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Educar en la era de la inteligencia artificial: retos para Andalucía en el siglo XXI

Niños en el aula de un colegio.

Carlos Gentil González

Asociación Nuevo Diagnóstico de Andalucía —
19 de junio de 2026 22:07 h

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Vivimos en un momento sin precedentes. La inteligencia artificial (IA) ha pasado de ser una promesa del futuro a ser una realidad cotidiana que atraviesa nuestras escuelas, nuestros hogares y nuestras relaciones. Ante este escenario, la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV formula una pregunta urgente: ¿cómo debe ser la educación en un mundo donde las máquinas piensan, generan contenidos y toman decisiones? La respuesta no consiste en rechazar la tecnología, sino en aprender a convivir con ella de manera crítica, consciente y profundamente humana.

Andalucía, con más de un millón y medio de alumnos escolarizados, no puede permitirse ignorar este desafío. Las brechas digitales que ya existen entre territorios, entre tipos de centros y entre familias con distinto capital cultural y económico convierten los retos de la encíclica en una urgencia social de primer orden.

La digitalización no es neutral. Cuando llega a territorios con desigualdades previas —como los que abundan en Andalucía, con zonas rurales desfavorecidas, alta tasa de abandono escolar temprano y franjas significativas de pobreza infantil—, tiene la capacidad de ampliar las distancias existentes en lugar de reducirlas. La brecha digital no es solo una brecha tecnológica: es una nueva forma de exclusión que se superpone a las ya conocidas.

Por eso la defensa de la escuela pública no es una posición ideológica, sino una exigencia ética derivada del principio de igualdad de oportunidades. La escuela pública es el único espacio que, por mandato constitucional y por su cobertura universal, tiene la obligación y la vocación de llegar a todos: a los hijos de familias sin recursos, a los alumnos con necesidades especiales, a los jóvenes de los pueblos más aislados de Sierra Morena o las Alpujarras. Ante los retos que plantea la IA, reforzar la escuela pública no es una opción entre otras: es la condición de posibilidad de una respuesta verdaderamente inclusiva.

Todos los centros deben incorporar en sus proyectos curriculares objetivos explícitos de pensamiento crítico. Pero son los centros públicos —que acogen a la mayor diversidad de alumnado— los que más necesitan recursos y guía para hacerlo

Ello requiere invertir en infraestructura digital con criterios de equidad, garantizar conectividad real en los centros más vulnerables, y dotar a los equipos docentes de los centros públicos de tiempo, recursos y formación para afrontar esta transición sin quedar rezagados respecto a centros con mayor financiación privada.

La encíclica identifica desafíos que el conjunto del sistema educativo —público, concertado y privado— debe asumir. Pero el énfasis en la escuela pública no obedece a un rechazo de la pluralidad educativa, sino al reconocimiento de que cualquier agenda de calidad e igualdad tiene que empezar garantizando que los centros públicos cuentan con las mismas capacidades que el resto.

La encíclica describe cómo la inmediatez de la IA —que ofrece respuestas antes de que el alumno haya formulado bien la pregunta— amenaza la curiosidad, el esfuerzo y el pensamiento profundo. En Andalucía, donde la implantación tecnológica en las aulas ha crecido en equipamiento, pero no siempre en orientación pedagógica, este riesgo es inmediato. Todos los centros deben incorporar en sus proyectos curriculares objetivos explícitos de pensamiento crítico. Pero son los centros públicos —que acogen a la mayor diversidad de alumnado— los que más necesitan recursos y guía para hacerlo.

Las familias no pueden resistir solas la presión de plataformas diseñadas para capturar la atención. Se necesita la colaboración del Estado, la escuela y la sociedad: marcos legislativos que limiten el acceso de menores a ciertas plataformas, y centros educativos que ofrezcan lo que la tecnología no puede dar: relaciones humanas auténticas y procesos de madurez que exigen paciencia. Esta alianza es especialmente urgente en entornos socialmente vulnerables, donde la escuela pública es con frecuencia la única institución de referencia para las familias.

La encíclica describe a los docentes como “artesanos de la educación”: profesionales que adaptan su trabajo a cada alumno y cada contexto. La red de Centros del Profesorado (CEP) andaluza tiene la oportunidad y la responsabilidad de ofrecer formación que vaya más allá del manejo de herramientas: formación ética, antropológica y pedagógica sobre el uso de la IA. Esta formación debe llegar con especial intensidad a los centros públicos que atienden mayor complejidad social.

El acceso temprano y sin supervisión a entornos digitales afecta negativamente al sueño, la atención y la regulación emocional, y expone a los menores al ciberacoso y a fenómenos de captación que la IA hace más insidiosos

La encíclica propone que, así como cuidamos la salud física, debemos cuidar nuestra capacidad de atención: con silencio, lectura pausada y reflexión. En una comunidad autónoma donde la presión por los resultados en pruebas externas tiende a colonizar los horarios, abrir tiempo para la lentitud es casi contracultural. Los proyectos educativos de todos los centros deberían incorporar programas concretos de educación de la atención, garantizando que estos espacios no sean un privilegio de los centros con más recursos.

Enseñar cuándo y por qué no usar la IA es tan importante como enseñar a usarla. La sobriedad digital —uso consciente y deliberado de la tecnología— y la competencia crítica ante los medios —detectar bulos, narrativas sesgadas y manipulaciones— son habilidades que deben enseñarse explícitamente. En un contexto de polarización informativa creciente y de extensa penetración de las redes entre los adolescentes andaluces, esta formación no es opcional. Garantizar que llega por igual a todos los centros es una responsabilidad del sistema público.

El acceso temprano y sin supervisión a entornos digitales afecta negativamente al sueño, la atención y la regulación emocional, y expone a los menores al ciberacoso y a fenómenos de captación que la IA hace más insidiosos. En Andalucía, los protocolos de actuación existen, pero no se aplican con la misma eficacia en todos los centros. Es preciso crear equipos de referencia de protección digital en todos los centros, articulados en red, con recursos garantizados por la Administración y con especial atención a los entornos de mayor vulnerabilidad social.

La propuesta de la encíclica Magnifica Humanitas no es tecnofóbica. No propone volver atrás ni ignorar las posibilidades de la IA. Propone algo más exigente: poner la tecnología al servicio del desarrollo humano, y no al revés. Eso implica recuperar el valor del tiempo, del esfuerzo y de las relaciones; formar docentes capaces de acompañar, familias empoderadas para guiar y sistemas legales dispuestos a proteger.

Para Andalucía, esta propuesta tiene una condición de base sin la cual los demás retos quedan en papel mojado: una escuela pública fuerte, bien dotada y capaz de ofrecer a todos los niños y jóvenes, independientemente de su origen o condición, una educación de calidad que los prepare para vivir con libertad y criterio en la era digital. Eso no puede delegarse al mercado ni a la iniciativa privada. Es la tarea irrenunciable del sistema público.

En definitiva: apostar por una educación igualitaria, inclusiva y crítica. Eso, más que cualquier aplicación de inteligencia artificial, es lo que garantizará que el futuro siga siendo profundamente humano.

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