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ARAGÓN

La memoria efímera

"Es paradójico que se hayan producido los resultados electorales de Andalucía al mismo tiempo que tenemos dos películas en cartelera que nos avisan del peligro de la ultraderecha para la convivencia humana y el progreso social"

Es paradójico que se hayan producido los resultados electorales de Andalucía al mismo tiempo que tenemos dos películas en cartelera que nos avisan del peligro de la ultraderecha para la convivencia humana y el progreso social. Las dos están basadas en hechos reales, inhumanamente reales.

El fotógrafo de Mauthausen nos narra la vida de los republicanos españoles que debieron abandonar España tras la guerra española y que acabaron en campos de concentración nazis después de que Franco les retirara la condición de españoles. Fueron 9.328, de los que sólo sobrevivieron 3.809 (un 40 %).

La película, bien ambientada, pero justa de guion, se hace poco creíble por momentos si no fuera porque la realidad supera la truculenta historia. Mar Targarona pretende contar una historia al estilo norteamericano, amantes de los superhéroes individuales que salvan el mundo (en este caso el fotógrafo Francesc Boix), al que le añade unos toques de La Lista de Schlinder con el alemán bueno y de La vida es bella con el humor que pretende hacer humano lo que no lo fue.

Soslaya intencionadamente, aunque lo menciona tímidamente (en los tiempos actuales sólo nos emocionan los comportamientos individuales), que los españoles que sobrevivieron a Mauthausen y Gusen lo fueron gracias a una milimetrada y omnipresente organización de republicanos dirigida por miembros del Partido Comunista. Organización que redistribuía los escasos alimentos y bienes de que disponían entre los más necesitados, enfermos o amenazados o que enseñaba a hablar alemán a los recién llegados, sin lo cual no tendrían posibilidades de sobrevivir. Unido a ésto, la buena preparación profesional de bastantes de ellos, lo que les permitió acceder a cargos de cierta responsabilidad en el campo, hizo posible secuestrar y custodiar en lugar seguro unas fotografías que fueron prueba esencial en Nuremberg, contra los genocidas nazis.

La noche de los 12 años nos cuenta la vida de Pepe Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, tres miembros tupamaros, enemigos políticos de la dictadura militar que había tomado el poder en 1973. Corrieron mejor fortuna que otros compañeros que desaparecieron, pero lo pagaron muy caro, ya que, como les dijo un mando militar: “como no pudimos matarles, vamos a volverles locos”. Los cautivos fueron sacados de la cárcel y encerrados en cuarteles durante 12 años, aislados, en celdas minúsculas, encapuchados, atados, golpeados, vejados, obligados a permanecer en silencio y sin ningún tipo de enseres, desnutridos y privados de sus necesidades básicas.

Brechner, usando una buena ambientación y actuación y sin detenerse en los detalles macabros, de los que huye (cosa que es de agradecer), nos sitúa en una posición de derrota ante la impunidad y la violencia, de la que sólo unos escasos brotes de cultura dan alguna esperanza en el futuro. Resistir o enloquecer, pero ¿cómo? El vocabulario empleado por los golpistas uruguayos nos retrotrae a nuestra propia historia: “los presos son subversivos peligrosos, tienen gran capacidad de convencimiento”; “somos el Ejército Nacional” o “nuestro Caudillo”. Al final la esperanza renace. La madre le dice a Mújica: “sólo los que bajan los brazos, están derrotados”. Éste, con el retorno a la democracia, llegó a ser el presidente del país.

Alrededor de 300 personas fueron detenidas-desaparecidas durante la dictadura militar uruguaya entre 1973 y 1985. Hubo unos 15.000 presos políticos y en torno a 380.000 exiliados de una población que no llegaba a 3 millones. Algunos de los exiliados serían asesinados en dictaduras vecinas como la chilena, la argentina (en aquellos vuelos de la muerte), la boliviana o la paraguaya.

Ambas películas son de obligada visión si no queremos volver a repetir historia tan macabra. El olvido es el principal error de la humanidad. La militarización de la sociedad es su propia derrota.

Los sistemas sociales inspirados en la extrema derecha acaban derivando, siempre, en un sistema autoritario y violento que justifica la represión militar como modo de asegurar la paz social. La vida del diferente, del opositor, del extranjero (pobre generalmente) deja de tener valor. La humillación extrema y la venganza se convierten en los principales valores sociales. Da igual cómo acceda la ultraderecha al poder: con un golpe de estado o con unas elecciones democráticas.

Indudablemente las élites socio-económicas tienen una enorme responsabilidad sobre el devenir de los países (y de la Unión Europea). Ellos, a través de los políticos que los representan, han tomado las decisiones que han llevado a su mayor enriquecimiento a costa del resto del país. Cuanto mayores son las desigualdades, peor funciona la economía y los mecanismos correctores y es cuando crece la irracionalidad social cargando la responsabilidad de su propia mediocridad sobre los partidos políticos (corruptos o no) y, especialmente, contra los más débiles. La extrema derecha, que ha nacido para defender los privilegios de los más poderosos, se convierte en la esperanza de un futuro más próspero. Su política económica es la misma que se venía practicando y, por tanto, no aporta soluciones al problema de la redistribución de la riqueza, pero la férrea disciplina castrense impuesta a la sociedad, crea una falsa ilusión de seguridad. Poco dura. Después comienza el largo proceso de oposición civil a la dictadura hasta su derrocamiento.

Viendo cómo la indignación contra unas élites políticas, en Europa y en Andalucía ahora, se traduce en un voto importante a opciones de extrema derecha, queda patente que vivimos el día a día de modo autómata, egoísta. Justificamos la violenta contra otros pensando que nunca nos tocará porque estamos en el lado de los fuertes, del poder, del orden. Grave error como ya escribió Niemöller en los años 40: “...luego vinieron a por los judíos, como yo no era judío no dije nada; y al final vinieron a por mí y entonces no quedaba nadie para defenderme”. En esa visión corta, los recuerdos se hacen borrosos ante la barbarie. Ellos saben que la memoria es efímera.

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