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Sánchez rescata el valor estratégico del Mediterráneo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Exteriores, José Manuel Alabres.
13 de marzo de 2026 22:20 h

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Los grandes momentos históricos requieren de discursos que estén a la altura. Palabras que no solo sean capaces de realizar un buen diagnóstico, sino que también tengan la habilidad de marcar un punto de inflexión sobre el tema a tratar. La comparecencia del presidente del Gobierno en relación con la invasión de EEUU y de Israel sobre Irán ha sido uno de esos discursos.

Las palabras de Pedro Sánchez han tenido la peripecia de replantear el conflicto desde Europa. A nivel nacional ha conseguido justificar la no intervención y defender la posición de “no a la guerra”, desactivando al mismo tiempo cualquier otra alternativa posible y dejando fuera de juego al principal partido de la oposición. Y a nivel internacional, sobre todo en el ámbito europeo, ha puesto de manifiesto dos cuestiones fundamentales.

En primer lugar, ha vuelto a señalar la relevancia del Mediterráneo en el actual desorden internacional y, por tanto, la importancia geopolítica de España. Durante la última década, gran parte de los análisis insistían en que el centro del mundo, sobre todo en el plano económico, se había desplazado del Mediterráneo y del Atlántico a los mares asiáticos y también hacia el ártico, tal y como pone de manifiesto el reciente interés norteamericano por Groenlandia.

Las palabras de Sánchez han evidenciado que, a pesar de que todo ello es cierto, el Mediterráneo continúa siendo un espacio esencial para las relaciones internacionales. No solo por la importancia de Europa, sino porque cualquier movimiento militar de EEUU desde Israel hasta Oriente Próximo debe atravesar, de una u otra manera, el espacio terrestre, marítimo y aéreo europeo. Desde el punto de vista nacional, la decisión del Gobierno de no permitir el uso de las bases de EEUU en España para misiones que no cuenten con el aval de la OTAN o la ONU ha vuelto a remarcar que España es un actor geoestrategicamente clave del Mediterráneo. Esta cuestión nos recuerda por qué EEUU comenzó a interesante en establecer relaciones con la España franquista en plena Guerra Fría. En ese sentido, el estudio de la Guerra Fría en la década de los setenta también muestra cómo, en esos momentos, la tensión del conflicto se concentró en torno al Mediterráneo, lo que volvió a situar a España como un actor relevante para el control del flaco sur de la OTAN. Esa relevancia, que nunca ha desaparecido, ha sido subrayada en varias ocasiones en las últimas décadas. La primera durante los debates sobre la pertenencia española a la OTAN, especialmente con la celebración del referéndum de 1986, que encendió las alarmas en la Casa Blanca. La segunda se produce ahora con la decisión de Pedro Sánchez limitar el uso de las bases estadounidenses en territorio español.

En segundo lugar, el discurso del presidente del Gobierno ha contribuido a forzar un giro en Europa, sobre todo en algunos de los principales países de la Unión Europea y en Reino Unido. España ha asumido, en cierto modo, el rol que desempeñó Francia frente a la Guerra de Irak: negarse a respaldar un conflicto considerado ilegal e injustificado. Esta posición española ha provocado que una parte de los socios europeos, así como las propias instituciones comunitarias, hayan mostrado solidaridad con el Gobierno de España frente a las declaraciones de Donald Trump. En este sentido, la reacción de los medios de comunicación y opiniones públicas europeas al discurso de Sánchez ha sido clave para el viraje de algunos gobiernos. También ha permitido que, quizás por primera vez en mucho tiempo, varios de los principales países europeos, a partir de la posición española, cuestionen las políticas autoritarias e imperialistas impulsadas por Donald Trump, a pesar de la visión de la presidenta de la Comisión Europea von der Leyen. Frente a las ya tradicionales improvisaciones de Washington, en Europa (en parte por su pasado colonial, entre otras cosas) existe una mayor conciencia de que Oriente Próximo requiere intervenciones muy precisas y calculadas, y dentro del paraguas de las organizaciones internacionales, para evitar generar una mayor desestabilización de la región. Entrar como elefante en una cacharrería, como está sucediendo actualmente, puede desencadenar un conflicto de alcance mundial y con consecuencias difíciles de prever. 

El alegato de Pedro Sánchez ha servido para recordar que España, a pesar de ser una potencia media con un poder global limitado, posee una posición geográfica de enorme relevancia para los conflictos que afectan tanto al viejo continente europeo como a Oriente Próximo. Pero, sobre todo, ha permitido instalar una pregunta (tan incómoda como necesaria) en una parte de las cancillerías europeas que, hasta el momento, pocos parecían dispuestos a formular públicamente:

¿Hasta cuándo puede depender el orden mundial de la improvisación norteamericana?

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