Nadie hablará de nosotras
Hay una forma muy concreta de desaparecer del debate público: no que te ataquen, no que te discutan, sino que no te nombren. Eso es lo que está pasando con la igualdad de género y la violencia machista en la campaña electoral aragonesa. No están en el centro, apenas están en los márgenes. Como si no fueran una prioridad. Como si no importaran. Como si ya estuvieran resueltas.
“Nadie hablará de nosotras en campaña electoral”, escribió Carolina Llaquet en una reflexión que duele porque es precisa. No es una frase grandilocuente, es una constatación. Basta con escuchar los discursos, leer los programas, seguir los debates. Se habla de impuestos, de infraestructuras, de desarrollo, de territorio. Se habla mucho de “las personas”, de “las familias”, de “la libertad”. Pero se habla poco —muy poco— de las mujeres. Y casi nada de la violencia machista.
No es casual. La igualdad se ha convertido en un tema incómodo, en algo que algunos consideran desgastado y otros directamente cuestionan. Hay quien piensa que ya no da votos. Hay quien prefiere no “meterse en líos”. Y hay quien ha comprado el marco de que hablar de violencia machista es ideológico, exagerado o divisorio. El resultado es el mismo: silencio. Pero el silencio no es neutro. Nunca lo ha sido.
Hablar de igualdad no es una declaración de intenciones ni un gesto simbólico. Es hablar de cómo se reparte el poder, el tiempo, el dinero y la seguridad. Es hablar de empleo femenino precario, de brechas salariales que persisten o de cuidados que siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres. Es hablar de miedo, de control, de agresiones y de asesinatos. Y es hablar de políticas públicas concretas: de recursos suficientes, de prevención, de formación y de acompañamiento.
Cuando eso desaparece del discurso electoral, no desaparece de la realidad. Lo que desaparece es la voluntad política de abordarlo.
En Aragón, además, este silencio tiene una dimensión territorial que no se puede ignorar. Porque no es lo mismo ser mujer en una capital que en un pueblo pequeño. Las mujeres rurales viven más lejos de los recursos, con menos servicios, con redes más frágiles y con una presión social mayor. Salir de una situación de violencia no es sólo una decisión personal: depende de si hay transporte, atención psicológica, empleo, vivienda o confidencialidad. Depende de si el sistema llega o no llega.
Y, sin embargo, las mujeres rurales aparecen poco en la campaña. A veces como decorado, como símbolo de arraigo, como parte del relato amable del territorio. Rara vez como sujetas políticas con necesidades específicas. Rara vez como prioridad. Se habla mucho de luchar contra la despoblación, pero poco de las condiciones materiales que hacen que las mujeres se queden o se vayan. Se habla de emprender, pero no de conciliación corresponsable. Se habla de orgullo rural, pero no de soledad, ni de sobrecarga, ni de violencia.
Como si todo eso afeara el relato.
La violencia machista, por su parte, se diluye entre palabras suaves. Se evita nombrarla con precisión. Se la convierte en un problema privado, en una suma de casos aislados, en algo que “ya está en las leyes”. Pero quienes trabajamos en este ámbito sabemos que no basta con que exista un marco legal si no hay desarrollo, presupuesto y compromiso político. Sabemos que los retrocesos empiezan casi siempre así: primero se deja de hablar, luego se deja de priorizar y después se recorta.
No es alarmismo. Es experiencia.
No se trata de dar lecciones morales ni de señalar culpables. Se trata de rigor. La igualdad exige políticas bien diseñadas, evaluables y sostenidas en el tiempo. Exige datos rigurosos, formación especializada y coordinación institucional. Exige tomarse en serio lo que la evidencia lleva años mostrando. Y exige liderazgos políticos capaces de decir, sin rodeos, que la violencia machista existe y que combatirla es una obligación democrática.
Aragón no es una tierra ajena a la cultura ni al pensamiento crítico. Aquí sabemos que mirar hacia otro lado nunca ha sido una virtud. Goya lo dejó claro cuando dibujó los monstruos que nacen cuando la razón duerme. Y quizá de eso se trate: de no dormirnos, de no normalizar que en una campaña electoral la mitad de la población sea prácticamente invisible.
La igualdad no es un asunto sectorial ni una agenda secundaria. Es una condición básica para que todo lo demás funcione. Sin mujeres libres no hay democracia plena. Sin corresponsabilidad no hay desarrollo sostenible. Sin mujeres rurales con derechos no hay equilibrio territorial.
Decir que “nadie hablará de nosotras” no es rendirse. Es señalar el vacío. Es advertir de lo que pasa cuando la política decide que hay temas prescindibles. Las mujeres no lo somos. Tampoco nuestra seguridad, ni nuestra igualdad.
Quizá no se hable mucho de nosotras en esta campaña electoral. Pero estamos aquí