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Las series animadas no son solo entretenimiento: lo que BoJack Horseman nos dice sobre la sociedad y no sabías

Luis Navarro Ardoy y Lucía Retamero Fernández

Universidad Pablo de Olavide —
15 de octubre de 2025 21:15 h

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En una época marcada por el consumo voraz de series y películas, resulta tentador ver el entretenimiento como un mero escape, como esa vía para desconectar de la rutina. Sin embargo, ¿y si esas mismas series pudieran ayudarnos a entender mejor la sociedad en que vivimos? ¿Y si la clave estuviera en verlas con “gafas sociológicas”?

Según la investigación realizada por Lucía Retamero Fernández y Luis Navarro Ardoy, un ejemplo brillante es BoJack Horseman, la aclamada serie animada de Netflix que, bajo su apariencia de humor negro y personajes antropomorfos, esconde una radiografía afilada del capitalismo tardío, la alienación, la crisis de identidad y la cultura del espectáculo.

Del análisis de contenido realizado a una selección de doce capítulos de la serie se desprende como las emociones que despiertan sus personajes son reflejos de nuestras propias tensiones. Como refleja el estudio, al prestar atención a los diálogos, las dinámicas sociales entre los personajes, los recursos visuales y simbólicos, y la manera en que estos elementos reflejan fenómenos sociales complejos, salen a la luz problemáticas como la presión por el éxito, las adicciones, el miedo al fracaso y el vacío que muchas veces nos deja perseguir metas impuestas por otros.

La historia de BoJack, un caballo actor venido a menos, habla de mucho más que de la decadencia de una estrella. Es un espejo (incómodo, cruel y, a ratos, devastador) de las tensiones de la vida contemporánea: de las inseguridades, de la fragilidad de nuestros vínculos, de esa búsqueda de sentido en medio del ruido. Tal como explica Zygmunt Bauman en su concepto de “modernidad líquida” (2003), vivimos tiempos donde todo es efímero: las relaciones, los trabajos, incluso las identidades que construimos en redes sociales.

Lo más fascinante es cómo una serie que a primera vista parece liviana se convierte en una herramienta poderosa para cuestionar el modelo de sociedad que habitamos. No es casualidad: la Escuela de Frankfurt ya advertía que la cultura de masas puede servir tanto para adormecernos como para despertarnos. Y BoJack Horseman, en su mejor versión, lo logra: nos zarandea, nos incomoda, nos obliga a mirar de frente lo que preferiríamos evitar.

Sobre la serie y personajes

BoJack Horseman es una serie animada creada por Raphael Bob-Waksberg, que se estrenó en Netflix en agosto de 2014 y terminó en enero de 2020, con un total de 6 temporadas y 77 episodios. Aunque empezó como una serie pequeña, con el tiempo se convirtió en un fenómeno de culto. Ganó premios como Critics’ Choice Television Awards y ha sido nominada a varios Annie Awards y Writers Guild Awards.

La serie sigue a BoJack Horseman, un caballo que fue famoso en los años 90 por protagonizar una comedia familiar llamada Retozando (Horsin’ Around en inglés). Años después, BoJack vive en Los Ángeles, es alcohólico, autodestructivo y atrapado en una espiral de autocompasión, intentos fallidos de redención y relaciones rotas. Mientras intenta volver a ser relevante escribiendo sus memorias (con ayuda de Diane Nguyen, escritora y periodista, conocida por su trabajo en el mundo del entretenimiento), la serie explora su relación con su agente y exnovia Princess Carolyn, su amigo sin rumbo Todd Chavez y su eterno rival Mr. Peanutbutter.

El vacío del éxito: alienación en la industria cultural

Karl Marx definió la alienación como la desconexión del individuo respecto a su trabajo, su esencia y los otros. Aunque pensaba en los obreros industriales de su época, el concepto resulta inquietantemente aplicable al Hollywood que retrata BoJack Horseman. Aquí, la creatividad se transforma en mercancía, los artistas se convierten en productos desechables, y la fama, lejos de colmar al individuo, lo hunde en una crisis existencial sin salida.

BoJack, atrapado entre la nostalgia de su éxito pasado y la imposibilidad de encontrar satisfacción presente, es el retrato perfecto de un sujeto alienado: no controla su imagen, su propósito ni su relación con los demás. En uno de los episodios más simbólicos, se entera de que su figura ha sido sustituida digitalmente por la inteligencia artificial en una película. Ya ni siquiera se necesita su presencia física: su rostro es suficiente para vender. ¿No es este el extremo lógico de la mercantilización cultural?

Modernidad líquida: vínculos frágiles e identidades inestables

El sociólogo Zygmunt Bauman habla de una “modernidad líquida” donde todo —relaciones, proyectos, identidades— se vuelve efímero, inestable y precario. En este mundo, ya no construimos ni relaciones sólidas ni comprometidas, sino conexiones rápidas y desechables; ya no tenemos una identidad fija, sino una sucesión de máscaras según el momento.

BoJack vive atrapado en esta lógica. Su vida está llena de relaciones rotas, amistades fugaces y romances marcados por la autoexigencia y el miedo. Busca redención constantemente, pero no para cambiar, sino para sentirse momentáneamente aliviado. El tiempo, para él, no es un proceso lineal de aprendizaje, sino una cadena de errores que se repiten.

Su amiga Diane, periodista intelectual atrapada entre la autenticidad y el cinismo, refleja otro aspecto del sujeto líquido: la imposibilidad de mantener un equilibrio entre el compromiso personal y el desencanto estructural. Y Sarah Lynn, estrella infantil caída en desgracia, encarna el precio de la fama desmedida: ser moldeada y explotada desde niña, hasta no saber quién es realmente.

El espectáculo como anestesia social

La Escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer a la cabeza, fue pionera en señalar que la industria cultural no solo produce entretenimiento: produce ideología. Bajo la apariencia de diversión, los productos culturales estandarizados refuerzan el orden social, fomentan el conformismo y evitan el pensamiento crítico.

BoJack Horseman expone magistralmente esta lógica. Cuando Diane Nguyen, escritora y periodista, intenta denunciar abusos sexuales de un famoso presentador, el escándalo mediático se desvanece rápidamente, reemplazado por trivialidades virales. Las víctimas son desestimadas, los abusadores protegidos, y la atención pública, secuestrada por lo banal.

Incluso el propio BoJack, que en varias ocasiones busca perdón y redención, cae en la trampa del espectáculo: sus disculpas no son procesos reales de cambio, sino performances destinadas a limpiar su imagen, alimentar su ego y sostener su marca personal. Todo se vuelve mercancía: las emociones, los errores, incluso la culpa.

Ver (y pensar) distinto

¿Qué hacemos como espectadores ante esta radiografía tan cruda? ¿Nos limitamos a consumir o nos permitimos interrogar lo que vemos? Aquí es donde entra en juego la mirada sociológica, ese intento por sacar el pensamiento crítico de las aulas universitarias y llevarlo al terreno cotidiano.

Series como BoJack Horseman son herramientas poderosas para hacer preguntas fundamentales sobre la sociedad: ¿cómo se construyen las identidades en la era digital?, ¿qué papel juega el trabajo en nuestra realización personal?, ¿por qué las relaciones humanas parecen cada vez más frágiles?

No se trata de convertir cada serie en una lección académica, pero sí de reivindicar el derecho (y el placer) de mirar más allá de lo que parece evidente. Cuando aprendemos a ver críticamente, el entretenimiento deja de ser solo distracción y se convierte en un espacio fértil para la reflexión, el debate y, tal vez, la transformación social.

En definitiva, BoJack Horseman no es solo un caballo cínico y autodestructivo. Es un símbolo de nuestro tiempo: de sus fracturas, sus dolores, sus preguntas. Y tal vez, si nos atrevemos a mirar con atención, nos ayude a entender un poco mejor quiénes somos en medio del ruido.

Aquí está el verdadero potencial del entretenimiento: no como evasión, sino como espejo. Las series y películas pueden ser puertas de entrada a la reflexión crítica, si aprendemos a interrogarlas con una mirada curiosa, incluso incómoda. Porque, al final, no es solo lo que vemos, sino cómo lo vemos.