La UE contra sí misma: el eterno choque de visiones en la construcción europea
La UE, uno de los mayores experimentos políticos del siglo XX, se encuentra en una situación compleja en la actualidad. La sucesión de conflictos externos en los últimos años ha puesto en evidencia algunas fragilidades internas que, aunque ya existían, se han hecho mucho más visibles. Numerosos diagnósticos realizados desde ámbitos académicos y políticos han demostrado que uno de los principales problemas comunitarios es la dificultad en el policy making interno. Adoptar internamente posturas comunes se ha convertido en uno de los principales retos de la integración europea, hasta el punto de que algunas de las tensiones más intensas de los últimos años se han originado dentro de la propia UE más que en amenazas externas.
El desacuerdo sobre los coronabonos durante la pandemia de COVID-19 es un ejemplo claro. El entonces primer ministro de Portugal, Antonio Costa, calificó de “repugnante” la actitud de determinados países comunitarios (Países Bajos y Alemania, entre otros) por mostrarse en contra de la emisión de coronabonos propuestos por países del sur de Europa para superar la crisis. Y este episodio no constituye una excepción, sino un patrón repetido. La incapacidad de adoptar posturas comunes sobre la relación trasatlántica, el ataque de EEUU contra Irak, el genocidio en Gaza o incluso la invasión rusa de Ucrania, que amenaza directamente a la propia UE demuestran la persistencia de divisiones.
Un breve repaso histórico sobre la creación y evolución del proceso de integración europea sirve para comprobar que el denominador común del proyecto ha sido la dificultad para establecer una postura común. El principal motivo de esto es que la UE (antes CEE) no es el resultado de una idea común sobre lo que lo que deben ser las instituciones europeas, sino el choque constante entre diferentes maneras de entender el proceso de construcción europea. En ese sentido, el historiador francés Laurent Warlouzet, publicó hace unos años un libro (Europe contre Europe, CNRS, 2022) en el que trataba de defender esta idea. La actual UE es el resultado de la tensión constante y del débil equilibrio entre tres visiones sobre el proyecto. En primer lugar, los defensores de una Europa construida sobre políticas sociales y sobre propuestas de cohesión territorial. En segundo lugar, un proyecto centrado en una Europa de los mercados, priorizando la liberalización económica y la unificación de mercados. Y, en tercer lugar, una visión que destaca la idea de UE como actor global y, por tanto, trata de prestar especial interés a la necesidad de defender sus intereses en el marco internacional.
Asumir esta cuestión, nos permite dos cuestiones. Por una parte, desmitificar el proceso de construcción europea y superar las clásicas lecturas que generaron un relato excesivamente modélico sobre la creación y consolidación de los orígenes del proyecto común. Y por otra, comprender que la UE no obedece a un plan predeterminado y lineal, sino que su evolución ha estado condicionada por esas tensiones constantes, por los cambios en la propia idea de Europa (por lo que no se puede pensar que lo que se entiende por UE hoy sea lo mismo que lo que se entendía en la década de los cincuenta, sesenta o setenta) y también por el propio contexto de cada coyuntura histórica. En definitiva, como mostró K.K. Patel, la UE es fruto de la improvisación.
En la actualidad, una de las cuestiones que más han complicado el proceso de construcción europea, no es la ausencia de una postura común, que ya se ha argumentado que nunca ha existido, sino el contexto actual. En los últimos años se han puesto en cuestión todos los pilares sobre los que se construyeron las instituciones europeas tras la II Guerra Mundial. En primer lugar, el mundo ha dejado de esta basado en normas (derecho internacional), lo cual complica la gobernanza internacional y las acciones de una institución que es causa y efecto de esas mismas reglas. Esto ha puesto en cuestión el “Efecto Bruselas” del que hablaba Anu Bradford. En segundo lugar, la crisis del orden liberal está erosionando el proyecto político-económico de las democracias occidentales sobre las que se construyó la UE. Esto está permitiendo que vuelvan con fuerza otros proyectos sobre la integración europea basados en ideas autoritarias y en la “Europa de las naciones”, algunos de los cuales retoman ciertas ideas de la década de los años treinta del siglo pasado. Y, por último, la puesta en duda de la cooperación entre países y organizaciones (multilateralismo) cuestiona y dificulta su propia relación con el mundo. El resultado es una intensificación de las fracturas internas y un ensanchamiento de la distancia entre los intereses de los Estados miembros.
La gravedad de la coyuntura actual no reside en la ausencia de un proyecto único y común (un ideal que, como se ha argumentado, nunca ha existido), sino en el hecho de que las visiones sobre la UE están hoy muy alejadas entre sí. En ese marco, y contrario a las clásicas ideas de que las crisis fortalecen a la UE, el contexto de crisis permanente no está actuando como un elemento que refuerce la unidad, sino como un factor que intensifica las diferencias y dificulta la posibilidad de alcanzar consensos.
1