Ni nostalgia ni catastrofismo: la batalla narrativa por el futuro de la UE
La extrema derecha y la derecha han conseguido imponer gran parte de su relato. La política se ha encallado en una batalla cultural centrada en temas como la inmigración y el nacionalismo. Esta política demoniza al adversario y construye argumentos a partir de sentimientos como el miedo al extranjero y a lo woke. De esta manera, tal y como ha mostrado en numerosas ocasiones Cristina Monge, los discursos políticos que transmiten a la ciudadanía extienden la idea de una ausencia de futuro y de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Esta situación ha condicionado enormemente las políticas nacionales, pero también la política de la UE. Desde hace varios años, sobre todo desde la invasión rusa de Ucrania (2022) y el retorno de Trump a la Casa Blanca (2024), los discursos comunitarios y de expertos sobre la UE se han centrado en realizar (excelentes) diagnósticos sobre los problemas de la UE y ofrecer medidas para adaptarse al nuevo contexto global marcado, entre otras cuestiones, por el tecnofeudalismo y el cuestionamiento de los sistemas democráticos. Gran parte de esas estrategias, que subrayan las deficiencias comunitarias, acaban generando estrategias y medidas de choque defensivas. Existen dos razones fundamentales para tratar de dar un giro a las narrativas.
En primer lugar, la Historia demuestra la fortaleza del proyecto europeo (sin olvidar sus debilidades y sus ángulos negros). El mayor experimento político desde la creación de los Estados-nación ha permitido, entre otras cuestiones, evitar conflictos entre países de Centroeuropa, algo especialmente importante si se tiene en cuenta que los dos grandes conflictos mundiales del siglo XX tuvieron una clara incidencia en el viejo continente. Además, el proyecto comunitario ha logrado vertebrar de manera progresiva un sistema de integración, en muchos casos federal, esencial para el desarrollo económico, social y político de todos sus Estados miembros. Y el resultado de todo ello es que la sociedad europea, en parte gracias a la base del Estado de bienestar post II Guerra Mundial, es una de las regiones con mayores niveles de calidad de vida y estabilidad del mundo. Por último, su defensa de la democracia, del Estado de derecho y de un sistema internacional basado en reglas la convirtió en un referente a imitar que ha sentado las bases de numerosas legislaciones nacionales e internacionales. También su capacidad de solidaridad entre Estados (sin olvidar los numerosos episodios de egotismo nacionalista, que han afectado en varias ocasiones a España).
En segundo lugar, si se compara a la UE con algunas de las grandes potencias que desafían a la UE, esta no sale tan mal parada. Aunque la UE no necesita construir su legitimidad sobre la comparación de sus adversarios, es relevante realizar una comparación para comprender la coyuntura del resto de las grandes potencias. En Rusia no solo no hay libertades individuales, sino que actualmente el país está enquistado en un conflicto del que no termina de ver su final y del que apenas se muestra la opinión de la sociedad sobre su gobierno. En China, apenas existe información sobre la calidad de vida de su ciudadanía, sobre las condiciones laborales y sobre las opiniones sobre su propio gobierno. En EEUU, el presidente Trump ha sumergido al país en una política de inestabilidad interna, además de abrir conflictos internacionales (bélicos y arancelarios) de los que no encuentra la manera de salir. En otros países gobernados por la extrema derecha, sus sociedades se acaban dando cuenta de que las “milagrosas” medidas que prometen desde la oposición no solo no acaban con los problemas, sino que erosionan todavía más los maltrechos estados. Hungría o Polonia son algunos ejemplos de todo ello en los últimos años.
Pero todo ello no debe confundirse con visiones autocomplacientes sobre nuestro pasado. La crisis de 2008 ya demostró que la construcción de relatos idílicos sobre la propia construcción europea o la transición a la democracia en España solo conlleva mayor desafección social y política.
Por todo ello, existe el término medio: es posible construir discursos esperanzadores sin necesidad de caer en el triunfalismo. Y, al mismo tiempo, distanciarse de los discursos en negativo y pesimistas. La UE no es un proyecto perfecto y por eso debe ser reformado. Sin embargo, en el contexto actual, la UE necesita construir discursos en positivo. Ese cambio de enfoque no quiere decir que se minimicen los problemas y los numerosos errores, sino que se cambie la estrategia.
Los grandes desafíos a los que se enfrenta la UE, de carácter industrial-competitivo, IA, seguridad-militar y cambio climático, no pueden afrontarse con discursos construidos desde la negatividad. La UE ha logrado, en su conjunto, unos sistemas democráticos estables y un espacio de convivencia único que la Historia ha conocido. Desde esas premisas se deben configurar las respuestas a los retos actuales. La UE debe ser capaz de contar su futuro transmitiendo ilusión a su ciudadanía. La lucha contra los movimientos que cuestionan los sistemas democráticos no solo debe partir de las fuerzas democráticas nacionales, sino también de las propias instituciones comunitarias.
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