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Que se callen o se vayan

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La historia de la participación femenina en la política es, en muchos sentidos, una historia de resistencia. A pesar de que las mujeres han demostrado sobradamente su capacidad de liderazgo, visión estratégica y compromiso social, su presencia en los espacios de poder sigue estando condicionada por un sistema que, aunque se disfraza de igualitario, perpetúa profundas desigualdades. La misoginia, entendida no sólo como aversión a las mujeres, sino como una estructura de violencia simbólica, discursiva y física, se manifiesta como una herramienta de expulsión silenciosa pero eficaz. No siempre necesita mostrarse de forma brutal: su sofisticación radica en que puede operar a través del descrédito, la desinformación, la ridiculización y la patologización de las mujeres que osan alzar la voz y asumir un rol de liderazgo.

En las democracias contemporáneas, la igualdad de derechos es un principio que se escribe en las leyes y en los discursos institucionales. Sin embargo, la realidad muestra una resistencia estructural que no se limita a los números en los parlamentos o en los gobiernos. El verdadero obstáculo es cultural, simbólico y profundamente arraigado: se trata de una narrativa social que sigue entendiendo lo público como un espacio masculino, donde la autoridad femenina se percibe como una anomalía, una amenaza o una impostura. Esta narrativa se refuerza a través de mecanismos concretos que buscan disciplinar a las mujeres, controlar su discurso y, en última instancia, expulsarlas del escenario político.

Uno de los mecanismos más poderosos para alejar a las mujeres de la política es la inoculación del miedo. No se trata sólo de amenazas directas, aunque estas existen y son numerosas. Se trata también de la generación de un ambiente hostil donde la participación femenina se vuelve insostenible emocional y psicológicamente. Las redes sociales, que podrían ser una herramienta para democratizar el acceso al debate público, se han convertido en espacios de linchamiento digital donde las mujeres políticas son objeto de violencia específica. Reciben insultos sexistas, amenazas de violación, se cuestiona su apariencia física, se les acosa con información falsa y se les vigila con una lupa que raramente se aplica a sus pares masculinos.

Este tipo de violencia no es anecdótica. Estudios de organismos internacionales, como ONU Mujeres o Amnistía Internacional, han demostrado que el acoso digital tiene un impacto directo en la participación política de las mujeres. Muchas abandonan sus cargos, otras renuncian a sus redes sociales y no pocas deciden no volver a postularse. El mensaje es claro: participar tiene un coste demasiado alto. Y ese coste, aunque no se inscriba en las leyes, funciona como una barrera real de acceso.

Otra estrategia eficaz de exclusión es la construcción de narrativas distorsionadas en torno a las mujeres en política. A través de discursos públicos y representaciones mediáticas, se proyecta una imagen caricaturesca o monstruosa de aquellas que alcanzan espacios de poder. Se las muestra como histéricas, frías, autoritarias o manipuladoras. Si muestran firmeza, son agresivas; si muestran empatía, son débiles. Si se visten de forma sobria, son “aburridas”; si cuidan su apariencia, son “frívolas”. La paradoja es tal que ninguna acción parece suficiente o correcta: siempre hay un defecto que se magnifica, una sospecha que se siembra, una duda que se alimenta.

Esta estrategia no busca sólo desprestigiarlas individualmente, sino también generar un imaginario colectivo que deslegitime el liderazgo femenino. Se crea la percepción de que las mujeres en política son problemáticas, conflictivas o incompetentes, lo cual alimenta el prejuicio de que los espacios de poder deben seguir siendo masculinos por “naturaleza”. De esta forma, se refuerza un ciclo de exclusión: si las mujeres que llegan son constantemente atacadas o desacreditadas, entonces las demás se lo pensarán dos veces antes de seguir sus pasos.

Un mecanismo particularmente insidioso es el silenciamiento, que no siempre ocurre mediante la censura directa. A menudo, se manifiesta en la minimización de las voces femeninas, la interrupción sistemática en los debates, la no cobertura de sus propuestas en los medios y la falta de reconocimiento de sus logros. Este silenciamiento simbólico opera con la misma eficacia que una mordaza física: si no se escucha, si no se visibiliza, es como si no existiera.

A ello se suma la patologización del liderazgo femenino. No son pocos los casos en que mujeres políticas son tildadas de “locas”, “inestables” o “emocionales” como forma de deslegitimar su opinión o desacreditar sus decisiones. Esta patologización tiene una larga tradición histórica: desde los tiempos en que se diagnosticaba a las mujeres con “histeria” por atreverse a pensar diferente, hasta hoy, donde se les acusa de actuar por “impulsos” y no con racionalidad. El subtexto es claro: las mujeres no están capacitadas para gobernar porque su condición emocional las vuelve peligrosas o inadecuadas para la toma de decisiones.

La misoginia no vive sólo en las personas que atacan en redes. También está institucionalizada en los propios partidos políticos, en las reglas del juego, en la forma en que se eligen candidaturas, se asignan recursos o se definen agendas. Muchas veces, las mujeres políticas deben luchar no sólo contra sus adversarios, sino también contra sus propios compañeros de partido, que ven su presencia como una amenaza a sus cuotas de poder.

A pesar de este panorama, las mujeres siguen participando, organizándose, creando redes de apoyo y generando nuevas formas de hacer política. En todo el mundo, vemos el surgimiento de liderazgos femeninos que desafían el statu quo, que construyen desde la empatía, la horizontalidad y el cuidado, y que hacen del feminismo una herramienta de transformación política. Estas lideresas están cambiando no sólo la composición de los espacios de poder, sino también su sentido.

La batalla no es sólo por ocupar cargos, sino por redefinir la manera en que se entiende el liderazgo. Frente a la violencia simbólica, la respuesta ha sido la construcción de contranarrativas que visibilicen las trayectorias, los aportes y las luchas de las mujeres. Frente al silenciamiento, se responde con redes de sororidad. Frente al miedo, se responde con valentía colectiva.

Expulsar a las mujeres de la política no siempre requiere de un golpe brutal. A veces basta con burlarse de su voz, ridiculizar su presencia, sembrar dudas sobre su capacidad, negarles espacios de decisión o exponerlas al escarnio público. La misoginia como estrategia de expulsión no actúa de forma espectacular, sino como una gota constante que erosiona la voluntad, el deseo y la posibilidad de habitar lo público.

Revertir esta situación exige una transformación profunda de nuestras culturas políticas, de nuestros medios de comunicación, de nuestras instituciones y de nuestras mentalidades. Pero, sobre todo, exige reconocer que la lucha de las mujeres por estar, hablar y decidir no es sólo una cuestión de igualdad, sino una condición fundamental para el fortalecimiento de cualquier democracia. Porque no hay verdadera democracia si la mitad de la población vive bajo amenaza cada vez que se atreve a alzar la voz.