De Zaragoza al desierto marroquí: dos ingenieros aragoneses convierten un rally en proyecto solidario
Dos ingenieros aragoneses, un coche de más de 20 años y 5.000 kilómetros por el desierto del Sáhara con una brújula y un mapa de papel. El viaje de Daniel Zueco y Javier Sauras no solo terminó cruzando la meta del Uniraid en Marruecos, sino también con la instalación de una bomba de agua potable en un oasis del sur del país y con el Premio al Proyecto Solidario 2026, entregado el pasado 13 de febrero en Marrakech.
El reconocimiento distingue tanto la vertiente deportiva como el impacto social de una iniciativa que nació casi de forma natural. Ambos se conocieron estudiando Ingeniería Mecánica en la Universidad de Zaragoza y, años después, ya trabajando y con mayor estabilidad, decidieron embarcarse juntos en una aventura que llevaban tiempo imaginando.
“En ese momento no teníamos los recursos para hacer una aventura de este tipo, pero ahora más adelante, que ya trabajamos los dos y seguimos siendo muy amigos, nos hemos embarcado en ello”, explica Javier Sauras.
Un rally con brújula y compromiso
Uniraid es un rally raid dirigido a jóvenes y universitarios que se celebra cada año en Marruecos. Más de 150 coches, todos con más de 15 años de antigüedad, recorren durante una semana el desierto siguiendo antiguas rutas del París-Dakar. No hay GPS, sino que la orientación depende únicamente del papel y la brújula. Además, tal y como comparten ambos, las averías y la pérdida de rumbo forman parte de la experiencia.
Pero la prueba incorpora además una exigencia solidaria, ya que cada equipo debe entregar al menos 40 kilos de material o desarrollar un proyecto social en las comunidades por las que pasa.
“La mayor parte de la gente lleva material escolar, ropa o bicicletas, que son aportaciones muy interesantes”, señala Sauras, pero “como nosotros sentíamos que teníamos esa capacidad de darle un valor añadido, tanto por nuestros conocimientos como por los contactos y las empresas, consideramos que era un poco nuestra obligación aportar ese extra”.
Ese “extra” llegó en forma de bombas de agua. Una de las empresas patrocinadoras, ARPA, donde trabaja Sauras, donó tres bombas. No hubo tiempo para instalar todas, pero sí una de ellas, junto con cableado y material eléctrico.
“Nuestro proyecto solidario fue montar una bomba de agua en un pueblo pequeñito que estaba en medio de un oasis en el desierto marroquí, junto a Argelia, que se llamaba Oufous”, explica Daniel Zueco, quien recuerda que, hasta entonces, “tenían que sacar el agua con un cubo y una cuerda todos los días” mientras que ahora, con un simple interruptor, consiguen que salga agua.
Un pozo a diez metros y una tarde sin luz
La instalación se realizó en el oasis de Aofous, en la provincia de Errachidia. El pozo tenía unos diez metros de profundidad, justo en el límite de capacidad de la bomba, que podía trabajar hasta once.
“El mayor desafío técnico no era tanto bajar la bomba o el cableado, sino conectarlo al sistema ya existente, que era lo que desconocíamos”, explica Sauras, quien añade que también tenían dudas sobre “si la profundidad del agua era suficiente y si el caudal sería el adecuado”.
Zueco añade como obstáculo el tiempo: “No teníamos mucho y se nos hizo de noche. Nos tenían que alumbrar ellos con las linternas. Les dijimos que nos gustaba la música árabe y nos la ponían mientras trabajábamos. Lo montamos en una tarde y lo dejamos instalado y funcionando”.
Para ambos, uno de los puntos más importantes fue la colaboración con la población local, quienes mostraron “mucha hospitalidad y amabilidad”. “Después de montar esto nos invitaron a té y a dátiles, a lo poco que tenían”, sostiene Sauras, a lo que Zueco añade que “son súper agradecidos” y les ofrecieron “todo lo que tenían a su alcance” pese a no saber árabe ni ellos español.
Ambos subrayan que no llegaron a “salvar” a nadie porque, según Sauras, “si hubiéramos dejado la bomba ahí, ellos la habrían montado igual”. Al mismo tiempo, subraya que “son perfectamente capaces de salvarse a sí mismos porque a veces no es que no sepan, sino que no tienen medios”.
Las mujeres y el agua
En el pozo, quienes extraían el agua eran principalmente mujeres. “Las vimos cómo sacaban los cubos”, recuerda Sauras, quien asegura que son ellas las mayores beneficiadas. “Es curioso que luego, cuando lo celebramos, estábamos solo con hombres. Siempre me daba curiosidad pensar cómo sería la primera vez que fueran a hacer ese trabajo y vieran que ya no tenían que hacerlo”, destaca.
A su vez, Zueco añade que “son supermujeres” porque “hacen todas las tareas que se les pongan por delante”.
Además, para ambos, ver esa realidad en primera persona cambia la percepción. “Te ayuda a valorar el milagro de abrir un grifo y que haya agua en cantidad y en calidad suficiente”, señala Sauras, quien indica que “cada una de esas cosas es un milagro en sí mismo”.
Un Opel Astra y 5.000 kilómetros
La aventura comenzó con un Opel Astra G de 2002 que tenía Daniel Zueco y que planeaba cambiarlo. “Dije: ¿por qué no le damos un last dance al coche, un último baile?”, recuerda.
Durante meses lo prepararon los fines de semana, ya que elevaron la suspensión, instalaron un cubrecárter, cambiaron filtros, radiador y juntas, revisaron pérdidas de aceite y adaptaron el interior para transportar comida, tienda de campaña, herramientas y material solidario. “Compaginarlo con el trabajo fue un reto, pero nunca hubo tensión entre nosotros”, dice Sauras.
En el desierto, recorrieron entre 2.000 y 2.500 kilómetros en condiciones extremas, ya que, tal y como explica Zueco, cruzaron el Atlas con nieve y soportaron temperaturas de 30 grados en las dunas, con noches frías. Hubo reventones de ruedas y ajustes mecánicos, pero nada que les obligara a abandonar.
“Yo quería irme con la luz de avería motor apagada, pero nos fuimos con ella encendida por la EGR”, admite Zueco, aunque “luego el coche se portó fantásticamente”. La ironía llegó al regreso, ya que el alternador falló a la altura de Despeñaperros y el Astra terminó en grúa hasta Zaragoza.
Ingeniería y compromiso
El premio recibido en Marrakech no formaba parte del plan. “En ningún caso teníamos la idea de ganar ningún premio, ni siquiera sabíamos que existía esa categoría”, asegura Sauras porque lo ideal es “enfocarse en el fin en sí mismo, disfrutar de hacer el proyecto y de mejorar la vida de la gente”.
No obstante, ambos creen que la ingeniería necesita reforzar su dimensión social porque, en palabras de Sauras, “existe cierto divorcio entre la parte técnica y el impacto en las personas, y es un gravísimo error”. “Todo lo que hace un ingeniero es para servir a la humanidad”, admite.
Sobre esta idea, Zueco introduce un matiz: “Hace falta ingeniería con compromiso social, pero también hay que enseñar a pescar y no dar los peces. Acostumbrar a una población a que le den material solidario no es lo mejor. Hay que apostar por la educación y por que el propio país tenga cada vez más ingenieros para hacer estas obras”.
Los dos coinciden en que experiencias así deberían tener más espacio en la formación universitaria. “Hay asignaturas que podrían ser sustituidas por un viaje como este”, sostiene Zueco, ya que “no es lo mismo vivirlo que estudiarlo en un libro”.
Tras el premio, el Opel Astra espera reparación y descanso. “Lo primero es recuperar el tiempo con familia y amigos”, dice Sauras, aunque la pregunta ya está sobre la mesa. “Después de esta experiencia, lo primero que te viene a la cabeza es cuándo es el próximo”, admite Zueco, quien remarca que, aunque a veces parezca que no, “con un coche sencillo se pueden hacer muchas más cosas de las que creemos”.