Teletubbies
Quizá habían notado algo, tal vez lo sospechaban o ni eso, porque su transformación ha sido fulgurante y no han sentido siquiera ese proceso agónico de transición en el que uno nota que está cambiando para mal, como cuando uno tiene la certeza de que ha pescado algún virus que no era suyo y su cuerpo empieza a mutar. De una u otra forma el resultado es el mismo. Señoras, señores: nos hemos convertido en teletubbies.
Esos moñacos de la BBC usan una mezcla del lenguaje de un niño de preescolar con un galimatías ininteligible que sirve para rellenar los huecos de las frases entre conceptos simples. Esa es la forma en la que, parece, debe desarrollarse hoy el discurso político para que llegue al ciudadano. Es lo que se demanda, lo que se ve. El resto se desecha. La profundidad se percibe como enrevesamiento, la mesura como falta de firmeza y así la retórica va tornando hacia la simpleza con tono de suficiencia. La clave comunicativa de cualquier autoritarismo.
El fenómeno es global y no es nuevo. Es, más bien, el resultado de un proceso del que ya nos habían advertido algunos interesantes y clarificadores estudios sobre el empobrecimiento del lenguaje en la retórica política. Cabe citar los realizados por las universidades de Texas y Princeton en 2019 o el que elaboraron la de Ámsterdam y el College de Dublín en el mismo año. El discurso pierde complejidad y el que lo escucha, capacidad analítica. En lenguaje teletubiano: hablan para tontos y el que no era, se convierte.
Los ejemplos más claros y flagrantes los vemos en las redes sociales. Ese nuevo plano de la realidad en el que si no estás no existes en los demás. Hacer oposición o simular gobernanza allí renta más que hacerlo donde se debe ejercer, en las instituciones en las que esos políticos ostentan cargos gracias a los votos de los ciudadanos. Cero efectividad, máximo efectismo. La comunicación política es cada vez más narrativa, más emocional. Lo que importa es el relato y el canal para hacérselo llegar a los ciudadanos ya no pasa ningún filtro. Los medios de comunicación pierden fuerza. El mensaje se consume en bruto, sin tratar ni contrastar. La ley de la selva.
Si la batalla de las elecciones se libra ahí –y lo estamos viendo estos días en Aragón– ningún partido puede quedarse fuera si quiere tener opciones. En las redes, como en las instituciones –y como en casi cualquier lugar u ocasión en la vida–, no es lo mismo estar que saber estar. Así que sería de agradecer que algunos se tomen en serio el lenguaje audiovisual de esas plataformas y se suban por fin al s.XVI. Es obvio que la puerta de entrada de los jóvenes a la vida política es esa. No es estar es abocar a una formación a la muerte a largo plazo. Pero en general, y aprovechando que en esta época proliferan las promesas, me gustaría arrancarles una a nuestros políticos: no nos hablen como teletubbies, no nos traten como a ellos. Confundir lo sencillo con lo simple es de necios y en este atontamiento al que nos van sometiendo a algunos ya nos empieza a faltar el aire.