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Andalucía necesita una nueva estrategia industrial

Andalucía necesita urgentemente una estrategia industrial, que, además, debe ser osada y dirigida con brío y coraje. El diseño del nuevo Gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla, sin embargo, no parece estar a la altura del reto que tiene por delante

La Junta de Andalucía designa a sus 11 viceconsejeros con destacada presencia de políticos con experiencia parlamentaria

Priemer Consejo de Gobierno de Juan María Moreno Bonilla

El nuevo presidente de la Junta de Andalucía ha cedido las riendas de la política industrial y energética a Alberto García Valera, cuyo primer apellido es el de consejero de Hacienda. En su primera aparición pública el pasado jueves afirmó: “Quiero que mis primeras palabras como consejero sean para confirmarles que la industria constituirá una de las prioridades de esta nueva etapa. No por ser el segundo apellido de esta consejería lo querré menos que al primero”.

García Valera, como experto en tributos y ligado la mayor parte de su vida profesional a Hacienda, prometió trabajar para crear “los mejores incentivos fiscales” para la industria, para la “eliminación de las trabas administrativas”, y para mejorar la “integración de la investigación universitaria en la empresa”.

Es ese un discurso obsoleto, que pertenece al inicio de la década de los 90 del pasado siglo, tan antiguo como superado. Lo pronunció, además, en la presentación de un suplemento del diario ABC de Sevilla dedicado a uno de los aspectos más populares del nuevo 'paradigma de la sostenibilidad', la llamada “economía circular”, que prima la reducción de los recursos utilizados en la producción y la reutilización y reciclaje de los mismos.

Es ese sólo uno de los aspectos de los nuevos modos económicos. Otros, como la robotización, la inteligencia artificial, el aprendizaje de las máquinas, el Internet de las cosas, … son fenómenos que en apenas un par de décadas cambiarán por completo el mundo que nos rodea. Convertirán muchas prácticas industriales en obsoletas, pero generarán muchos modelos de negocio novedosos y diferentes. Es esa transformación la que debería definir las políticas económicas del nuevo Gobierno. 

El ex vicepresidente estadounidense Al Gore ha recorrido Davos este año con un mensaje de optimismo con el que contrarrestar tanto el negacionismo del presidente Trump, como los gigantescos incendios que arrasan los bosques de la Costa Oeste de EEUU y los gigantescos temporales y huracanes que inundan su Costa Este: “El trabajo que más crece en EEUU es el de instalador de placas solares, y crece nueve veces más que la media. El segundo es el de técnicos de parques eólicos”.

Un mensaje con el que Al Gore pretende incentivar a los responsables políticos y empresariales reunidos al abrigo de las montañas suizas. “Necesitamos nuevas políticas. Gobiernos de todo el mundo siguen subvencionando la energía obtenida de combustibles fósiles 38 veces más que las energías renovables y las tecnologías sostenibles. ¡Eso tiene que cambiar!”, afirma vehemente. Porque a pesar de su mensaje de optimismo, el ex candidato a la presidencia estadounidense, al que Bush hijo robó la cartera, nos advierte de que en la lucha contra el cambio climático “se nos acaba el tiempo”.

Aquí en Andalucía, nos enorgullecemos de cómo se respondió a la caída del consumo interno provocada por la crisis, con un espectacular incremento de nuestras exportaciones, en España en general y en Andalucía en particular. Pero lo que no decimos en voz tan alta es que la gran mayoría de las exportaciones andaluzas son de productos derivados del petróleo, elaborados en los dos grandes focos industriales de la región, las refinerías de Huelva y Algeciras. Ambos polos concentran de hecho la mitad de toda la actividad industrial andaluza y generan más de 20.000 empleos.

Se trata, sin embargo, de una actividad industrial que choca de frente con el nuevo paradigma de la economía sostenible y las energías renovables, que se resume en la llamada 'descarbonización' de la economía, que no es otra cosa que el abandono de las tecnologías basadas en el petróleo que han dominado el mundo desde el nacimiento del siglo XX. El modelo de la mitad del negocio industrial de Andalucía está llamado a ceder protagonismo hasta hacerse marginal, sino a desaparecer en el medio plazo.

Nada de todo esto figura en el anticuado discurso del nuevo Gobierno andaluz, que, repito, se propone recuperar viejas ideas sobre favorecer la instalación de industrias generando incentivos fiscales, reduciendo trabas adminstrativas, y mejorando la interconexión entre las empresas y las universidades. El tiempo no corre sólo en cuanto al calentamiento global. También vuela en la carrera que cada país disputa para adaptar sus economías cuanto antes al cambio de paradigma, la 'descarbonización', que Gore define como la “Revolución de la Sostenibilidad”, que, explica, “tiene la dimensión de la Revolución Industrial, pero la velocidad de la Revolución Digital”.

Stephane Kasriel, máximo ejecutivo de Upwork, una plataforma que conecta una red de 12 millones de profesionales independientes con otra red de cinco millones de clientes y genera más de tres millones de empleos anuales, acaba de explicar en la reunión anual de Davos su visión de la evolución del empleo en los próximos 20 años.  Y, entre otras claves, dice que “no habrá falta de empleos sino, de no adoptar las medidas necesarias, una escasez de personas cualificadas para ocupar esos empleos”. En el último Informe sobre el Futuro del Empleo del World Economic Forum, que organiza Davos, se asegura que “surgirán nuevas categorías laborales que desplazarán total o parcialmente otras existentes. Las capacidades que requerirán tanto los nuevos como los viejos empleos cambiarán en la mayoría de las industrias, y transformará como y dónde se trabaja”. 

Es evidente que para hacer frente a este tremendo desafío Andalucía necesita urgentemente una estrategia industrial, que, además, debe ser osada y dirigida con brío y coraje. Implica entender la adaptación a ese nuevo mundo que ya está aquí como una tarea transversal, y no como la suma de actividades dispersas por distintas áreas de gobierno. Educación, Economía, Empleo, Medioambiente, Agricultura, Turismo, Industria …, y Hacienda para buscar la mejor manera de financiarlo, deben funcionar al unísono con ese objetivo: Diseñar políticas, no para ayudar a la sociedad andaluza a adaptarse a ese nuevo mundo, sino para que se coloque en su vanguardia.

El diseño del nuevo Gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla, sin embargo, no parece estar a la altura del reto que tiene por delante. Tampoco su discurso, que habla de auditorías del pasado en lugar de prospecciones sobre el futuro, de rebajas de impuestos en lugar de reasignación de recursos en función de nuevos objetivos  que tengan en cuenta la realidad cambiante en la que vivimos.  Ni Moreno ni su socio Marín parecen capaces de liderar Andalucía con la valentía que exige el tremendo cambio económico y social que ya ha comenzado.

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