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Lo previsible no es tragedia

15 de julio de 2026 21:40 h

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De las cosas que más recuerdo del piso en el que vivió mi abuela materna en Níjar, Almería, es el viento. La brisa caliente del desierto entrando como un extraño por las rendijas, haciendo vibrar los cristales de aquel tercer piso sin ascensor. El poniente, más frío, silbando por las calles estrechas de mi infancia. El viento allí no era paisaje: era presencia. Una fuerza que se colaba en la casa, en el cuerpo, en la memoria.

Por eso, cuando leí que el ministro de la Presidencia Félix Bolaños hablaba de una “virulencia inusitada” para describir el incendio de Los Gallardos, que avanzó a más de cien metros por minuto y ha dejado al menos trece muertos, sentí una mezcla de pena y rabia. Pena por las vidas perdidas. Rabia por esa forma tan política de convertir lo previsible en fatalidad.

No lo digo desde la distancia. Justo el año pasado, cuando pasaba por Los Gallardos de camino a las playas de Vera, una mirada a las ramblas amarillas de vegetación seca me paró: “si se quema esto, estamos listos”, pensé.

He vivido los últimos once años en California, tierra de incendios donde las haya. Durante seis de ellos fui editora y jefa de informativos en una cadena local de televisión. Esto es lo que he aprendido: Cuando hay vientos fuertes y ola de calor después de una temporada de lluvias intensas, es cuando se crean las condiciones más peligrosas para los incendios. Y si lo sé yo, imagínate si lo sabían los bomberos de la región, quienes llevaban tiempo avisando de problemas enquistados en el servicio.

Creo que la pregunta no es, una vez declarado el incendio, ¿se actuó rápido? ¿se debía o no enviar el mensaje de alerta? (en mi humilde opinión sí, la gente sabe leer) sino más bien, ¿qué debió haberse hecho antes, durante el invierno?

A las 5:16 pm del 9 de julio posteaba por primera vez la cuenta del Servicio de Extinción de Incendios Forestales de Andalucía (INFOCA) en la red social X, declarando el incendio en Los Gallardos y el envío de 48 efectivos por tierra, dos autobombas, dos aviones de carga en tierra y cinco helicópteros. A las 7:03 p.m. ya publicaba Antonio Sanz que el incendio se elevaba a emergencia 1, y poco después se duplicaban los efectivos por tierra y añadían más medios, algunos del Ministerio de Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Esto habla de una respuesta rápida y de que las autoridades tomaron en serio el incendio. Me puedo imaginar, por haberlo vivido tantas veces desde la redacción, la adrenalina que sintieron desde los puestos de mando, la columna de humo en pantallas grandes desde distintos ángulos, controlando el avance de las llamas.

No me puedo imaginar, porque no lo he sentido, el trabajo de los bomberos en el campo, la lucha contra el viento ensordecedor que aviva las llamas, y que con material tan inflamable y que se quema tan rápido como el de las laderas del desierto avanza a pasos agigantados. Sobre todo, cuando va cuesta arriba.

A pesar de todos estos medios y toda esta respuesta, a las 8 de la mañana del día siguiente, 10 de julio, se anunciaban ya 11 de los 13 fallecidos. Por eso creo que la pregunta no es, una vez declarado el incendio, ¿se actuó rápido? ¿se debía o no enviar el mensaje de alerta? (en mi humilde opinión sí, la gente sabe leer) sino más bien, ¿qué debió haberse hecho antes, durante el invierno?

En California hemos tenido que aprender a base de pueblos borrados del mapa que el fuego no se combate sólo cuando aparece la llama. Se combate durante todo el año. Se combate con franjas de seguridad, con limpieza de combustibles, con planes comunitarios, con simulacros, con sistemas de alerta que funcionan y con políticos que entienden que el calentamiento global no es un eslogan sino una obligación administrativa.

Invocar el cambio climático como si fuera una coartada también es irresponsable. Precisamente porque sabemos que el riesgo aumenta, la prevención debería aumentar con él. La emergencia climática no exime a nadie de responsabilidad: la multiplica

El cambio climático agrava los incendios, sí. Hace los veranos más largos, las olas de calor más duras, la vegetación más inflamable y los vientos más peligrosos. Pero invocar el cambio climático como si fuera una coartada también es irresponsable. Precisamente porque sabemos que el riesgo aumenta, la prevención debería aumentar con él. La emergencia climática no exime a nadie de responsabilidad: la multiplica.

Quizá por eso sigo pensando en el piso de mi abuela en Níjar. En aquellos cristales temblando. En el sonido del viento antes de que nadie lo llamara amenaza. Los niños aprenden pronto lo que los adultos prefieren olvidar: que hay fuerzas que no se pueden controlar, pero sí respetar. El viento no se puede detener. El fuego tampoco siempre. Pero se puede planificar. Se puede avisar. Se puede limpiar. Se puede evacuar. Se puede gobernar pensando en lo peor antes de que ocurra.

Lo que no se puede es seguir llamando tragedia a algo que podía verse venir. Porque un incendio en una zona rural en Andalucía en verano, es todo menos imprevisible, y lo previsible no se llora, se evita.