Los Andes I. Argentina

0

Antonio Tejera, catedrático de la Universidad de La Laguna, recibió la noticia con gran alegría: los análisis de ADN demostraban que las cabras andinas descendían de las canarias. Unos años antes habíamos escrito un libro donde argumentábamos esa teoría investigada por Antonio previamente. Los estudios históricos, acerca de los animales domésticos que llevó Colón en sus viajes eran sólidos, pero faltaba el espaldarazo definitivo que proporcionarían las ciencias experimentales. Por otra parte, la argumentación del catedrático llegaba hasta el Caribe y el resto de América se encontraba envuelto en una nebulosa de desconocimiento. Pero para llegar a la conclusión de los genetistas hubo que viajar mucho en avión, en todoterreno e incluso a caballo.

Diez años después de la publicación del libro mencionado, realicé una estancia en el Instituto Argentino de Zonas Áridas. Junto a otras actividades, tenía interés en estudiar las posibles similitudes entre las cabras andinas y las canarias. Para eso me dirigí a la zona del Manzano Histórico, denominado así por haber sido lugar de descanso del General San Martín, durante uno de sus periplos bélicos.

Allí conocí a Yagua, un gaucho con ojos felinos, de los que provenía su nombre, una abreviatura de Yaguareté, que era el apelativo que los indios daban al jaguar. Con él me iba a desplazar a caballo por esa región de los Andes, al objeto de visitar alguna de aquellas rústicas granjas donde se explotaba al caprino local para la producción de carne. Empezaba el sol a iluminar las montañas a nuestras espaldas cuando el gaucho se presentó con dos caballos, además de una mochila y un librito: una guía de campo de aves americanas, un texto que me ayudaría a completar el bagaje de la jornada; así pues, cabalgaría, visitaría una hacienda en la que nos esperaban varios gauchos y observaría aves. Mis tres pasiones, la equitación, la ornitología y mi trabajo, juntas en un día que iba a transcurrir en el increíble marco de las montañas andinas.

Juan Capote en unos de sus viajes a Argentina.

Después de cabalgar un buen rato, el camino se estrechaba y seguíamos ascendiendo suavemente camino del “rancho”. Los argentinos denominan así a las casas humildes donde los gauchos viven permanentemente o de forma temporal, según su manera de apacentar el ganado. En cambio, si la explotación es rica y las construcciones son grandes se las considera “haciendas”, y suelen estar precedidas de un camino que transcurre entre árboles.

Al llegar al rancho se nos acercaron dos individuos con rasgos y atuendos claramente andinos. Saludaron con fría amabilidad cuando desmontamos y el Yagua hizo las presentaciones. Más tarde, me dirigí con los gauchos a su habitáculo. Allí hablaron del pastoreo y de cómo conducían los animales a caballo hasta los prados, dejándolos hasta el día siguiente, o quedándose para protegerlos, según las circunstancias, algunas de las cuales tenían que ver con los depredadores. También se quejaron de los bajos precios de la carne y de otras penurias.

Casi al final de la visita llegó el momento estelar: el rebaño de cabras dentro de un corral, estaba frente a nosotros. Aparte del olor peculiar que existe en este tipo de instalaciones algo me resultaba familiar. Determinadas cabezas, cornamentas o colores, se parecían mucho a los rasgos físicos de nuestras razas canarias. Especialmente a las cabras palmeras y tinerfeñas. ¿Podía estar allí la prueba que iba a conectar las poblaciones canarias y andinas? Podía estar y estaba.

Después de haber entrado en confianzas, la despedida fue más calurosa que la bienvenida, y yo, satisfecho con mis indagaciones, con la gente, con el paisaje, con la vida, emprendí con Yagua el camino de regreso.

En un nuevo viaje a Argentina, tuve la suerte de encontrarme con Cholo, un ingeniero sabio, de escasas y precisas palabras, perteneciente a esa estirpe mendocina conocida como “huraños” por los habitantes de Buenos Aires. Sin conocerme, me abrió las puertas de su casa y me introdujo en el entrañable ambiente familiar. Con él visité a los productores pre-andinos, quienes invariablemente nos recibieron con un cabrito recién asado. De cualquier manera, nunca la he comido carne mejor cocinada que la hecha por el Cholo, sobre todo cuando se trataba de bife de chorizo.

Cholo, además, había sido director del parque del Aconcagua. Me contó algunas historias que a veces compartía con los guardas, sus antiguos subordinados, cuando lo visitaban en su casa. Coincidí con uno de ellos y muy pronto me estaba empapando de sus vivencias y cuentos. Así supe que, estando mi amigo en activo, dos escaladores quedaron aislados cerca de la cumbre durante una tormenta. No había solución, morirían en unas horas. El guarda y un compañero podían comunicarse con ellos por radio y Cholo estaba al tanto. Hablaron y hablaron. Minutos, horas, animándoles mientras pudieron. Hasta que los alpinistas se dieron cuenta de lo inevitable. Entonces se echaron a llorar.

Etiquetas
stats