No nos pagan por esto
Este miércoles, de la mano del Colegio de Periodistas, sus militantes nos concentraremos en señal de protesta por las agresiones, físicas o verbales, que han sufrido algunos colegas en las últimas semanas. Y no en balde piden que se sume a las mismas la ciudadanía que quiera o que pueda. Como la sanidad pública o la educación, el periodismo también está en peligro.
La protesta se convoca, en este caso, al socaire de la espiral más patriotera que patriótica, derivada de los inconcebibles sucesos de Ceuta, en los que el Gobierno ha tenido, por omisión más que por acción, un indeseable papel protagonista; todo ello, sin restarle un ápice de responsabilidad –que no de culpa, porque es un concepto religioso—a otras instituciones, desde la propia Ciudad Autónoma a las autonomías que siguen negándose a aplicar la ley que les obligaría a aceptar menores no acompañados en sus centros de protección.
Que la emprendan contra plumillas y foteros no es nuevo, ya que la historia de la profesión está jalonada de sucesos similares y aún peores: 128 periodistas murieron en acto de servicio y a escala mundial en 2025, según la FIP, la mayoría de ellos en Gaza. Los nombres de Juantxu Rodríguez, José Couso o Julio Anguita Parrado siguen estremeciéndonos a aquellos que todavía contamos con un ápice de memoria compañera. Cierto que, en España, todavía no llega la sangre al río, aunque a veces haya llegado: José María Portell, José Luis López de la Calle o Santiago Oleaga, todos ellos asesinados a manos de ETA, o el gallego Gerino Núñez, en muy extrañas circunstancias, son tan sólo algunos ejemplos escalofriantes.
Qué te llamen bastardo o intenten pegarte quizá no sea para tanto, pero por algo se empieza: frente al Estado de felicidad permanente por el que abogaba Georges Mustaki, hemos pasado al Estado del rencor frecuente, que parece enseñorearse de la vida cotidiana en España. En ese contexto, hemos transcurrido de los escraches a políticos al leña al mono periodista, que es de goma. Podríamos explicarlo por un efecto lógico de la polarización, aunque unos polaricen más que otros. Pero habría que decirle al somatén que, machacando a los profesionales de la información, está pegándose un tiro en el pie, en el del propio derecho a informarse con cierta veracidad, que sigue siendo constitucional mientras no se demuestre lo contrario.
Aunque no falten parachoques –como diría Tom Wolfe de aquellos que se aprestan a defender de serie al poderoso--, también hay una larga hornada de quienes la emprenden a mandobles con los tres poderes clásicos de la democracia, con un denuedo que uno añora a la hora de que enjuicien también al cuarto
El maestro Jorge Martínez Reverte tituló “Nos pagan por esto” una célebre columna suya en el diario “El País”. Se refería al periodismo, al que dedicó un suculento ensayo “Perro Come Perro: Guia Para Leer Los Periodicos”, que, aunque editado en 2002, sigue teniendo vigencia, porque por lo común los periodistas son escasamente críticos no tanto con su oficio sino con respecto a los dueños de sus medios de producción.
Aunque no falten parachoques –como diría Tom Wolfe de aquellos que se aprestan a defender de serie al poderoso--, también hay una larga hornada de quienes la emprenden a mandobles con los tres poderes clásicos de la democracia, con un denuedo que uno añora a la hora de que enjuicien también al cuarto: quizá si hubiera existido ese espíritu crítico con respecto a nosotros mismos, ahora la canalla no sería tan irrelevante, salvo en aquellos casos que hayan practicado el exabrupto en vez del análisis, el grito más que el susurro, la brocha gorda en vez de la pincelada fina.
Los medios de comunicación atraviesan, a escala mundial, una crisis sistémica, en gran parte derivada de la desaparición progresiva del papel y de la imposibilidad de lograr un sostén económico duradero a través del mundo digital. Pero también acontece en la radio, abocada a la hipoteca publicitaria de las instituciones, cada vez más escoradas a la ultraderecha, o sucede con las televisiones convencionales, ninguneadas por breves videos y, a menudo manipulados, en tik-tok.
El cambio de lenguaje en el que prima lo audiovisual frente a lo escrito o lo hablado también tiene mucho que ver en esta profunda depresión a la que nos vemos abocados como profesionales y como receptores de la conversación pública. Sin embargo, hay algo mucho peor que todo ello: la creciente falta de credibilidad que suscitamos nosotros mismos, bajo empleos precarios que afectan directamente a nuestra capacidad crítica con respecto a nuestros jefes.
Les hemos abierto la casa de la comunicación a pseudoperiodistas, a influencers de la trola, a bulistas homologados en los mentideros de la mendacidad. ¿Qué queremos entonces?
Vengo de un mundo en el que los reporteros no sólo se jugaban un despido, sino la libertad misma, bajo penas de cárcel, o quien sabe qué otras condenas posibles cuando la dictadura y el postfranquismo todavía afilaba sus dientes de tiburón liberticida. Sin embargo, comprendo que no está el horno para los bollos del heroísmo y añoro turbiamente los tiempos en que el suplemento cultural del “Arriba” era coordinado por dos periodistas que a la vez fueron compañeros de viaje del PCE; cuando Moncho Alpuente corría por los pasillos del diario “Pueblo” cada vezque le pedía aumento de sueldo a su redactor jefe, que esgrimía en su contra una pistola Luger de sus tiempos en la División Azul; cuando en cualquier periódico o emisora, uno podía encontrar opiniones distintas y contrastadas, con independencia de quien ostentara la propiedad de los mismos.
Ahora, hasta el conserje de recepción se ve obligado a fingir que piensa igual que su CEO. Y los lectores, los oyentes, los telespectadores que quedan, no buscan en sus cabeceras favoritas, informaciones y opiniones diversas que pongan en cuestión las suyas propias, sino que confirmen sencillamente sus prejuicios y les den munición dialéctica para erigirse en speakers cornes en cualquier barra de bar o parada de autobús.
Les hemos abierto la casa de la comunicación a pseudoperiodistas, a influencers de la trola, a bulistas homologados en los mentideros de la mendacidad. ¿Qué queremos entonces? Cuando aceptamos las prácticas del peor amarillismo –hace unos días, un periódico digital llamaba “invasor” a un menor muerto por hipoglucemia en Ceuta--, cuando carecemos de la cohesión gremial suficiente para pedir dignidad, que no sólo entraña una mejor paga sino objeción de conciencia y salvaguarda efectiva del secreto profesional; cuando los medios públicos siguen siendo gubernamentales –y no me refiero en exclusiva a RTVE, para la que ya están preparando la motosierra quienes siempre la manipularon a su antojo--; cuando ya ha dejado de contrastarse la información y sucumbimos a los cantos de sirena de los telepredicadores, ¿qué nos queda? Tienen que venir a zurrarnos la badana para que volvamos a sentirnos periodistas y a cerrar filas por lo que somos y por lo que fuimos. Ya vendrán las urnas a golpearnos para convocar las honras fúnebres por la libertad perdida. La de los profesionales y la de todos.
En el entre tanto, no nos pagan por ser bufones, y que tire la primera piedra el que no lo haya sido. No nos pagan por aceptar que la post-verdad no es una mentira. No nos pagan por ser las voces de nuestros amos. No nos pagan por poner sordina a los desvaríos del Gobierno y de la oposición, de los empresarios o de los sindicatos, de los jueces o de los militares, del españolismo o de los segregacionistas, de los chiquilicuatres nazis o de los majarones de izquierdas. No se por qué nos pagan, pero no nos pagan por esto.
En las viñetas de Lucky Luke, aparecía un periódico al que solían quemar los hermanos Dalton. Su lema era “Always independent. Never neutral”, “Independiente, siempre; imparcial, nunca”. En la vida real, lo están volviendo a quemar.