María del Carmen, una infectóloga sin especialidad reconocida en España: “Tendría que hacerme mi propio hueco”
A los 18 años, María del Carmen García hizo una maleta y salió de Zaragoza para estudiar Medicina en Hungría. No sabía entonces que aquella decisión sería el comienzo de un camino que la llevaría a terminar la carrera en Roma, a especializarse en Enfermedades Infecciosas en Milán, a trabajar durante seis meses en Brasil con enfermedades tropicales y maternoinfantiles y, ahora, a plantearse incluso cruzar el Atlántico para continuar su formación en Estados Unidos.
Tampoco sabía que, después de tantos años de formación, una de las preguntas más difíciles de responder sería dónde podrá trabajar cuando quiera volver a casa. Como explica en una entrevista a elDiario.es, quiere volver a España y, más en concreto, a Zaragoza, su casa. Sin embargo, se ha formado como infectóloga en un país donde las enfermedades infecciosas son una especialidad independiente y está a punto de terminar una residencia de cuatro años que no tiene un equivalente directo en el sistema español.
“Volver a España y ejercer como infectóloga es difícil. No sabría dónde meterme porque no existen plazas como tal”, explica.
No es una cuestión menor para una médica que ha elegido esa disciplina porque entiende que su valor está en mirar allí donde otras especialidades pueden no hacerlo, como es en el microorganismo que provoca una enfermedad, pero también en cómo ese microorganismo afecta al conjunto del organismo y en cuándo es necesario tratarlo y cuándo no.
“Ya se había pedido que Infecciosas se separase de Medicina Interna, pero yo creo que con la covid se volvió como un problema evidente. Aunque Medicina Interna son médicos maravillosos y superformados, al final el mundo de Infecciosas es un mundo muy vasto, muy grande”, sostiene.
Bacterias, virus, parásitos y las consecuencias que provocan en el organismo conforman un campo que, además, atraviesa prácticamente toda la medicina. Una infección en una prótesis puede requerir el trabajo conjunto con Traumatología; una infección de una válvula cardíaca, con Cardiología; un paciente oncológico que desarrolla una infección, con Hematología. También están el VIH, las infecciones de transmisión sexual, las infecciones durante el embarazo, las enfermedades importadas o las infecciones hospitalarias. “Al final es una especialidad muy transversal. Trabajas mucho con todos los sectores de la medicina”, explica.
Esa transversalidad es, de hecho, una de las características que más le atraen de la especialidad. También una de las razones que, a su juicio, hacen necesario que exista una formación específica: “Es una especialidad muy rica. Tienes como los pacientes de infecto orgánicos, que son, por ejemplo, el VIH, la gente con el sida, que es un paciente muy clásico nuestro, pero luego trabajas con todo el mundo. Entonces, a mí me encanta”.
Sin embargo, en España, las enfermedades infecciosas todavía no están reconocidas como una especialidad médica independiente. La disciplina continúa vinculada en buena medida a Medicina Interna, aunque la creación de una especialidad propia lleva años sobre la mesa y el proceso para su reconocimiento continúa avanzando.
Para esta médica, no se trata de sustituir a los internistas ni de reclamar un territorio exclusivo. “El objetivo no es quitarle el trabajo a nadie en absoluto, sino trabajar juntos, en equipo. Al final, yo creo que es como una hiperespecialización que está subiendo en medicina. Nos vamos como bifurcando. Y antes o después va a tener que separarse esta rama de Medicina Interna”, afirma.
El médico que piensa también en el microorganismo
Para detallar qué puede aportar un infectólogo, le basta con acordarse de una llamada de su propio padre, ginecólogo y médico con décadas de experiencia. Tal y como recuerda, él tenía una paciente con un nódulo axilar y había llegado a un punto en el que no encontraba una explicación. En ese caso, ella le propuso abordarlo también desde una perspectiva infecciosa y solicitar algunas pruebas específicas, que acabaron confirmando que se debía a una bacteria.
“Mi padre me lo dijo. Me dijo: ‘Fíjate, yo llevo 40 años ejerciendo y no se me había pasado por la cabeza que pudiera ser una bacteria’. Y por eso yo creo que es importante que haya gente especializada en este campo”, cuenta.
No se trata, insiste, de que un infectólogo tenga que intervenir en cada infección. De hecho, una parte importante de su trabajo consiste en saber cuándo no hay que intervenir.
“Hay mucha gente que me conoce, que sabe que me dedico a esto y me llaman muchísimo por cosas. Por ejemplo: ‘Me ha salido tal bacteria en el examen de orina, ¿qué hago, la tengo que tratar o no?’. Y al final eres una persona que está especializada en eso y puedes decir: ‘Mira, si no tienes síntomas, no te preocupes, que no pasa nada’. Y a lo mejor un urólogo te trata directamente. Yo, como infectóloga, pienso más en el beneficio de no tomar el antibiótico”, reconoce.
Ahí aparece otra de las batallas de una especialidad que trabaja también contra los excesos del uso de antibióticos y es saber qué infección existe, qué microorganismo la provoca y, sobre todo, cuándo un tratamiento aporta realmente un beneficio.
La población, no obstante, apenas sabe que existe esa figura. “Creo que la gente no sabe que existen los infectólogos. Nadie lo sabe y no les culpo”, agrega.
Una infección pulmonar lleva al neumólogo; una infección durante el embarazo, al ginecólogo; una infección de piel, al dermatólogo. El infectólogo aparece muchas veces detrás, trabajando con todos ellos. Sin embargo, cree que debería ser una opción visible para el paciente: “Es otra perspectiva de la medicina, otra forma de solucionar el problema”.
Asimismo, para ella, esa perspectiva adquiere todavía más importancia en un mundo en el que las enfermedades infecciosas no entienden de fronteras. En este sentido, sostiene que, como sociedad, “nos hemos dado cuenta en muchos momentos de que un microorganismo nos puede aniquilar a todos en poco tiempo”. “Por eso tiene que haber alguien que sepa gestionar este tema desde el centro, desde el propio microorganismo”, admite.
Una médica formada fuera que quiere volver
La historia de María del Carmen también es la de una médica que nunca ha dejado de buscar dónde aprender. Nació en Zaragoza, pero a los 18 años se marchó a Hungría para comenzar Medicina. Tres años después surgió la posibilidad de trasladarse a Italia a través de un convenio universitario. Hizo las pruebas, las superó y terminó la carrera en Roma, íntegramente en inglés.
Cuando llegó el momento de elegir especialidad, incluso llegó a preparar los exámenes para Estados Unidos. Finalmente, fue su padre quien le sugirió la posibilidad de continuar en Italia y hacer la residencia allí, ya que hablaba italiano y Enfermedades Infecciosas estaba entre las opciones que más le interesaban.
“En mi cabeza pensaba hacer Medicina Interna, típico, y subespecializarme en Infecciosas. Pero como sabía que en Italia Infecciosas ya existía, dije: ‘Bueno, voy a aplicar a ver qué pasa’. Y entré en Milán. Así que dije, venga, voy a intentar a ver si me gusta o no me gusta, y aquí estoy”, recuerda.
Ahora, a punto de terminar el próximo 30 de octubre, también recuerda su paso por Brasil, donde durante seis meses trabajó con enfermedades infecciosas, maternoinfantiles y tropicales. Allí se encontró con un sistema sanitario que le sorprendió y con enfermedades que, para una especialista formada en Europa, adquirían una dimensión completamente distinta.
“Me he encontrado con un sistema de sanidad increíble, primero de todo. Siendo un país tan grande y con tanta población en situación de vulnerabilidad, me ha sorprendido mucho lo bien que llegan a todo el mundo y lo bien que lo gestionan”, relata.
Además, se encontró con infecciones que en España pueden resultar excepcionales y que en Brasil forman parte de la práctica cotidiana. “Para mí, que me dedico a esto, muchísimas infecciones que son raras para nosotros son mucho más comunes allí. Como el Chagas, que a lo mejor en España se hacen controles y de repente sale positivo uno, pero no tiene la distribución que tenía en Brasil. El hecho de que son muy expertos en tratar infecciones raras, para mí ha sido muy útil”, indica.
La experiencia le sirvió también para descubrir otra forma de entender la formación médica, ya que se trata de una enseñanza muy ligada a la actualización constante y a la literatura científica.
“Creo que he evolucionado un montón personal y profesionalmente. Al final es verdad que a lo mejor el camino que he escogido yo se ha ido haciendo. Yo no pensé nunca que terminaría viviendo en Hungría, en Italia o en Brasil. Ha sido un camino más alternativo, que a lo mejor te pone un poco más difícil encajar dentro del patrón, pero es sumamente enriquecedor”, asegura.
Su siguiente paso podría ser Estados Unidos. Cuando termine la residencia, quiere intentar acceder allí a una segunda especialidad, Pediatría, durante tres años. Tal y como cuenta, esta rama le atrae, sobre todo, aquello que tiene que ver con infecciones en niños y mujeres embarazadas, incluida la prevención de la transmisión vertical del VIH. Más adelante, incluso contempla una subespecialización en Enfermedades Infecciosas Pediátricas.
Pese a que no sabe si será dentro de un año, cinco o diez, sí tiene claro que quiere volver a España. “Me daría mucha ilusión ayudar también en nuestra sanidad. Seguramente tengo mucho que aprender de todo el mundo que está haciendo medicina en España, pero creo que también voy a tener mucho que llevar”, admite.
El problema es que, si cuando regrese las Enfermedades Infecciosas siguen sin contar con una especialidad independiente, tendrá que volver a empezar a buscar su sitio. “No creo que pudiera ejercer en un hospital público porque aún no hay una especialidad así. Es cierto que quizás también podría tener hueco, por ejemplo, en consultas de fertilización in vitro, ya que hacen muchísimos test de infecciones y si saliese un valor alterado, me lo podría derivar. Tendría que hacerme mi propio hueco, pero trabajo hay, sin duda”, comparte.
Una especialidad que espera su sitio
Su reivindicación no nace solo de su propia trayectoria. De hecho, la SEIMC lleva años reclamando el reconocimiento de la especialidad y sostiene que la formación específica es necesaria para responder a infecciones complejas y emergentes. En enero de 2026, el comité técnico encargado de evaluar la propuesta emitió un dictamen favorable y consideró adecuada una formación de cinco años.
El proceso continúa, aunque, mientras tanto, médicos como ella siguen formándose en otros países donde Enfermedades Infecciosas sí constituye una especialidad independiente.
En su caso, no reniega del camino que ha escogido, ya que, tal y como afirma, “ha sido como una sucesión de puertas que se han ido abriendo”. “Lo que parece inalcanzable es alcanzable”, dice al mirar hacia atrás.
“Es un trabajo muy sacrificado. Ya no solo físicamente, porque hacemos turnos muy largos, sino emocionalmente. Veo que me llevo el trabajo a casa. A lo mejor no consigo desconectar al cien por cien de lo que he hecho ese día, del paciente que he visto o de una decisión que he tomado, que a lo mejor me ha costado tomarla o he dudado”, reconoce.
Durante años vio a su padre trabajar sin entender del todo por qué tanta entrega: “Si hay una cosa que he ganado es admiración por mi padre, porque durante toda mi infancia le he visto trabajar, trabajar, trabajar y nunca he entendido por qué tanta entrega. A pesar de que a mí siempre me ha llamado la medicina y me ha inspirado él también a hacerla, ahora lo entiendo”.
De hecho, para ella ser médico no consiste solo en identificar una patología, sino que es “un estilo de vida” porque, al final, “estás tú para echarle un cable a una persona que está en un momento de máxima vulnerabilidad”.
Esa dimensión humana es, por lo tanto, la que considera que no debería perderse en una medicina cada vez más tecnológica. “Me doy cuenta de que mucha gente intenta relativizar el ejercer como médico, pero a mí me gusta seguir a la persona. Creo que es algo maravilloso de nuestro trabajo que la IA nunca va a llegar a sustituir”, afirma.
Salir de la zona de confort
Es en ese momento, entre microorganismos, hospitales, guardias, investigación y viajes, donde aparece la razón última por la que eligió una profesión que ahora la obliga a buscar un lugar donde ejercerla. “Salir de nuestra zona de confort nos cuesta a todos y puede dar miedo, pero para mí es emocionante. Es darte cuenta de que siempre hay otro límite al que no has llegado todavía”, reflexiona.
Quizás esa es la mejor forma de entender su trayectoria porque, según admite, “cuando sales y experimentas otras opciones, te das cuenta de que el mundo es enorme y que las opciones son 10.000”. En este sentido, agrega que “si hay una opción que no encaja contigo, no tienes por qué obligarte a encajar, ya que habrá otras que no conoces, pero sí existen”.
En su caso, no sabe cuándo volverá a Zaragoza ni tampoco en qué país ejercerá dentro de cinco años. Sin embargo, sí tiene claro que quiere que todo lo aprendido durante estos años termine regresando con ella.
“Me gustaría volver. No sé cuándo, si voy a volver de aquí a un año, de cinco o de diez, pero sé que voy a volver. Y llevaré todo lo que he ido aprendiendo por el camino”, concluye.
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