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Alberto Arce

Periodista.

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A los migrantes no los matan los desiertos

Esta semana una joven indígena guatemalteca recibió un tiro en la cabeza de un guardia fronterizo en Río Bravo, Texas. Tenía 20 años. Sucedió pocos días después de que Trump dijera en público que no son personas, que son animales. Los migrantes. Algunos migrantes. Señala a un grupo, lo aísla y manipula, lo priva de su humanidad. De vidas, motivos, contexto e historia. Trump habla, otros actúan. Agentes de fronteras en Montana pidiendo documentación a ciudadanos estadounidenses por hablar español. Policías en Detroit bajando de trenes a militares por su nombre y aspecto latino. Racistas gritando en supermercados y cafés a quienes oyen hablar otro idioma o visten diferente. Luego disparos. Muerte.

Palabra de Trump. Un riesgo. Que los exabruptos, poco más que el estribillo pegadizo de una canción mucho más larga, oculten la gravedad real, atemporal, transversal y permanente de los hechos. Que normalicen una política migratoria estable, institucionalizada, antigua. De estado. Sostenida por ambos partidos. Que aplicaron los Clinton y los Bush, también Obama: La necropolítica del desierto.

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“Si en África se dice mi nombre, que alguien responda que me conoció"

Era 1927 y Zora Neale Hurston supo desde el primer día que estaba inmersa en una etnografía, esa versión ralentizada, pacífica e intencionada del reporterismo, cuando viajaba a entrevistarse con Kossula, un anciano reticente, muy herido y de memoria compleja que había vivido la peor de las historias y ya estaba cansado de hablar. Para labrarse su confianza, Hurston tendría que superar barreras y llegar a un acuerdo con él sobre el sentido de conversaciones que se prolongarían durante largos meses.

El mundo editorial y la academia tampoco se lo pondrían fácil. Era mujer. Era afroamericana. Había escrito ficción. A los 35 años había logrado una beca para estudiar antropología en una escuela vinculada a la Universidad de Columbia y pocos meses antes de licenciarse, en la Nueva York de 1927, había convencido a uno de los fundadores de la antropología norteamericana, Frank Boass para que le encargara su primer viaje a Alabama. Su primer acercamiento a esa tarea de recolección de cultura popular negra del sur de Estados Unidos por la que ha pasado definitivamente a la historia. Después de empatizar con Kossula y convencer a Frank Boass, le tocaba lograr el apoyo de Charlotte Osgood, la mecenas que financió sus viajes y escritura hasta 1931, para que creyera en su proyecto y defendiera, además, su intención de no modificarlo. Aún cuando ambas fueran conscientes de que pagarían su coherencia con el vacío y un silencio de décadas.

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¿Por qué San Agustín no bajó a protestar contra el Gobierno de Venezuela?

Emilio Mújica se apoya en la barandilla de un mirador que dominaría el paisaje desde lo alto de la parroquia de San Agustín hacia el norte de Caracas si no fuera porque dos inmensas moles de cemento trancan el horizonte. Son los edificios de Parque Central. Símbolos, para él, de época y modelo. Del país y el petróleo de antes.

-  Fíjate. Nos separaron de la ciudad, ni muro de Trump ni coños. Mira esa muralla.

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A la búsqueda de pañales en Venezuela

El encuentro estuvo a punto de truncarse. La persona con la que nos habíamos citado avisó, preocupada por las consecuencias de hablar con un periodista, a la colectiva (la mujer que coordina el colectivo en su barrio de Caracas).

Puso una condición, aceptada. Exigió estar presente en la conversación sobre cómo ella, la madre, se las apaña para que su hijo de dos meses pase limpio el mayor tiempo posible. El barrio está bajo control real del Gobierno, como casi todos. En equilibrio, aún, gracias a una política social que genera una mezcla compleja de agradecimiento, interés y miedo: una relación condicionada que se basa en un tipo de apoyo a cambio de otro tipo de apoyo. 

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"Hay personas en Venezuela que no han aceptado aún la victoria original del chavismo en 1999"

Socorro Hernández, discreta en sus modos, centrada, articulada, firme, es cara amable del chavismo y hace unos días fue protagonista involuntaria de un vídeo que dio la vuelta al mundo.

Aguantó, incólume, que varias mujeres le gritaran de todo mientras hacía la compra sola, en su supermercado de siempre, que se negó a abandonar mientras trataba de argumentar con quienes la insultaban, al que no piensa dejar de ir y en defensa del cual intervino para oponerse a algunos miembros del Gobierno que pensaban que debían cerrarlo en represalia por lo sucedido. Claro que no, dice. Es su supermercado de siempre y va a seguir siéndolo. Ellos no tienen la culpa de lo que algunos clientes decidan hacer.

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¿Leen los constituyentes venezolanos los textos que aclaman?

Julio Chávez termina su arenga en pie, levantando y bajando el brazo a ritmo, coordinando sus subidas y bajadas con las palabras que pronuncia, índice recto y apuntando al cielo. Es uno de los constituyentes recién elegidos en Venezuela y es el tercer representante que habla del mismo tema. Para decir exactamente lo mismo que los anteriores, lo mismo que los siguientes. Con mínimas variaciones en las palabras usadas, con la misma exaltación.

Surge una duda al verlo y escucharlo: ¿Se pone en pie para dejarse ver con mayor facilidad o porque necesita espacio para mover los brazos con esa intensidad? La verdad, están bien apretados los constituyentes, sentados en sillas, sin espacio suficiente.

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Así es hoy la Caracas de los trancones y las barricadas

Frente a la Asamblea Nacional, en el bullicioso centro histórico, un puñado de chavistas y mucha policía, de uniforme y de civil. Los civiles son jóvenes, fuertes, de pelo corto y riñonera para llevar el arma. De los que se pegan a escuchar las conversaciones callejeras de quien se detiene a mirar. Sin ningún pudor y en actitud intimidatoria. Dentro del edificio celebran sesión los constituyentistas, como los llaman aquí, los miembros de la Asamblea Constituyente, que llegan al edificio en autobuses públicos y protegidos por la policía.

Un cordón humano –con megafonía ensartando canción en memoria del comandante tras canción en memoria del comandante, y a volumen distorsionado– baila, aparentemente feliz, apostado en las esquinas del edificio. Encargado de que a ningún diputado opositor se le ocurra entrar, al menos hoy, al edificio del Parlamento. Trancando al legislativo, dejando claro que no será agradable la escena si los diputados intentan acceder a su puesto de trabajo.

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Un día en el mercado negro de Caracas

A sus 41 años, Ramón Niño es uno de esos hombres fuertes, elegantes e hiperactivos, vocales, extrovertidos, articulados que viven al teléfono y hablan rápido y alto. Que navegan por cualquier tormenta y resuelven. Es maestro de obra y está comenzando la reforma de una vivienda en un barrio de clase media del oeste de Caracas. Hoy necesita al menos 40 sacos de cemento. Se pone el casco, se arma de paciencia y sale en moto a buscarlo.

Se detiene en un almacén que ya conoce. Ni se baja de la moto para preguntar.

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La Venezuela de las dos asambleas, los dos fiscales y los dos tribunales supremos sigue adelante

Venezuela es, por si aún cabían dudas, un país con dos parlamentos que, por ahora –hoy, no se sabe mañana– van a seguir existiendo en paralelo.

El primero, por antigüedad, es la Asamblea Legislativa, elegida en 2015 en elecciones predeterminadas dentro del ciclo constitucional, reconocidas como limpias, controlada por la oposición, reconocida internacionalmente y cuyas decisiones no se aplican. De hecho, los magistrados para el Tribunal Superior de Justicia que nombró están refugiados en la embajada de Chile. Aunque el término utilizado en este país de matices tan complejos sea el de “huéspedes”.

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"A Caracas le hace falta un descanso emocional"

La Caracas de la Asamblea Constituyente amanece tranquila. Aunque sea en falso. Este domingo, que un exmilitar  ha tratado de tomar un cuartel para detonar una rebelión militar masiva, la calma es tan evidente en el este opositor de la ciudad como el fracaso del excapitán Guaripano y sus partidarios.

Cuando comienza el fin de semana, Caracas se manifiesta como una ciudad disminuida que se relaja, pierde la tensión. Se pone a la espera. El viernes, mientras se instalaba la Asamblea Constituyente venezolana, a un par de kilómetros, en un teatro en los bajos del inmenso bloque de cemento del Parque Central, Franklin Zambrano cumplía uno de sus sueños: grabar un disco acústico. Suavizar, de alguna manera, el rock duro que toca hace más de dos décadas. Una intención acorde, en lo musical, con lo que siente sobre su ciudad.

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