Aragón Opinión y blogs

Sobre este blog

La soledad del profesor de fondo

0

En estos aciagos días, paralelamente a acampadas, manifestaciones y huelgas generales por derechos que creíamos ya conquistados, se debate en los institutos de educación secundaria de todo Aragón un asunto capital en el universo educativo: si se continúan realizando actividades y viajes extraescolares o se suspenden indefinidamente. Todo ello se debe al terrible suceso ocurrido en el viaje de fin de curso pasado del IES Ítaca de Zaragoza; los profesores que acompañaban al alumnado se enfrentan nada menos que a penas de prisión y la solidaridad para con ellos ha saltado al debate público y ha generado una enorme ola de reacción por parte de nuestra comunidad. El debate es encarnizado y los claustros para decidir una postura u otra duran horas, produciéndose verdaderos cismas entre los reunidos, unos a favor de paralizar cualquier salida, otros en contra. Pero hay algo en lo que todos coincidimos y que todos padecemos: miedo y sensación de soledad. El caso concreto del viaje de estudios da para océanos de tinta y no seré yo quien lo analice o juzgue, pero sí utilizo este pretexto para visibilizar los problemas contra los que se lleva décadas batallando: la carencia estructural de apoyo a la enseñanza pública, el desamparo de la institución, la escasez de recursos y la exigüidad del salario de sus trabajadores, lo que se traduce en una erosión silenciosa pero sostenida de su desempeño diario.

En el sistema actual, el escenario al que debe enfrentarse un educador en su día a día es, cuando menos, desafiante. Históricamente el alumnado era ese principal desafío, pero eso ha pasado —valga la redundancia— a la historia. Hoy en día el “monstruo final” de nuestra labor educativa es conseguir sortear de la manera menos lesiva las posibles consecuencias que la burocracia te puede acarrear. Todos los que damos clase confiamos en que la Dirección de nuestros centros y la Inspección Provincial velan por nosotros y nos protegen; no siempre es así y a menudo al docente se le deja solo ante el peligro. Algunos ejemplos: el curso pasado, en uno de los IES más prestigiosos de Aragón, vi como la alumna más disruptiva del instituto —traducción: extremadamente problemática, cero empática, con un ego descontrolado, que contesta sistemáticamente a los profesores, que pone en cuestión su labor y desempeño en voz alta dentro del aula, etc.— consiguió hacer llorar a una profesora durante casi una hora entera. Ella fue a Jefatura de Estudios a quejarse, a poner en conocimiento el comportamiento de esta chica, a pedir una solución... Y al final obligaron a la docente a pedirle perdón a la alumna, cara a cara, en privado. Me consta también que otro compañero, por diferente motivo y en diferente momento, interpuso la incidencia más grave posible hacia esta misma persona... Y acabaron llamándole al despacho a él para amonestarle por la forma inadecuada de redactar dicha incidencia. Ahora mismo se da por hecho que el alumnado —y sus padres— tienen el control: pueden escribir o reclamar cualquier cosa al profesor, pero éste no puede contestar. Cada palabra suya o movimiento que realiza deben estar medidos al milímetro, pues estudiante y formador están ya a la misma altura. Murió la autoridad docente.

Yo mismo estoy inmerso, en estos momentos, en un proceso de reclamación. Voy “pa’lante”, como se ironiza recientemente en la esfera política cuando alguien va camino del cadalso. En junio califiqué con un 9 a una alumna de bachillerato que, durante todo el curso, me había insinuado de todas las maneras posibles —yo lo llamo coacción— que ansiaba obtener la máxima nota posible. El desempeño de la adolescente fue mediocre pero le regalé un 9, sabiendo que necesitaba nota para el acceso a futuros estudios. No conformes, ella y su madre interpusieron una reclamación contra mí ante la Dirección de mi instituto. Todo mi departamento tuvo que reunirse de manera extraordinaria y, tras horas de trabajo y deliberación, corroboraron mi calificación. No conformes de nuevo, elevaron la reclamación ante la Inspección Educativa. Yo me defendí alegando que nos sentíamos del todo presionados y que la alumna y su madre estaban intentando obtener el 10 sibilinamente en los despachos. Pasó el verano, llegó el otoño... y hace unos días me citaron para entregarme, oficialmente, la resolución del caso. Yo, inocente, pensé que se trataba del fin del asunto; nada más lejos de la realidad: la Inspección me acusa de una posible vulneración de la evaluación objetiva y, en el plazo de diez días, debo entregar kilos de documentación probatoria para intentar salir indemne de todo este proceso. El reo es el profesor y como tal debe defenderse.

Somos muchos los que atravesamos similares situaciones, unas más graves y otras menos, pero la vulnerabilidad es patente. Y no entra en el sueldo. ¿Comprenden ahora por qué el 95% de los docentes en España se lavan las manos, no pelean, ponen las notas que les piden, cierran la carpeta, hacen las maletas y se van a la playa? Yo empiezo a entenderlo.

Aunque, sinceramente, podemos estar contentos: si trabajásemos en la enseñanza privada o concertada, hace tiempo que habríamos sido despedidos. Allí pagan los alumnos y por tanto ya no son alumnos sino clientes, y el cliente siempre tiene la razón. Por eso la educación —sobre todo media y superior— debería ser siempre pública e independiente.