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Alberto Arce

Periodista.

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El regreso de los hijos de la guerra

Regresaron obligados a La Playa. Pero frente a la orilla, nunca hubo mar. Volvieron a sus casas, al sector junto a la rivera del río Gualsinga. Eran los hermanos mayores de dos familias vecinas. Nacidos durante la guerra de El Salvador, la paz les había obligado a migrar.

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La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: "Te lo prometo, ya no voy a volver a este país"

El abogado argumenta sin mucho éxito que su defendida ya aprendió la lección. Esgrime que lleva detenida cuatro meses. Un castigo demasiado largo por cruzar sin permiso una frontera. El magistrado interrumpe al abogado y pregunta:

—Señorita Domingo, con respecto a este caso, ¿desea decir algo? 

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Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras

—¿Torcido?

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Esposadas a la Mara Salvatrucha

Agarrada a la reja, con sus uñas de brillantina por delante, Hera esquiva a las mujeres que están en el suelo de la celda. Se acerca a decir que su hijo está en casa con su esposo. Está acusada de colaborar con pandilleros y, asegura, es inocente. Dice que no es más que una buena vecina que saluda a todo el mundo en su colonia y por eso la han detenido.

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Incriminada por su novio pandillero

El asesino dijo que el muerto, antes de muerto, estaba muy borracho.

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Ellas quieren ser Mortal: la sumisión de las niñas pandilleras

Dos niñas miran una piscina sin gente. Están en una parte de la ciudad que no conocen. Impacientes, sueltan las bolsas de plástico que contienen su ropa seca sobre una hamaca de rayas amarillas y blancas. Acaloradas por el abusivo sol de las dos de la tarde en San Pedro Sula, saltan sobre el suelo ardiente.

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Toda Nicaragua es una inmensa casa

“Ya ves, viajero, está su puerta abierta, todo el país es una inmensa casa. No, no te equivocaste de aeropuerto: entra nomás, estás en Nicaragua.”

Julio Cortázar, 1980. 

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Nicaragua vive en un estado de excepción que nadie ha declarado

Estos días son confusos, vertiginosos y frustrantes. De portazos y patadas a la esperanza del puñado, ya muy reducido, de opositores que continúa tratando de trabajar en Managua. Uno hace una entrevista en la mañana y a media tarde, antes de que caiga el sol, el gobierno ha respondido a lo que planteaba la entrevistada. Como si hubiera estado escuchando las preguntas al aire de sus opositores, el guión estuviera escrito con tinta de plomo y solo se tratase de ir leyendo líneas para responder.

Vilma Núñez llega dos horas tarde a la reunión que ella misma ha convocado para media mañana. Sofocada, ágil y lúcida, cargando con más de medio siglo de militancia en la defensa de los derechos humanos a las espaldas, la directora del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, recientemente cerrado por Decreto Legislativo y acusado, entre otros delitos, de terrorismo y odio, circula por Managua con prisas, acompañada de una asistente, reuniéndose en oficinas prestadas y dando fe de dos derrotas: la suya, en tanto defensora de la ley y la de Nicaragua, que no es Estado de Derecho.

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Nicaragua: dos países que no se tocan mas que cuando se matan

Managua es una ciudad dolida. Atravesada por el resentimiento, el rencor y el miedo. Una ciudad de policías vigilantes en rotondas y esquinas y manifestantes progubernamentales, prepotentes y felices, anclados a sus banderas sandinistas y a los semáforos. Es también una sociedad silenciada, con medios de comunicación clausurados y rodeados por una policía y una milicia civil omnipresente –los motorizados- que tratan de imponer bocas cerradas a base de una presencia que no puede ser sino amenazadora, oscura, dictatorial.

Ese resentimiento, rencor, miedo y silencio grises, sucios y cargados que sobrevuelan Managua al terminar el año de las protestas más intensas y dramáticas que ha vivido el país desde la guerra revolucionaria y su continuación anti-imperialista se sienta a la mesa en la actitud de Ángel G, un joven de 26 años que camina por el mercado cargado con un mazo de tarjetas de recargas de celular. No ha participado nunca en una marcha ni en un tranque. Tampoco se ha metido en política.

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"Llamamos al pueblo de Nicaragua a que no se autocensure"

La tarde del lunes, abriéndose paso entre el ruido ensordecedor de la Panamericana norte, un enjambre de periscopes transmitiendo en vivo y una unidad de antimotines preparada para irrumpir a golpes en cuanto recibiera la orden, una pareja cogida de la mano enfrentó su miedo, miró hacia delante sin titubear y avanzó hasta la puerta de los juzgados centrales de Managua. En apenas unos metros, rodeados de la docena de periodistas independientes que siguen trabajando en la capital de Nicaragua, su entereza los transformó en espejo.

Con palabras firmes y voz templada, transmitiendo un ejemplo de compromiso con el país y el estado de derecho, le rebotaron al régimen del Comandante Daniel Ortega y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, una imagen distorsionada y grotesca. La de una revolución sandinista convertida en remedo mediocre de la dictadura a la que derrocó. En reino de la arbitrariedad de una familia que pisotea las mismas leyes de las que dota a un país convertido ya en su finca.

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