La fiesta florecida de Natalia Chueca
El día 21 de mayo dio comienzo una nueva edición de 'Zaragoza florece', un muestrario de aderezos jardineros, ristras de pétalos y capullos que desde 2021 colorean el parque Labordeta para lucro del gremio, admiración de lilas y estornudo de alérgicos. 'Zaragoza florece' no es sino una actualización de la centenaria 'Fiesta de Primavera'.
1911 ¡Qué comience la Fiesta!
En ciudades como Barcelona o San Sebastián era ya muy conocida y la capital aragonesa no quiso ser menos: “Si Zaragoza quiere tener fiestas de primavera, las tendrá” (Diario de Avisos de Zaragoza, 31 de marzo de 1911). La cabezonería a veces da frutos y entre el 15 y el 23 de abril de aquel año la ciudad disfrutó de su primer sarao primaveral, con fuegos artificiales, baile popular en las plazas de Lanuza y de la Magdalena y hasta ejercicios de aviación en el aeródromo de Valdespartera.
La propuesta de organización partía de asociaciones culturales y corporaciones patronales, por lo que será habitual en años posteriores un tira y afloja con el Consistorio para municipaliza la fiesta de forma regular: “Al comercio le conviene mucho que haya dos periodos de grandes fiestas” (Diario de Avisos de Zaragoza, 21 de abril de 1914). En 1912 fue el Sindicato de Iniciativas de Aragón (SIPA) el que financió un programa magro, pero voluntarioso.
La ciudad volvería a engalanarse con apoyo municipal en mayo de 1918 –con la actuación estelar de una ascensión en globo desde el cabezo de Buena Vista—y 1919, primer año con cabalgata en el paseo de Pamplona: una carroza del gremio de bares “representando una jarra de cerveza” despertó admiración, y la sed suponemos, del vecindario. Ni 'Los Simpson' expresarían mejor a qué intereses respondían las fiestas.
Un negocio que no beneficiaba a todos
Pese al empeño empresarial, las décadas siguientes demostraron la dejadez del Ayuntamiento. El programa de 1920 se pergeñó “en cuatro días y sin grandes recursos pecuniarios” (Crónica de Aragón, 14 de mayo de 1920). Al año siguiente, la prensa sentenció que “las fiestas de mayo han muerto, para no resucitar nunca tal vez” (Heraldo de Aragón, 8 de mayo de 1921). En efecto, entre 1922 y 1929 no se organizaron festivales.
Quizá hubo, no obstante, cierta precipitación al firmar el acta de defunción porque entre 1930 y 1933 tuvieron lugar ininterrumpidamente. Una copla de 'Mefisto' en Heraldo acertaba a reflejar el propósito de la fiesta, pero también el crispado momento social: “Es con barracas y puestos / de mercancía barata / ir despertando pretextos / para que corra la plata (…) Hacer fiestas hoy en día / es buscar trabajo / a jornal fijo o destajo / y que vaya algún dinero / en estos tiempos crueles / al personal jornalero” (28 de abril).
En efecto, los propios programas de actos de aquel periodo reflejaban una divergencia de clases cada vez más aguda. Es la razón por la que las fiestas no tuvieron lugar ni en 1934, con una Zaragoza paralizada por la exitosa huelga general de 35 días, ni en 1936. Una viñeta de Teixi en prensa proclamaba las tareas prioritarias para el Ayuntamiento aquel fatídico año: reformar las márgenes del Ebro, levantar casas baratas y levantar una estación central de autobuses… Inversiones pública para satisfacer las verdaderas necesidades de la ciudad y generar empleo.
El turismo es un gran invento
No sería hasta 1962 que el Ayuntamiento decide recuperar la 'Fiesta de Primavera'. Aquel primer año de la nueva etapa, la Comisión de festejos ofreció a quienes pudieran pagarlo toros en la Misericordia y ópera en el teatro Principal. A partir de 1964 la parrilla de eventos se iría ampliando, logrando dar continuidad a una festividad que se prolongaría hasta la década de los ochenta.
El año en que el franquismo celebró sus 25 años de dictadura, paisanos y foranos pudieron disfrutar de jotas, más toros, demostraciones deportivas, rally de autos en el actual parque Labordeta, verbena en el barrio de la Almozara y hasta de una representación de “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, para estupor de Camisas Viejas y opusinos.
La Zaragoza “desarrollista” se unía así “a la gran oferta turística que España brinda, bajo la protección de la Virgen del Pilar” (programa de fiestas de 1965). Y es que el Cabildo Metropolitano de Zaragoza siempre vio con buenos ojos aprovechar las peregrinaciones por la 'Coronación de la Virgen' para exprimir el negocio de la “Pilarica”.
Un jolgorio marchito
Con pocas variaciones, las 'Fiestas de Primavera' fueron sucediéndose de forma lánguida con sus reinas, damas de honor, “señoritas que ofrecían flores” (1971), plantación de arbolitos y concursos de gastronomía (1974), todavía sin “Food Trucks” ni hamburguesas en el menú.
Uno de los actos más habituales era el desfile del 'Coso Blanco' que tenía lugar en el paseo de Pamplona y concluía con una tronada de fuegos de artificio. Por el circuito urbano deambulaban las hijas de la burguesía en carrozas patrocinadas por la conocida caja de ahorros de algunos aragoneses. Por allí se dejaban ver también los militares gringos de la base aérea, siempre atentos a garantizar la guerra entre pueblos y la paz entre clases.
A mediados de los setenta era notorio el agotamiento de un evento escasamente popular. Un artículo aparecido en Aragón Expres lo definía como “un alarde de programa y de ambiente festivo que no responde a la realidad (…) presentando actos oficiales de gala, precios prohibitivos como una pequeña parte de un festejo general que no existe por ningún lado” (31 de mayo de 1974). En 1980 el nuevo concejal Luis García Nieto manifestaba su intención de acabar con una fiesta clasista, apostando por “festejos por los barrios en espacios abiertos en las que los vecinos puedan participar” (Aragón Expres, 22 de febrero 1980).
Más de cuarenta años después, nos traen de nuevo un festival que dudo logre “cambiar la percepción de la ciudad”, como proclama el Ayuntamiento. Si acaso, eso sí, sirva para actualizar el Instagram de su alcaldesa.