Erige Sehiri, cineasta: “Me molesta que las africanas no podamos existir fuera de nuestra identidad”

Erige Sehiri (Lyon, 1982) parece ser una persona de sonrisa fácil, pero estos días en la costa gaditana lo hace con motivos fundados. Además de presentar en el Festival de Cien Africano de Tarifa su último filme, Promis le Ciel, ha recibido el premio AML-FCAT a la Mejor película, el premio TV5 Monde del Público y el premio a Mejor actriz para Deborah Christelle Lobe Naney, así como el premio Miradas Africanas del certamen al conjunto de su trayectoria y a su compromiso social, así como su valor en el acercamiento entre dos orillas, África y Europa. “Nuestras identidades son múltiples, podemos ser varias cosas a la vez, y entre esas cosas también hay África”, dice la creadora francotunecina. “Estoy muy orgullosa de este filme y de este premio, sobre todo en estos tiempos, con lo que pasa hoy en Túnez respecto a la cuestión de la migración. Como en el filme, cuando hay algo ridículo en hablar de ‘los africanos’, es como un recuerdo de otro tiempo”.

En Promis le Ciel, Marie, una pastora de Costa de Marfil y antigua periodista que lleva diez años viviendo en Túnez, convierte su hogar en un refugio para Naney, una joven madre que busca un futuro mejor, y para Jolie, una estudiante de carácter firme que lleva consigo las esperanzas de su familia. La llegada de una niña huérfana pone a prueba su sentido de la solidaridad en un clima social tenso, revelando tanto su fragilidad como su fortaleza.

A pesar de haber cosechado un éxito notable con su producción anterior, en especial con ese retrato intimista del Túnez rural titulado Entre las higueras (2022), Sehiri asegura que sacar adelante Promis le Ciel no solo no ha sido más sencillo, sino que le ha costado “mucho más. Ha sido más difícil porque es un universo que conozco menos que el anterior filme, que era el pueblo de mi padre y de mi abuelo, algo muy personal. También me costó sentirme legítima para hablar de esta historia. No soy una mujer negra, pero soy una mujer africana. Y en tercer lugar, quería evitar representar a mujeres negras en un filme únicamente en el papel de inmigrantes, como si, cuando éramos árabes o negras, necesitáramos que los filmes contaran solo nuestra identidad. No podemos simplemente existir fuera de ella, y eso me molesta. Así que me tomó tiempo aceptar que esta era la historia que yo quería contar”.

Dónde la periferia

Además, añade la cineasta, “hubo dificultades políticas para poder grabar este filme, cuando hubo arrestos de la comunidad negra en Túnez. Pero quise ir muy rápido porque quería hacer una fotografía del momento, así que grabé este filme muy deprisa. Eso me puso en dificultades personalmente, como directora y como cineasta, en la forma de presentar la historia que quería contar. Así que sí, desde mi punto de vista, fue todo mucho más difícil”.

Si hacer cine en África es hacer cine desde la periferia, ¿hacerlo en África y siendo mujer es una doble periferia? “Eso muy interesante, pero ¿desde qué punto de vista situamos la periferia?”, sonríe. “Pensemos, por ejemplo, que la crisis migratoria es primero un problema africano, porque el 80% de la migración africana ocurre dentro de África, a causa de conflictos políticos, guerras, etc. Por eso digo que también depende de las perspectivas de cada uno, depende desde dónde nos miramos. Cuando nos miramos desde Europa, nos sentimos como si fuéramos invadidos. Pero cuando nos miramos desde África, eso no representa tanto: solo representa el 20% de la gente que va a Europa”.

“Lo mismo sucede con el cine, es una cuestión de perspectiva”, prosigue Sehiri. “Podría haber hecho un cine donde se mirara a los tunecinos frente a la población migrante. Yo elegí, al menos, mostrar el punto de vista de las mujeres sobre un país que no es acogedor para ellas y que casi no las ve, porque en el cine casi no se ve a Túnez. Para mí, siempre se trata de reivindicar la propia mirada, desde dónde observamos, y a veces invertir las cosas. Y en este cine todo está invertido. El migrante no es el tunecino que va a emigrar, es el tunecino que debe acoger, aunque no tenga la costumbre de ser quien acoge”.

ADN cristiano, ADN musulmán

La directora incide asimismo en otro asunto delicado, la cuestión de la religión. “Durante mucho tiempo, en Francia, y aún hoy, hablamos del gran reemplazo del ADN cristiano que va a ser reemplazado por el ADN musulmán. Aquí, en Túnez, hablamos del ADN cristiano: los evangélicos quieren venir a Túnez para cambiar el ADN musulmán. Entonces, al mismo tiempo, hay mucha absurdidad, y también he querido jugar con esa ironía”.

Cuando se le pregunta si la ultraderecha xenófoba europea cambiaría algunas de sus ideas si fuera más al cine, se encoge de hombros. “No, no lo pienso. Creo que van a sentir que están siendo invadidos por el cine africano, cuando en realidad, en términos porcentuales, todavía hay muy poca representación del cine africano en los festivales europeos. Ellos tendrán la impresión de ser invadidos, mientras que las estadísticas mostrarán que no es así. Así que no creo que el cine vaya a cambiar las cosas. Lo que sí puede hacer es mostrar esas realidades que a veces se tergiversan en los medios. Si no, no podríamos seguir haciendo cine”.

Espacio de resistencia

“Últimamente, concluye, ”con todo lo que pasa en Palestina, con lo que pasa en el mundo en general, pero también en Libia y otros lugares, me he preguntado sobre el poder del cine. ¿Tenemos realmente un poder? Porque hay muchas cosas sobre las que no tenemos ningún poder. Pero, en verdad, en Túnez, cuando el filme salió, mucha gente lo vio y se preguntó sobre sus propios prejuicios respecto a las comunidades negras en Túnez. Creo que hay una toma de conciencia“.

Para Sehiri, “el cine tiene una cierta capacidad de conciencia. Abre debates, discusiones, etc. Y, en realidad, aporta complejidad a las historias de cada uno cuando son simplificadas por los medios o por los discursos políticos. Entonces, el cine es una forma de resistencia fundamental, pero no es activismo en ese sentido. Aunque sí es una herramienta que otros activistas pueden usar, si quieren”.