente al Consejo de Ministros, desvergüenza que no ha hecho gracia ni a ellos.

Suponemos que Rajoy tenía a Soria callado como un proxeneta con mensajitos de tranquilidad tipo “José Manuel, sé fuerte, en breve le damos un giro a tu puerta que los tontos de los españoles van a quedar mareaos”. Así ha sido. Tan mareaos que lo consentimos sin, por ejemplo, salir en tromba a rodear el Congreso, aunque nos hagan tragar por la fuerza ofensas como este nombramiento.

Después, Rajoy ha tenido la desvergüenza de declarar que “sería injusto” que un funcionario (refiriéndose a Soria el panameño) no pudiera optar a los puestos propios de su carrera profesional, y que se trata de una decisión “administrativa, no política”. Es tal la desvergüenza que encierran esas palabras que deja sin palabras.

El que quiere ser presidente del Gobierno y pide “responsabilidad política” al resto de las formaciones se ríe en la cara de todos los españoles, tratando de hacernos creer que Soria accederá al chollo del Banco Mundial por concurso público, como le toca a cualquier funcionario esforzado y decente (al que, por cierto, ha planeado dejar sin pagas extraordinarias, apelando a que son rémoras del pasado). Una vez más, Rajoy miente como mintió su amiguete Soria.

Que Rajoy siga aspirando a desvalijar aún más nuestras arcas y nuestra democracia es una desvergüenza. Como es una desvergüenza el falso acuerdo con el PP de un Ciudadanos que intentó vender la moto de la lucha contra la corrupción, moto que no ya no les compra ni un tironero de poca monta. Como es una desvergüenza que el PSOE en su totalidad aún no tenga meridianamente claro que hay que hacer lo que sea para desarticular a los delincuentes del PP (no digo presuntos porque moralmente, cuando menos, lo son), y que siga, con vulgar españolismo, empeñado en la línea roja catalana para sumar sus fuerzas al cambio imprescindible que representa Unidos Podemos.

Como es una desvergüenza la farsa de las sesiones de investidura a las que hemos asistido, en las que el partidismo, y no las necesidades de los ciudadanos, ha sido protagonista. Al menos, nos llevamos la satisfacción de confirmar que el bipartidismo está herido de muerte y que quienes lo hirieron, por la única fuerza de la indignación ciudadana, están sentados a su lado, a la espera de su legítimo turno.

Lo de Soria ha venido también a confirmar la desvergonzada impunidad con la que siguen actuando Rajoy y los suyos, y a explicar por qué éste no logra resultar investido. Rajoy ha ido de listo sin ser inteligente y es posible que su atrevimiento le lleve, aunque solo de momento, a ocupar el pupitre del último de la clase, posición que se ajusta mejor a su perfil. Hasta una parte de esos suyos no da crédito a que se nombre al ex ministro para ese cargo, y menos en un contexto semejante.

Pero resulta tan incomprensible que lleva a sospechar que Rajoy no puede ser tan tonto. Tanto, quiero decir. ¿Qué pretende, pues, Rajoy? Unas terceras elecciones en las que prevé salir reforzado. Sería más incomprensible aún, porque supondría que la impunidad la conceden, una vez más, y mejor, los votantes. Pero es que nuestra democracia está enferma de forofismo partidista: se vota como quien defiende a su equipo de fútbol, haga lo que haga, juegue como juegue. Por eso la lectura favorita (que sepamos, la única) de Rajoy es el Marca.

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