Día 31 en estado de alarma: los vecinos

Cuando ésto comenzó, y salíamos a las ocho a aplaudir, era noche cerrada, con lo que apenas distinguíamos cuerpos a contraluz. Nos saludábamos con la mano, un hasta mañana corto, y así fue hasta que llegó la luz. Porque ésta ha sido definitiva a la hora de activar las relaciones. Ahora, cuando terminan los aplausos, nos demoramos a veces hasta tres cuartos de hora, y sólo es el frío el que nos hace meternos para dentro. Casi todos nos conocíamos del barrio, pero no más allá de un hola y adiós y poco más. Ahora, nos contamos anécdotas, en qué estamos trabajando o qué hemos hecho para comer. Mis vecinos de al lado, a los que más trabajo me cuesta ver porque tengo que sacar medio cuerpo por la azotea, nos contaban la semana pasada que iban a casarse ahora en mayo y han tenido que suspender la boda. Tuvimos tertulia para rato.

Inmaculada, mi vecina de enfrente, es maestra de infantil y nos pasa por whatsapp los vídeos divertidos que se graba para trabajar con sus alumnos. Pepi y Manuel nos mandaron desde su terraza en un tercer piso, con una cuerda y una bolsa de plástico, un táper con galletas fritas rellenas de natillas que hacen ellos y que están de pecado. Ya hemos quedado para que, en cuanto lleguen los caracoles, yo me ocuparé de traer un saco y pasárselo a Pepi, que se encargará de cocinarlos, utilizando este ascensor de Tarzán, como lo llama Manuel.

Al otro lado de la calle, en la esquina, todos los días sale María del Mar con su hija Alba en brazos y su corneta de fútbol para meter toda la bulla posible. Dada su juventud, pulmones no le faltan, doy fe de de ello. Su madre no se queda atrás y la anima con dos “claves”, que me he enterado que es así cómo se llaman esos palitos que usan mucho en la música cubana.

El haber reencontrado a estos vecinos es de las cosas buenas que me llevo de este confinamiento. Como comprenderán, cuando todo ésto termine ya hemos quedado para cervezas, gambas y lo que se tercie. (La ventana de Luis)

Plaza pública

Yo no soy cotilla, pero mi vecino del bajo saca el perro todos los días a la diez de la noche, los del primero hacen yoga en la azotea y la del segundo sólo sale a aplaudir de vez en cuando. Pero yo no soy cotilla. Me imagino que a ustedes les pasa igual: se conocen ya la vida de su bloque como la palma de su mano.

Mi calle se ha convertido en una plaza pública. Esto parece un pueblo: solo nos faltan las pipas, los bancos y los niños jugando a la pelota. En esta nueva plaza, me parece una delicia oír a mis vecinos hablándose de balcón a balcón. Yo no soy cotilla, pero pego la oreja y los escucho pasarse recetas, discutir de política y contarse las batallitas del día. El mensaje es lo de menos, aquí lo que importa es el canal.

Y el canal son los lazos invisibles que hemos tendido de balcón a balcón, como sólidos puentes que cruzan nuestra estrecha calle. Ahora sé muchas cosas de ellos: conozco a la monitora de body bump, a la vecina griega, a las dos señoras mayores que viven juntas y hasta me he aprendido la hora a la que mis amigos Julio, Cristina y Silvio tienden en la azotea. Conozco sus caras, me aprendo sus nombres, reconozco sus voces y hasta intuyo su estado de ánimo. Solo tenía que asomarme el balcón, para descubrir que ahí fuera había un mundo entero. Mi barrio. (La ventana de Alejandro)

Calle humana

“Tino, que estamos esperando el chiste”. “Qué presión, qué presión”. Pero lo cuenta. Y las ocho marca el final del día. Me consta que a muchas personas (lo leo en redes) que pongan música en las calles o que se charle un rato despreocupadamente les parece una falta de respeto a los miles de muertos que arrastra la pandemia. Y yo que lo interpreto como todo lo contrario... Celebrar la vida, ya ves. Música (a ver con qué nos sorprende Paco hoy), unas risas, un hoy qué tal, un “se me han desparejado los calcetines en la lavadora otra vez”, o “la que vamos a liar en la calle cuando salgamos, tú traes las tortillas”. Y la sonrisa del abuelillo del fondo y la música moña que le encanta al otro tramo de la calle (creemos que está enamorado). Y también un “cómo está tu padre”, y un “ayer no salimos porque le ha dado fiebre a mi hijo”, y la preocupación sincera por otros.

Después de esto el mundo no será el mismo, España y Andalucía tampoco. Pero me quedo con que nos hemos puesto nombre, hemos reído juntos y nos hemos dado ánimos. Así que, a la vuelta, mi calle será un poquito más humana. Y después de las ocho, toca empezar a hacer la cena. (La ventana de Lucre)

Menos confinados

Comencemos por la izquierda. En mi pared de ese lado viven Felipe y María Dolores. Su muñeca de un año, Carolina, no puede salir de casa esperando una operación, con lo que está en doble confinamiento. La vida ha querido que la madre que parió a María Dolores esté confinada con ellos, y hace las mejores torrijas que la humanidad ha creado. Llevamos días cambiando viandas por la pared del patio. Ellos pasan torrijas y yo litronas, porque mientras antes de la orden de confinamiento la gente cargaba camiones de papel higiénico, yo adoraba al dios Cruzcampo.

En la otra pared viven Pepe y Maribel. Cuando van a su pueblo a Jaén traen unos encurtidos que ponen los ojos del revés. Se va acercando la época y no terminamos de ver en el horizonte la posibilidad de disfrutarlos este año.

Un poco más arriba, una muñeca compite con Carolina. Se llama Lola. Cuando salimos a aplaudir, Rodrigo le grita un largo Loooooooola, y ella levanta la cabeza pensando que quién le llamará mientras un coche de la Guardia Civil pasa por delante con el himno nacional a toda pastilla.

Huelga decir que vivimos en un pueblo. De esos pueblos donde la gente lleva platos de comida al vecino sin que sea Navidad o haya nacido un niño. Los pueblos confinados son menos confinados. La España confinada no es vaciada, es más cercana. (La ventana de Fermín)