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Alberto Arce

Periodista.

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Alaska, esa aldea gala donde 45 años de mandato republicano ininterrumpido sobreviven al exceso y la prepotencia

Si las elecciones intermedias en Estados Unidos pudieran reducirse a una imagen que represente los dos países que conviven −cada vez más polarizados − bajo la misma bandera, sería la de un apretón de manos.

En Anchorage, la capital económica de Alaska, a mediados de octubre y tras debatir durante algo más de una hora sobre los problemas del estado, Alyse Galvin, del Partido Demócrata, una mujer de 53 años, reconocida por su activismo en defensa de la educación pública y sin carrera política previa, cerró su carpeta de notas y le tendió la mano a su rival, el impetuoso e incombustible Don Young, un republicano de 85 años que ocupa el único escaño por Alaska en el Congreso desde 1973.

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¿Podemos reinterpretar el derecho de asilo para proteger a las personas que huyen de Centroamérica?

En Centroamérica, México y Estados Unidos hay decenas de miles de desplazados y refugiados que huyen de las pandillas centroamericanas. De sus policías y ejércitos. De un enfrentamiento entre estados y sociedades -empobrecidas y abandonadas a su suerte- que arroja índices de homicidios, desapariciones, extorsiones, violaciones, pobreza, hambre, desempleo y corrupción equivalentes a los de países en guerra abierta. Lo dice cada año el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

Pero olvidemos la guerra como argumento. Pocos, desde la política, quieren aceptar esa guerra más allá de ocasionales declaraciones estridentes. “Estamos en guerra”, dicen algunos. Contra el narcotráfico, contra el crimen organizado, contra las pandillas, o contra todos a la vez. Para pedir dinero a la comunidad internacional. Dinero con el que financiar fuerzas de seguridad que, por su comportamiento, muy cuestionado, no están sirviendo para mucho mas que ahondar y retroalimentar el conflicto.

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No es una caravana migrante. Es una caravana refugiada

La caravana de centroamericanos, sobre todo hondureños y hondureñas, ancianos, familias, niños, que circula entre Guatemala y México en dirección a Estados Unidos no es una caravana migrante.

Es una caravana refugiada. 

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La ciudad más contaminada de Estados Unidos ha decidido seguir siéndolo

Un sábado lluvioso de septiembre, un hombre solo quemaba madera frente a la puerta de un hotel en Fairbanks, Alaska. No lo hacía  para calentarse. Esperaba a su público, que participaba en una reunión organizada por la alcaldía sobre la contaminación del aire en la ciudad  más contaminada de Estados Unidos.

Cuando llegó la hora de la pausa café un grupo de personas salió a observar la demostración. Bajo un toldo que las protegía de la lluvia, el hombre había instalado dos estufas. Una con madera seca, rápida, efectiva y sin apenas humo. La otra, con madera húmeda, lenta y coronada por una llamativa columna de humo blanco. Varios vecinos asentían en la distancia con ese rigor de carácter tan propio de los habitantes de Alaska. Nadie dudaba de la explicación. Sus caras, impasibles ante lo que ya sabían. La madera seca, la que no contamina, cortada hace un par de años y curtida por el clima, puede triplicar el precio de la fresca que, sin secar, sale gratis. Uno sale al bosque, la corta y se la lleva. La quema y se calienta. Pero contamina mucho.

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Permafrost: el suelo que baila y suda gases de efecto invernadero

Circular en coche por Fairbanks, Alaska, es desplazarse sobre una alfombra arrugada. Subirse a un carrusel. Sentir vértigo al volar sobre el desnivel que irrumpe en la recta. Agarrarse al volante para mantener el equilibro y no perder el control del vehículo.

Las carreteras, rodeadas de árboles borrachos. Caídos. Con las raíces intactas, pero muertos. El mismo gigante que azota la tela de asfalto los succionó y colocó junto a postes de luz torcidos e inseguros. A punto de caerse. Entre lagos ya congelados a comienzos de octubre y moteados por burbujas de metano. 

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Octubre cálido en Alaska

Solemos identificar la línea del frente con la trinchera y la trinchera con el lugar en el que te disparan. El puesto más  avanzado. Ayer después de una clase sobre indicadores de cambio climático en el Ártico, una nube oscura, casi negra, detenida sobre el campus desde primera hora de la mañana, comenzó a lanzar un esbozo de aguanieve.

Por un momento, sonreí. Por fin, me dije. Es septiembre, camino por el Campus de la Universidad de Alaska en Fairbanks y tiene que empezar a nevar en cualquier momento. Pero no, no pasó. La nube descargó apenas unos minutos y volvió a salir el sol. 

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Kiribati, el atolón que se ahoga

Anote Tong es experto en metáforas animales. Dice que si los kiribatianos pudieran acelerar su evolución y lograran adaptarse a respirar por branquias antes de que termine el siglo, cuando el mar inunde su país, al menos tendrían una oportunidad de sobrevivir. Nadando.

Y protesta.

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A los migrantes no los matan los desiertos

Esta semana una joven indígena guatemalteca recibió un tiro en la cabeza de un guardia fronterizo en Río Bravo, Texas. Tenía 20 años. Sucedió pocos días después de que Trump dijera en público que no son personas, que son animales. Los migrantes. Algunos migrantes. Señala a un grupo, lo aísla y manipula, lo priva de su humanidad. De vidas, motivos, contexto e historia. Trump habla, otros actúan. Agentes de fronteras en Montana pidiendo documentación a ciudadanos estadounidenses por hablar español. Policías en Detroit bajando de trenes a militares por su nombre y aspecto latino. Racistas gritando en supermercados y cafés a quienes oyen hablar otro idioma o visten diferente. Luego disparos. Muerte.

Palabra de Trump. Un riesgo. Que los exabruptos, poco más que el estribillo pegadizo de una canción mucho más larga, oculten la gravedad real, atemporal, transversal y permanente de los hechos. Que normalicen una política migratoria estable, institucionalizada, antigua. De estado. Sostenida por ambos partidos. Que aplicaron los Clinton y los Bush, también Obama: La necropolítica del desierto.

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“Si en África se dice mi nombre, que alguien responda que me conoció"

Era 1927 y Zora Neale Hurston supo desde el primer día que estaba inmersa en una etnografía, esa versión ralentizada, pacífica e intencionada del reporterismo, cuando viajaba a entrevistarse con Kossula, un anciano reticente, muy herido y de memoria compleja que había vivido la peor de las historias y ya estaba cansado de hablar. Para labrarse su confianza, Hurston tendría que superar barreras y llegar a un acuerdo con él sobre el sentido de conversaciones que se prolongarían durante largos meses.

El mundo editorial y la academia tampoco se lo pondrían fácil. Era mujer. Era afroamericana. Había escrito ficción. A los 35 años había logrado una beca para estudiar antropología en una escuela vinculada a la Universidad de Columbia y pocos meses antes de licenciarse, en la Nueva York de 1927, había convencido a uno de los fundadores de la antropología norteamericana, Frank Boass para que le encargara su primer viaje a Alabama. Su primer acercamiento a esa tarea de recolección de cultura popular negra del sur de Estados Unidos por la que ha pasado definitivamente a la historia. Después de empatizar con Kossula y convencer a Frank Boass, le tocaba lograr el apoyo de Charlotte Osgood, la mecenas que financió sus viajes y escritura hasta 1931, para que creyera en su proyecto y defendiera, además, su intención de no modificarlo. Aún cuando ambas fueran conscientes de que pagarían su coherencia con el vacío y un silencio de décadas.

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¿Por qué San Agustín no bajó a protestar contra el Gobierno de Venezuela?

Emilio Mújica se apoya en la barandilla de un mirador que dominaría el paisaje desde lo alto de la parroquia de San Agustín hacia el norte de Caracas si no fuera porque dos inmensas moles de cemento trancan el horizonte. Son los edificios de Parque Central. Símbolos, para él, de época y modelo. Del país y el petróleo de antes.

-  Fíjate. Nos separaron de la ciudad, ni muro de Trump ni coños. Mira esa muralla.

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