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¡Finjamos las bajas laborales!

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A estas alturas hasta el propio Feijóo se ha dado cuenta de su enésima metedura de pata, ahora al llamar “cáncer” a las bajas laborales y anunciar una legislación específica contra los trabajadores que las sufran. Casi me dio pena ver al inefable Borja Semper defender las palabras de su líder, justo cuando se ha reincorporado de una baja laboral, precisamente por cáncer, durante la que ha percibido el 100 % de su sueldo como diputado. A estas alturas, en efecto, tampoco tiene sentido abundar en los numerosísimos análisis que han desmentido la acusaciones de Feijóo: ni hay abusos de bajas laborales, ni en España se dan más que en nuestro entorno (más bien al contrario), ni los caraduras proliferan por nuestros centros laborales, a no ser en las altas escalas como, por cierto, en el Congreso de los Diputados.

La izquierda institucional, la tuitera y la mediática, con datos bien espigados, contestaron de manera contundente, y quedó claro que somos currantes honrados, que apenas hacemos trampas para engañar a nuestros empleadores, que incluso vamos al tajo en condiciones de salud poco recomendables, sobre todo las mujeres, a las que hasta hace poco ni siquiera se les reconocía dolencias específicas, como las relacionadas con la regla. No tengo nada que objetar a esos argumentos perfectamente documentados, los doy por válidos.

Sin embargo, durante estos últimos días me ha sorprendido cierto tufillo moralista. De repente, hasta izquierdistas supuestamente contestatarios daban por buena la ética del trabajo, en la peor tradición del comunismo, y de pronto vender tu tiempo durante ocho horas al día para, no sé, pasar productos por una caja de un supermercado te convertía en mejor persona que intentar escaquearte de esa labor enajenante. De repente, el trabajo se convertía en un valor absoluto, la medida de nuestra moralidad. Lo mismo da limpiar baños durante todo el día, o pasar un turno de noche vigilando un parking y destrozando tu ciclo de sueño, que compartir despacho con Patricia Botín para decidir el desahucio de unas cuantas familias. Total, es trabajo, y del trabajo no hay que escaquearse, que está feo y somos gente buena y de izquierdas, aunque sea trabajo para el capitalismo.

Hay trabajo de sobra para todos, y recursos para garantizar la vida digna más allá del chantaje del salario, de manera que solo los explotadores y los tontos se revuelven cuando se habla de reducir la jornada laboral o implantar alguna renta incondicional

Hace casi una década la New Economics Foundation de Reino Unido comparó la contribución social de distintas profesiones. Mientras un ejecutivo financiero que percibía varios millones de libras al año destruía siete libras de valor social por cada libra ingresada, una trabajadora de guardería con un salario modesto generaba siete libras de beneficio colectivo por cada libra que cobraba. Y el alto ejecutivo trabajaba mucho menos. Disponemos desde hace décadas de la capacidad tecnológica y productiva suficiente para disminuir de modo significativo nuestro tiempo de trabajo, seguramente hasta esas quince horas semanales que pronosticaba Keynes. Hay trabajo de sobra para todos, y recursos para garantizar la vida digna más allá del chantaje del salario, de manera que solo los explotadores y los tontos se revuelven cuando se habla de reducir la jornada laboral o implantar alguna renta incondicional. ¿Por qué? Porque nos han colado, y con qué eficacia, la ética del trabajo, igual que si el curro de Lamine Yamal y el tuyo fueran la misma cosa.

Así que lo diré de forma directa. Ojalá en España sí hubiera un problema generalizado de falsas bajas laborales, ya que sería síntoma de un saludable rechazo al trabajo. Ojalá, cuando se vuelva a hablar de las bajas laborales, en lugar de sacar pecho, nos lamentemos de lo difícil que en España es fingirlas. Sospecho que todos estaríamos más de acuerdo con ese enfoque. Menos Botín, Feijóo y Semper.