Feminismos que sostienen la vida: a diez años de la siembra de Berta Cáceres
Diez años después del asesinato de la defensora hondureña Berta Cáceres, los feminismos vuelven a señalar las responsabilidades políticas y económicas que sostienen la impunidad global. En el marco del 8M, este artículo vincula su memoria con las guerras, el extractivismo y las luchas actuales por una vida digna para las personas y el planeta, en distintos territorios del mundo.
Este 8 de marzo, a diez años de la siembra de Berta Cáceres, los feminismos organizados volvemos a afirmar una verdad incómoda pero urgente: la vida sigue siendo sistemáticamente atacada por un modelo patriarcal, extractivo y militarizado que actúa con total impunidad.
Recordar a Berta hoy no es un ejercicio de memoria nostálgica. Es un posicionamiento político. Berta encarna una forma de hacer feminismo profundamente enraizada en los territorios, que entiende que defender los ríos es defender a los pueblos, que no hay justicia ambiental sin justicia social, ni defensa de la vida sin confrontar al poder económico y patriarcal que la amenaza.
Recientemente, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) ha hecho públicos nuevos hallazgos sobre la planificación y financiación del asesinato de Berta Cáceres. Lo que se confirma es lo que los movimientos venimos denunciando desde hace años: su asesinato no fue un hecho aislado, sino parte de una estructura criminal organizada, con responsabilidades empresariales, estatales y financieras, que opera con impunidad en Honduras y en muchos otros lugares del mundo.
Vivimos una ofensiva global marcada por guerras, genocidios, militarización de fronteras y el poder creciente de las transnacionales. Un orden imperial que expulsa pueblos enteros de sus territorios, criminaliza la protesta y profundiza el machismo, el racismo y el colonialismo, mientras protege los intereses económicos y armamentísticos.
El feminicidio político de Berta Cáceres fue un mensaje dirigido a todas las mujeres y disidencias que defienden la vida. Sin embargo, no lograron silenciarla
Desde Abya Yala hasta África, desde Oriente Medio hasta Asia, los conflictos ecoterritoriales se multiplican. En Honduras, Guatemala, Colombia o Brasil; en la República Democrática del Congo, en Sudán o el Sahel; en Filipinas o la India, mujeres defensoras de la tierra, del agua y de los bienes comunes son perseguidas, criminalizadas y asesinadas por enfrentarse a proyectos mineros, energéticos, agroindustriales y armamentísticos que destruyen territorios y comunidades.
Las violencias machistas no son un exceso ni un fallo del sistema: son una herramienta de control y disciplinamiento. El feminicidio político de Berta Cáceres fue un mensaje dirigido a todas las mujeres y disidencias que defienden la vida. Sin embargo, no lograron silenciarla. Frente a la demagogia de la crueldad, los feminismos comunitarios, populares y afrodescendientes siguen construyendo una pedagogía de la vida, la memoria y la resistencia colectiva.
Los feminismos antimilitaristas denunciamos que no existen guerras “lejanas” ni conflictos “inevitables”. Hoy asistimos al genocidio del pueblo palestino en Gaza, sostenido por la ocupación y la impunidad internacional, mientras los cuerpos de mujeres, niñas y niños son utilizados como botín de guerra. Al mismo tiempo, el asedio permanente a Rojava intenta destruir un proyecto político feminista y comunitario que demuestra que otras formas de organizar la vida son posibles.
Las guerras, la represión y el expolio generan desplazamientos forzados. Los movimientos migratorios no son una elección individual, sino el resultado de un sistema global injusto que expulsa a millones de personas de sus territorios. En Europa, las políticas migratorias convierten las fronteras en espacios de muerte y niegan derechos básicos, especialmente a las mujeres migradas, que sostienen trabajos esenciales como el hogar y los cuidados en condiciones de precariedad y violencia institucional.
En este contexto, celebramos como una victoria colectiva el avance de la campaña de regularización de personas migradas en el Estado español, fruto de años de lucha del movimiento migrante y antirracista. La Iniciativa Legislativa Popular impulsada desde estos colectivos logró más de 700.000 firmas, abriendo el camino al reconocimiento de derechos largamente negados y visibilizando el papel central de miles de mujeres migradas que sostienen la vida.
Hoy, despertar es asumir colectivamente que frente a la guerra elegimos la vida; frente a la impunidad exigimos justicia feminista global; y frente a la deshumanización apostamos por comunidad, por la sororidad y por la esperanza
Frente a esta ofensiva global, los feminismos afirmamos con claridad que no hay justicia ambiental sin desmilitarización, ni defensa del territorio sin desmantelar el complejo militar-industrial. La guerra es una herramienta central del patriarcado global para sostener el saqueo y la acumulación, y por eso nuestra lucha es antimilitarista, internacionalista y radicalmente comprometida con la vida.
A diez años de la siembra de Berta Cáceres, reafirmamos una solidaridad feminista internacionalista, antirracista y decolonial. Defendemos una cooperación feminista que no busca “salvar”, sino caminar juntas, tejiendo alianzas para sostener la vida en común.
Como dijo Berta Cáceres al recibir el Premio Goldman en 2015: “¡Despertemos, Humanidad! Ya no hay tiempo.”
Hoy, despertar es asumir colectivamente que frente a la guerra elegimos la vida; frente a la impunidad exigimos justicia feminista global; y frente a la deshumanización apostamos por comunidad, por la sororidad y por la esperanza.