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ARAGÓN

De lo invisible y lo terrenal

En esta edición de los premios Goya quedó en evidencia la variedad y el talento del cine español, La trinchera infinita volvió a casa con dos premios de los quince a los que optaba

La trinchera infinita Time Out

Antonio de la Torre y Belén Cuesta son Higinio y Rosa en 'La trinchera infinita'

Si por algo se caracterizó la última edición de los Premios Goya fue por poner frente a frente a dos de los pesos pesados de la cinematografía española. Pedro Almodóvar (Dolor y gloria) y Alejandro Amenábar (Mientras dure la guerra) no solo sumaron numerosas nominaciones en sus respectivos trabajos, sino que además lograron alzarse con los principales galardones. La competencia sin embargo no se lo puso nada fácil, en una ocasión donde quedó en evidencia la variedad y el talento del cine español.

Respaldada por quince nominaciones, La trinchera infinita se mantuvo al acecho hasta el último momento de la carrera, intentando convertirse en una tercera vía respecto a sus dos máximas contrincantes. No pudo ser, pero logró volver a casa con los premios a mejor actriz principal (Belén Cuesta) y a mejor sonido. Un trabajo surgido de los cineastas Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga, quienes ya habían conseguido hacerse un hueco en la industria fílmica hispana con Loreak (Flores, 2014) y Handia (2017). Al margen de su indudable calidad técnica, seña de identidad del equipo vasco, la valentía del largometraje reside en la visión elegida para contar la historia más reciente de España.

La trinchera infinita trasciende la frontera cronológica entre 1936 y 1939, se adentra en la dictadura franquista hasta 1969, y lo hace a través de un protagonista cuya vida se paró nada más comenzar la contienda. Higinio representa la figura de cientos de personas, la mayoría hombres pertenecientes al bando republicano, obligadas a permanecer ocultas tras la llegada de la represión franquista. Conocidas popularmente como “topos” -término acuñado por los periodistas Jesús Torbado y Manu Leguineche en su libro Los topos (1977)-, su destino fue una auténtica muerte en vida. Perseguidos por las instituciones fascistas, permanecieron apartados de una sociedad que siguió su rumbo mientras ellos esperaban en zulos el momento idóneo para volver a ser visibles. Años de cautiverio marcados por el horror y el miedo constantes, familias destrozadas y señaladas; una combinación de víctimas y prisioneros que consiguió robar la identidad de numerosos españoles.  

Aunque no ha sido habitual, el tema de los “topos” ya había estado presente en la gran pantalla. Fernando Fernán Gómez con Mambrú se fue a la guerra (1986) o más recientemente Los girasoles ciegos (2008), basada en el libro de relatos homónimo de Alberto Méndez, partieron de la misma premisa. Esta segunda se convirtió en la última colaboración entre el director José Luis Cuerda y el guionista Rafael Azcona, otros dos grandes referentes de la cinematografía española. El prematuro fallecimiento de Cuerda hace unos días ha devuelto a primera línea cintas tan icónicas como El bosque animado (1986), Amanece que no es poco (1989) o La lengua de las mariposas (1999). Desde aquí, y aprovechando la inercia de La trinchera infinita, resulta necesario recordar también trabajos como Los girasoles ciegos, una cinta modesta que se suma a la nómina de trabajos comprometidos con la memoria histórica. Porque, señoras y señores, todo esto sigue siendo un sindiós.

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