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Agnès Marquès

Agnès Marquès (Barcelona, 1979). Periodista. Actualmente directora y presentadora del programa informativo nocturno de Rac1. Cada día a las 20:30, en el "No ho sé". Más, aquí: @marquesagnes y aquí: @nohoserac1 

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Una buena vida y un buen morir

"A mí lo que me rompe el corazón es ver que alguien se suicida porque va a ser desahuciado". La sentencia cae contundente en el estudio de radio. La dice Isabel Alonso, la presidenta en Catalunya de la Asociación por el Derecho a Decidir Dignamente (DMD), invitada para comentar en qué punto está una futura regulación de la eutanasia en España, a raíz de la terrible historia de Ángel y María José, la mujer que se ha suicidado con la ayuda de su marido después de sufrir lenta y dolorosamente el deterioro físico de la esclerosis múltiple. El planteamiento del DMD es radical, admite Isabel, y a mí me parece radicalmente clarividente en los días que corren.

Defienden que el derecho sobre la propia vida es exclusivo de quien la vive y que uno debe poder decidir cómo acabar este viaje, incluso aquellos que para hacerlo necesitan otras manos que las suyas. Es salvaje que uno, aún en forma, pueda tomar la decisión de morir libremente y que cuando te sientes incapacitado irreversiblemente y sin esperanza no te dejen hacerlo, que tengas que hacer incurrir a alguien en un delito cuando si pudieras acabarías de inmediato con tu vida. La decisión debe ser tan legítima y practicable estando bien o estando mal. Y me parece que tenemos derecho a que la muerte, que es vida, no sea un café malo después de una gran comida. Ese café malo que lo estropea todo. Y que de lo que los políticos deberían estar preocupados es de que todos tengamos vidas apetecibles y dignas que nos hagan querer la vida a rabiar. Nadie quiere irse cuando estamos bien.

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Desdomesticados

Como especie evolutiva que somos los de la raza humana, que no quiere decir que todos los humanos seamos moldeables, empáticos y resilientes, lamentablemente, todos los que por aquí tenemos una edad recordamos algunos de los castigos que se aplicaban en el colegio hace algunos años. Yo soy de la generación del cara a la pared y el copia mil veces no volveré a contestar mal. Y eso ya suponía una evolución interesante a los castigos que habían sufrido mis mayores, que siempre me explicaron aquello de juntar los dedos de la mano para recibir un reglazo, e incluso aquello tan vergonzante de las orejas de burro para quien no se sabía la lección. Por suerte, hemos evolucionado y en las escuelas de hoy se promueven prácticas que inculquen alguna cosa más que la vergüenza, el escarmiento o el dolor. Síntoma de que somos el mejor de los animales, aunque algunos se calcen las orejas de burro cada mañana, y sin darse cuenta.

La política de nuestros días parece estar haciendo una regresión a aquellos tiempos de la mano dura y el vas a aprender de golpe, y con ella también, arrastra, parte de la opinión pública. De todo lo que tienen las redes sociales, el uso doméstico de la tecnología, lo más malo es que nos acostumbra a la cadena impaciente del impacto-reacción. Todo lo queremos ya, sobre todo tenemos una opinión inmediata, y lo que es peor: muchos sienten la necesidad de compartirla para obtener un feedback igual de poco meditado para que en cinco minutos tengamos el ego empachado. Gustar es muy placentero, por algo somos animales sociales, pero en exceso le provoca diarrea al ego, que va abonando la intolerancia y la severidad. A más likes, más chulos nos ponemos, más perspectiva perdemos, se nos afilan los colmillos y nos sale ese pelaje negro de nuestros antepasados. Nos estamos desdomesticando, con permiso de la RAE. Volvemos al blanco o negro, que tanto nos recuerda a los tiempos del blanco y negro. Menos tolerantes, más severos. Y esa actitud la ha comprado buena parte de la política de hoy.

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El 8 de marzo, un nuevo 1 de mayo

Es el primer día que saco la cabeza por aquí así que ¡Hola! Toca presentarme. Os diré que soy una mujer periodista en esa edad media que hasta hace pocos años me hubiera convertido en una mujer madura y ahora, en cambio, me paseo por esa agradable orilla que es la juventud con experiencia. Esa edad en la que muchas mujeres decidimos dar un paso para el que nuestro cuerpo lleva algo más de veinte años preparado. El desajuste entre la preparación física para la maternidad y la vital, tanto en el sentido trascendente como en el práctico, debería ser un tema de preocupación de primer orden, quizá lo alcancen nuestros hijos cuando a nuestra edad tengan que cargar con sus padres octogenarios.

Casi con cuarenta y eso no me ahorró echar alguna lágrima al volver la esquina el primer día de guardería. La maternidad tardía acentúa la aceleración del tiempo que se construye en ir dando espacio a los hijos hasta que llegue el momento en que les pediremos que, por favor, se pasen un rato por casa. ¡Tanto que hemos esperado a encontrar el momento para ser madres y, de golpe, el tiempo empieza a fundirse!

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