Libros, rosas y periferias
La fiesta del Día de Aragón del pasado miércoles fue una fiesta de reencuentro con la convivencia. Al igual que sucedería en Huesca, en Teruel y en cualquier rincón de Aragón, pasear por la Feria del Libro del Paseo de la Independencia de Zaragoza en una agradable tarde primaveral fue disfrutar de un rato de saludos, de encuentros y de felicidad.
Aunque fuera día laborable, en Cataluña como en Aragón también se celebró el Día de San Jorge, allí de Sant Jordi. Se me quedó grabada una expresión del discurso de su presidente, Salvador Illa, que sobrevoló lo doméstico y la gestión, para hablar de valores: “regalar rosas a los que queremos y a los que piensan diferente a nosotros es el gesto más revolucionario contra el odio”.
Frente a los discursos de odio y confrontación, paz y convivencia. Las rosas y los libros si de algo son portadores es de creatividad, de valores humanos, de democracia, de convivencia, de diversidad, de educación….En Portugal no la rosas pero sí los claveles en la boca de los fusiles fueron el símbolo de una pacífica revolución, de la que ayer se cumplieron 51 años, que devolvió la democracia al país vecino.
Necesitamos estos momentos callejeros de encuentro, de hermandad y de distensión. Los libros y las rosas son una buena razón. Como también puede serlo caminar o escuchar música olvidándonos del móvil y del algoritmo durante un rato concentrándonos orgánica, activa y abiertamente, en los demás y en el paisaje.
“Fratelli tutti”, hermanos todos, es el título de una encíclica del Papa Francisco que sostiene que la fraternidad no se mueve por círculos, dando prioridad al más cercano y relegando al resto, que la fraternidad es consustancial a la dignidad del ser humano. De esa dignidad gozan tanto los que viven en nuestra comunidad de vecinos, en nuestro barrio y en nuestro pueblo, como los que están en los contornos, en los límites, los que sufren las guerras, la pobreza y las persecuciones procedan de donde procedan.
Además de la fiesta de San Jorge, de la vecindad, del origen del aragonesismo y de decenas de miles de migrantes desde hace muchas décadas, con Cataluña compartimos también a alguien que siempre se ha visto a sí mismo como un cura de pueblo. A alguien que desde esa humildad, cercanía y vocación de servicio, llegó a ser uno de los principales consejeros, una de las personas de más confianza del Papa Francisco.
Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y cardenal, nació en Cretas, en el Matarraña turolense. En el Bajo Aragón histórico se le quiere mucho. El pasado 23 de abril, Día de Aragón, felicitó a los vecinos de su pueblo con un ¡Viva Cretas! El alcalde y los concejales le correspondieron con una fotografía de felicitación por el Día de Aragón reunidos en la plaza del pueblo.
El arzobispo de Barcelona fue también presidente de la Conferencia Episcopal española, el órgano que reúne a los obispos y que el pasado mes de abril urgía al PSOE y al PP a aprobar la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que reunió más de 600.000 firmas para regularizar a medio millón de inmigrantes.
Juan José Omella será uno de los ciento treinta y tantos cardenales (cinco de ellos españoles) que podrán votar encerrados con llave en la Capilla Sixtina el sucesor del primer Papa latinoamericano, surgido de la Compañía de Jesús e identificado con Francisco de Asís. Un Papa que se identificó con los vulnerables, con el pensamiento ecológico y con el diálogo con otras religiones, sobre todo con la islámica.
La elección del nuevo Papa, en la que se debatirá la continuidad o el freno a una iglesia social y abierta a todos, será después del entierro de hoy en una sencilla tumba en la iglesia de Santa María la Mayor de la que fue arcipreste otro cardenal aragonés, Santos Abril, turolense de Alfambra, que no podrá votar porque pasa de los 80 años.
Juan José Omella, en un reciente artículo en “La Vanguardia” que tituló “Un gran don de Dios”, subrayó la preferencia de Francisco por las iglesias periféricas y pequeñas, alejadas de los ambientes cerrados y abiertas a todos. Escribía: “miren, no a los poderosos o los ricos…..miren a los pequeños, aquellos de quienes todos se olvidan. Y el Papa fue a verlos”. El enorme valor de las olvidadas periferias en la Iglesia católica y en la política mundial y nacional.