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Reto educativo o cultura del esfuerzo

Parlamentario del PSOE de Andalucía
Archivo - Alumno en su pupitres.

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La trascendencia de la cultura clásica griega para el orden civilizatorio occidental nos sigue permitiendo, a día de hoy, reflexionar sobre ese mundo de las ideas que pretende fundamentar modelos, pautas, patrones de desarrollo de nuestras sociedades. El modelo de sociedad ateniense, en contraposición al modelo espartano, nos ofrece desde hace 2500 años, sin las mejoras o desventajas de versiones de nueva generación sucesivas, que podemos optar por ser ciudadanos o súbditos. Para ambos casos, la principal herramienta de Esparta o Atenas fue la “Educación”. Platón lo definió con la siguiente frase: “El objeto de la educación es la virtud, y el deseo de convertirse en un buen ciudadano, no súbdito”.

La cultura del esfuerzo y la férrea disciplina marcial espartana generó una sociedad de súbditos guerreros fieles al monarca. Atenas entendió el desarrollo educativo, afortunadamente para nuestros museos y bibliotecas, centrado más en las artes que en la guerra, en la ética, en el desarrollo de la razón y el sentido crítico.

En sus primeras retóricas como nueva Consejera de Desarrollo Educativo de la Junta de Andalucía, la sevillana Patricia del Pozo manifestaba que “nuestras propuestas siempre estarán dentro de la defensa de la cultura del esfuerzo y de la búsqueda de la excelencia”. Lo de la excelencia daría para otra reflexión profunda, analizando hasta qué punto lo excelente y lo inclusivo van de la mano. Los pobres espartanos con sobrepeso eran castigados al destierro, ya que no alcanzaban el grado de excelencia en la educación de Lacedemonia.

Centrándonos, por tanto, en el propósito de la conservadora consejera, respecto a la “cultura del esfuerzo”, es menester pedirle la consideración necesaria para que su principal motivación sea la de conseguir que los niños y niñas de Andalucía sean buenos ciudadanos. El mayor tesoro de Andalucía deben ser nuestros niños y niñas. Las mejores cotas de futuro para nuestra tierra dependerán de aumentar el índice de desarrollo humano (IDH).

Defender la "cultura del esfuerzo", sin más, es persistir en el empeño de una escuela seleccionadora de los mejores memorizadores y repetidores de conceptos que interesen al planificador vertical, antes que valorar la creatividad, la curiosidad

Cuando se apela directamente a la “cultura del esfuerzo”, se suele esconder un rechazo al principal propósito que debe tener la educación, que no es otro que lograr la realización personal, ejercer la ciudadanía activa e incorporarse a la vida adulta de manera satisfactoria con la capacidad de mantener pautas de aprendizaje permanente. Defender la “cultura del esfuerzo”, sin más, es persistir en el empeño de una escuela seleccionadora de los mejores memorizadores y repetidores de conceptos que interesen al planificador vertical, antes que valorar la creatividad, la curiosidad, la comunicación, la cooperación o el pensamiento crítico por parte de un profesor que mantiene con el alumno una relación más horizontal.

La “cultura del esfuerzo” se suele desarrollar ligada a una disciplina estricta y homogénea, que no atenderá a la necesaria personalización educativa que favorezca la autodisciplina, la autoconfianza y la autonomía para intentar que todos seamos realmente libres. La “cultura del esfuerzo” es la que acaba entendiendo el fracaso escolar como algo irremediable dentro del espacio educativo de la, en ocasiones, insana competencia entre estudiantes, donde no cabe la evaluación descriptiva, solo la numérica. La “cultura del esfuerzo” no favorece el necesario descanso y la flexibilidad que permita asimilar la importancia de lo aprendido, de lo reflexionado, el aire para innovar o crear.

El cuarto de los diecisiete objetivos de desarrollo sostenible y la agenda 2030 se centra en la educación: “Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida de todos”. Ese debe ser el principal esfuerzo de nuestra consejera de Educación, favorecer un sistema educativo que genere ciudadanos para un futuro lleno de retos globales, donde los valores serán más importantes que los datos. Un futuro donde necesitamos a jóvenes con competencias en pensamiento sistémico, en anticipación, en estrategia, en colaboración, en pensamiento crítico y autoconciencia.

Las esperanzas que podemos albergar con una derecha poco sensibilizada con valores globales transversales, que superen los dogmas económicos y religiosos que definen su enfoque existencial, son pocas. Un planteamiento como el que Sócrates aplicaba (“no puedo enseñar nada a nadie, sólo puedo hacerles pensar”) es difícil de esperar cuando se prefiere una patria llena de súbditos antes que una democracia de ciudadanos libres. Recordemos a ese ministro de Educación del PP, José Ignacio Wert, el cual reconocía públicamente tras eliminar Educación para la Ciudadanía, que “la educación ya está libre de cuestiones controvertidas y susceptibles de caer en el adoctrinamiento ideológico”. El ministro cumplió absolutamente con lo que el episcopado en España solicitó al Partido Popular. Sin duda todo un general espartano.

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