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Agnès Marquès

Agnès Marquès (Barcelona, 1979). Periodista. Actualmente directora y presentadora del programa informativo nocturno de Rac1. Cada día a las 20:30, en el "No ho sé". Más, aquí: @marquesagnes y aquí: @nohoserac1 

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Lo que se ignora

No es fácil escribir sobre lo que ha pasado en Catalunya y especialmente en Barcelona en los últimos días. El impacto de la sentencia del procés se trenza con la conmoción por el centro de la ciudad en llamas, con la incomprensión de algunas actuaciones policiales, con la indignidad de unos dirigentes a los que el electoralismo les ha quitado honestidad. Durante la semana de la sentencia falló todo. La propia sentencia, que condena a Catalunya a sobrevivirse política y socialmente con nueve encarcelados, veremos si durante una década realmente. Falló la violencia callejera y falló la policía bajo presión. Hay que enmarcar las cargas como estrategia en un enfrentamiento, pero no hay que asimilar el uso de la fuerza no legítimo y no reglamentado. Ese uso de la fuerza no legítimo se convierte también en violencia, y esa violencia también hay que condenarla. Falló la clase dirigente, la catalana y la española. Una por ausente y equilibrista, la otra por electoralista, ambas atizando los sentimientos, ambas ignorando una parte de la población. No es fácil ni sencillo escribir sobre lo que ha pasado y pasa en Catalunya. Reina el desamparo.

El historiador británico Niall Fergusson considera que hemos superado la democracia y que estamos instalados en la 'emocracia': el gobierno, el sistema, de las emociones. Es una idea que me fascina. La referencia es de un libro acabado de publicar y que parece caído del cielo estos días: 'Gestionar las emociones políticas', del consultor Antoni Gutiérrez-Rubí, publicado por Gedisa Editorial. Se lo recomiendo para antes del 10 de noviembre. Seamos conscientes de cómo nuestra clase dirigente se ha empapado de la emoción y cómo ésta ya es un elemento central de la comunicación política.

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La verdad es tan rara

"La verdad es tan rara, es encantador contarla". Leer a la poeta norteamericana Emily Dickinson es ver el mundo con luz clara, ilumina hasta aquello que no se ve. Como la verdad. Es rara y se esconde al final de un pozo largo lleno de matices, pistas trampa y sectarismo. Por ello la relación del periodismo con la verdad es rara también, tirando a compleja. En los tiempos de la postverdad, la verdad ha dejado de tener un puesto principal. El rumor, la filtración interesada, el sectarismo, la trinchera, los intereses evidentes y también los ocultos ensanchan cada vez más la distancia entre el periodismo y la verdad. La verdad debería ser prioritaria, pero ha perdido fuelle y capacidad de atractivo por las prisas y los odios de nuestro tiempo. Se elevan a la categoría de verdad verdades parciales, especialmente cuando estas vienen a confirmar fobias y filias del emisor.

Por poner un ejemplo: ha pasado, está pasando aún, en las horas posteriores a la detención de los nueve independentistas catalanes, siete de los cuales duermen desde hace más de una semana en la prisión de Soto del Real. Sobre la causa, secreto de sumario, aunque eso no está evitando las filtraciones. Antes incluso de las filtraciones muchos ya habían optado por difundir un relato elevado a categoría de verdad.

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Lo que somos

Tantas vueltas le damos a nuestra existencia, tantas preguntas nos hacemos, quiénes somos y qué hemos venido a hacer a este mundo, y a veces uno encuentra la respuesta en un cajón de casa o entre la ropa vieja olvidada en lo alto y fondo del armario esperando el día en que pase algo, una mudanza por ejemplo, que haga removerlo. Y así, haciendo bolsas para el contenedor de la ropa usada, de golpe me encuentro en una camiseta, la que llevaba el día que nos conocimos hace más de diez años y que tiene un agujerito en el extremo izquierdo, y en los zapatos italianos y un poco horteras que llevabas el día que te tropezaste justo cuando me decías que no lo dejáramos, que valía la pena intentarlo. El jersey que compré hace veinticinco años en Noruega, durante el crucero familiar a los fiordos y que me sigue yendo bien, ya debía haber crecido del todo. O he empezado a menguar, no sé. Ese traje anchote pasado de moda que llevas en la foto de Roma, de cuando aún no tenías canas. Y ese bol de terrazo que compré en Formentera para decorar otra casa y otra vida, cuando aún no existías, y que me tocó en el reparto de pedazos cuando el amor se rompió. Y ese cassete recopilatorio con la pegatina "verano del 98" escrita a mano que empieza con el Every breath you take de Police y que era toda una declaración de amor. Hoy sería casi un caso de acoso, por la letra, digo. Pero qué hago, ¿lo tiro?

El lápiz de Hello Kittie que le robé a mi hermana mayor no sé cuando (¡fui yo, hermana!) y que no sé cómo conservo dos siglos después en casa (¡lo tengo!), yo, que no he conseguido acabar un boli bic en la vida, que se pierden siempre los bolis bic, no es culpa mía.

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Tostada de aguacate. Like

Hace calor y aunque las ventanas están abiertas no pasa ni una gota de aire. Empieza julio ardiendo en las calles. Ya no hay colegios, solo el largo verano por delante. En el sofá hay una niña casi chica viendo la vida pasar a través del móvil. Con esa indiferencia natural de su edad parece escapar de una vida tediosa asomada a esa ventana indiscreta para la que no necesita ni esconderse ni unos binoculares como los de James Stewart en la película de Hitchcock. Puede mirar a placer las indiscreciones de los demás en las redes sociales: el baño en alta mar de Luis y el amigo desconocido que sale a su lado, el libro que está leyendo Carlota, las uñas postizas de su hermana en foto postureo Rosalía total, el desayuno de la madre de María, tostada de aguacate y té helado. Like. Llegará la madre del trabajo y lo primero que dirá, impotente, es ya basta de móvil, seguro que has estado todo el día ahí colgada, comentario al que le seguirá un no lejano y de oes largas y cansadas que suena a qué pesada con lo del móvil, no entiendes nada. Y tendrá razón: no entendemos nada y vamos a remolque. No sabemos en qué momento una tostada de aguacate se ha vuelto interesante (si interesa, es interesante?), no sabemos desde cuando le gusta a tanta gente ni qué tendrá la tostada para estar ahí colgada. Pero la colgamos y le damos al like.

En una conversación, el otro día David Trueba comentaba que las redes y en general la sociedad de consumo han convertido a la gente en importante, que han conseguido que nos sintamos importantes, porque el consumo nos pone en el centro. Y eso explica que cuando hay noticias de impacto, como por ejemplo el incendio de la catedral de Notre Dame, muchos corran a colgar la fotografía de aquellas vacaciones en París, como si al resto le importara algo. En realidad no importa nada, pero lo hacemos porque ahí está el mundo y allí nos ven los otros y allí podemos mostrarnos interesantes, porque ya sabemos que de casa al trabajo y del trabajo a casa hay pocos momentos para la épica. En cambio allí siempre hay sonrisas, allí hay color y vida, aunque no sabemos si inteligente. El filósofo Bernat Dedéu añadía a la conversación que esa vida virtual que tenemos en las redes han cambiado la percepción que tenemos de nosotros mismos. Criticamos que el poder promueva noticias falsas, como si no hubiera nada de falso en el postureo, los filtros y los diez minutos para encontrar el mejor encuadre.

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Bea y las otras 999 mujeres asesinadas

A Beatriz Arroyo, quizá Bea en cariñoso, le ha tocado redondear el terrible marcador de las mujeres asesinadas en España por la violencia machista. Son mil ya desde 2003, desde que el marcador de la violencia machista empezó su tenebrosa andadura. Y quiero llamarla Bea, sin su permiso allí donde esté, para acercarme a ella, para no verla como un número atroz, porque cada muerte no es una más, sino una menos. Un cuerpo menos respirando, una sonrisa menos, una expectativa menos, una ilusión menos. Un futuro menos. Una menos. Beatriz Arroyo, 29 años. Para mí, Bea. Una amiga de alguien, una hija de alguien, una vecina de alguien, una clienta de alguien, una pareja de un malnacido. Bea y las 999.

Voy a hacer demagogia. Sí, y muy a gusto además. Así, sin reparo, anunciándolo, sin cortarme: ETA mató en 60 años de historia 853 personas. ¡Y cómo las lloramos! Porque entonces cada uno de ellos era también uno menos. Nunca fueron un número. Siempre fueron lo que tienen que ser los muertos: personas arrebatadas de su historia. Como ellas, Bea y las otras 999 mujeres muertas. Pero la violencia machista no tiene una banda organizada detrás, con su estructura y sus jefes, con sus comunicados detrás de un pasamontañas, con su serpiente, con sus zulos, con sus pisos francos. Tampoco cuenta con fondos reservados ni con el CNI. Pero mata más que ETA.

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El fin de la soberbia

Que España es ingobernable sin tener en cuenta su plurinacionalidad y su diversidad es un hecho contrastado a lo largo de nuestra democracia. Ha vuelto a quedar en evidencia después de los resultados electorales del 28 de abril, con una Catalunya y un País Vasco pintadas de la victoria de los partidos nacionalistas e independentistas y con una derecha dividida y marginada a lo residual.

Son resultados históricos de los que deberán tomar buena nota aquellos que quieran ser un partido hegemónico en el conjunto de España. Ésta, sus gentes para ser más precisos, es más progre y tolerante de lo que demuestran las tres derechas, y Catalunya tiende a las posiciones dialogantes más de lo que se quiere hacer creer. Así ha sido a lo largo de la historia, así cabe entender la victoria de Esquerra en estas elecciones en Catalunya, que ha conseguido moderar su posición pese a la tormenta y las propias contradicciones, y convencer a los independentistas de que, si bien mantienen su objetivo, ese camino tendrá que andarse de otra manera a pesar del 1 de octubre. Y así cabe entender la temperatura del otoño del 2017, como un efecto rebote mal gestionado ante el inmovilismo sistemático y las porras del 1 de octubre.

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Una buena vida y un buen morir

"A mí lo que me rompe el corazón es ver que alguien se suicida porque va a ser desahuciado". La sentencia cae contundente en el estudio de radio. La dice Isabel Alonso, la presidenta en Catalunya de la Asociación por el Derecho a Decidir Dignamente (DMD), invitada para comentar en qué punto está una futura regulación de la eutanasia en España, a raíz de la terrible historia de Ángel y María José, la mujer que se ha suicidado con la ayuda de su marido después de sufrir lenta y dolorosamente el deterioro físico de la esclerosis múltiple. El planteamiento del DMD es radical, admite Isabel, y a mí me parece radicalmente clarividente en los días que corren.

Defienden que el derecho sobre la propia vida es exclusivo de quien la vive y que uno debe poder decidir cómo acabar este viaje, incluso aquellos que para hacerlo necesitan otras manos que las suyas. Es salvaje que uno, aún en forma, pueda tomar la decisión de morir libremente y que cuando te sientes incapacitado irreversiblemente y sin esperanza no te dejen hacerlo, que tengas que hacer incurrir a alguien en un delito cuando si pudieras acabarías de inmediato con tu vida. La decisión debe ser tan legítima y practicable estando bien o estando mal. Y me parece que tenemos derecho a que la muerte, que es vida, no sea un café malo después de una gran comida. Ese café malo que lo estropea todo. Y que de lo que los políticos deberían estar preocupados es de que todos tengamos vidas apetecibles y dignas que nos hagan querer la vida a rabiar. Nadie quiere irse cuando estamos bien.

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Desdomesticados

Como especie evolutiva que somos los de la raza humana, que no quiere decir que todos los humanos seamos moldeables, empáticos y resilientes, lamentablemente, todos los que por aquí tenemos una edad recordamos algunos de los castigos que se aplicaban en el colegio hace algunos años. Yo soy de la generación del cara a la pared y el copia mil veces no volveré a contestar mal. Y eso ya suponía una evolución interesante a los castigos que habían sufrido mis mayores, que siempre me explicaron aquello de juntar los dedos de la mano para recibir un reglazo, e incluso aquello tan vergonzante de las orejas de burro para quien no se sabía la lección. Por suerte, hemos evolucionado y en las escuelas de hoy se promueven prácticas que inculquen alguna cosa más que la vergüenza, el escarmiento o el dolor. Síntoma de que somos el mejor de los animales, aunque algunos se calcen las orejas de burro cada mañana, y sin darse cuenta.

La política de nuestros días parece estar haciendo una regresión a aquellos tiempos de la mano dura y el vas a aprender de golpe, y con ella también, arrastra, parte de la opinión pública. De todo lo que tienen las redes sociales, el uso doméstico de la tecnología, lo más malo es que nos acostumbra a la cadena impaciente del impacto-reacción. Todo lo queremos ya, sobre todo tenemos una opinión inmediata, y lo que es peor: muchos sienten la necesidad de compartirla para obtener un feedback igual de poco meditado para que en cinco minutos tengamos el ego empachado. Gustar es muy placentero, por algo somos animales sociales, pero en exceso le provoca diarrea al ego, que va abonando la intolerancia y la severidad. A más likes, más chulos nos ponemos, más perspectiva perdemos, se nos afilan los colmillos y nos sale ese pelaje negro de nuestros antepasados. Nos estamos desdomesticando, con permiso de la RAE. Volvemos al blanco o negro, que tanto nos recuerda a los tiempos del blanco y negro. Menos tolerantes, más severos. Y esa actitud la ha comprado buena parte de la política de hoy.

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El 8 de marzo, un nuevo 1 de mayo

Es el primer día que saco la cabeza por aquí así que ¡Hola! Toca presentarme. Os diré que soy una mujer periodista en esa edad media que hasta hace pocos años me hubiera convertido en una mujer madura y ahora, en cambio, me paseo por esa agradable orilla que es la juventud con experiencia. Esa edad en la que muchas mujeres decidimos dar un paso para el que nuestro cuerpo lleva algo más de veinte años preparado. El desajuste entre la preparación física para la maternidad y la vital, tanto en el sentido trascendente como en el práctico, debería ser un tema de preocupación de primer orden, quizá lo alcancen nuestros hijos cuando a nuestra edad tengan que cargar con sus padres octogenarios.

Casi con cuarenta y eso no me ahorró echar alguna lágrima al volver la esquina el primer día de guardería. La maternidad tardía acentúa la aceleración del tiempo que se construye en ir dando espacio a los hijos hasta que llegue el momento en que les pediremos que, por favor, se pasen un rato por casa. ¡Tanto que hemos esperado a encontrar el momento para ser madres y, de golpe, el tiempo empieza a fundirse!

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