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Alexis Ravelo

Escritor.

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Qué alivio lo de Bob Dylan

Qué alivio lo del Nobel de Literatura para Bob Dylan, qué fácil será todo ahora. Vale: como casi siempre te han cogido con la guardia baja. Tú estabas desempolvando ese borrador de artículo que escribiste hace ya tiempo sobre tu adorado Murakami (Haruki, al Ryu ese ya no lo lee nadie), preparando algo sobre Phillip Roth, o, a todas malas, intentando enterarte de quién carajo eran Ngugi Wa Thiong’o, Ismael Kadaré o el tal Adonis, por si los de la Academia te hacían lo de otros años y te ponían a escarbar en Wikipedia para escribir una cosa que quedara bien sin que se te notara demasiado que no los conocías ni de nombre antes de estar en la quiniela anual. Esta vez sí que puedes hablar libremente, escribir tu articulico, dar declaraciones al periodista de turno (ese que te tiene en su agenda para llamarte cada vez que se muere alguien de quien no ha preparado obituario), poner comentarios en las redes sociales y hasta parecer democrático, moderno y progresista, porque Dylan es de los que se mojaban cuando había que mojarse, cuando tú aún ibas al cole y ni siquiera sabías que existía, cuando el cura progre de tu parroquia dejaba que los catequistas amenizaran la misa con aquella versión del Blowing in the Wind. Quizá esa fue la primera vez que oíste la melodía, que no la letra, de una de sus canciones. ¿Recuerdas? Además, el tipo se puso como apellido artístico el nombre de no sé qué poeta y así la cosa suena más a poesía. Lo cierto es que eres incapaz de recordar más de cinco canciones de Bob Dylan sin acudir a internet y que en tu casa es posible que no haya más de un disco (si hay al menos uno) de los suyos, pero, si haces memoria, conoces la mentada Blowing in the Wind (ha salido en muchos documentales, aunque sea un poco mónotona), Knocking on Heavens Door (qué chula aquella versión de Guns and Roses), Mr. Tambourine Man (había una peli en la que Michelle Pfeiffer la usaba para civilizar a unos jóvenes sociópatas) y, cómo no, Like a Rolling Stone, aparte de The Times They Are A Changin', ideal para finalizar tu comentario o tu artículo de opinión.

De cualquier manera, esta vez también te han hecho una pequeña faena, porque en estas ocasiones no basta con que digas que no te disgusta, hay que haber sentido a-do-ra-ción, tener al individuo como icono, haberlo seguido desde siempre. Y a ti, Dylan, recónocelo, ni fu ni fa y el gangoseo con el que canta pone a prueba tu inglés de academia Stillitron. Ya se lo podían haber dado a Silvio Rodríguez, a Sabina o al Nano, que los tienes más fresquitos y encima cantan en cristiano. Pero, a fin de cuentas, no es lo mismo que cuando se lo dieron a Alice Munro (a quien solo había leído la madre de tu mujer en un club de lectura), a Le Clézio (mencionado una vez por ese amigo solterón que siempre te encuentras en la mesa del fondo de la librería, donde están las rarezas), a Mo Yan (que te sonaba poco) o a Thomas Tranströmer (que no te sonaba nada, porque, total, no pensabas que se lo fueran a dar a un sueco y tú, suecos, un par de novelistas de policíaca y para de contar).

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El libro, por un día

El libro. Ah, el libro. Llega el 23 de abril y el libro, por una vez sale a la calle, se visibiliza, es respetado, se habla bien de él. Hay que fomentarlo, divulgarlo, exhibirlo. Esa actividad normalmente individual, íntima, casi secreta, de la lectura, se hace, por una vez, pública, colectiva. Se exponen manualidades en las que Don Quijote, Sancho y Dulcinea sustituyen en la entrada al empleado de la empresa de seguridad subcontratada en institutos, bibliotecas y museos. Informativos que de ordinario prefieren rellenar sus huecos libres con vídeos de Youtube sobre accidentes y perritos conmovedores, o con reportajes sobre el calor o el frío que hace, se dignan a dedicar totales de un par de minutos a Cervantes. Centros comerciales que exponen los libros mucho peor que los perfumes ponen en estos días mesas de saldo que sirven para vaciar su fondo de almacén. Maestros y profesores de instituto piden a los escritores locales que den una charla sobre la importancia de la lectura a un alumnado que ni les ha leído ni les leerá. Autoras y autores asisten a dar conferencias gratuitas a foros públicos gestionados por productores de eventos, intermediarios ineptos que sí cobran. Políticos de todos los colores y sabores se apresuran a hacerse fotos con libreros, escolares o académicos en puestos callejeros o en aulas magnas, dando discursos sobre la importancia de la lectura, esa que no tienen en cuenta casi nunca al elaborar los presupuestos generales de las instituciones que gobiernan.

Por supuesto, está bien que se celebre el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor. Tú, que lees y eres persona generosa, sabes que el libro no da la felicidad (la ignorancia es más útil cuando uno lo que quiere es ser feliz), pero hace a las personas más libres, y por eso siempre te prestas a colaborar con esas actividades de promoción y visibilización, a alegrarte públicamente de ellas, a celebrarlas. Pero tú, precisamente tú, que lees todo el año, que todo el año fomentas la lectura entre quienes tienes alrededor (y la actividad del fomento de la lectura es tan sutil que, simplemente, llevando en la guagua un libro y no un móvil ya estás contribuyendo a ella), que frecuentas las librerías y las bibliotecas, sientes siempre que ahí, al fondo, persiste ineluctablemente un dejo de impostura, algo de ceremonia formal en torno a una faceta de la cultura que, en realidad, nos importa mucho a muy pocos y casi nada a la mayoría. Sabes que ese político que acaba de abandonar la feria con un libro debajo del brazo no ha leído nunca al escritor con el que se acaba de sacar la foto y jamás ha pisado ni pisará la librería cuyo stand ha visitado. Sabes que esa reportera que ha hecho el reportaje con el actor de cuarta disfrazado de Cervantes está tan interesada en El Quijote como en la vida sexual del escarabajo pelotero.

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El experto

El experto es un librepensador, opina con independencia. Curioso es, por tanto, que su criterio coincida con tanta frecuencia con los intereses de los políticamente poderosos y de las empresas, más poderosas aun, del IBEX 35. O, más bien, de sus filiales locales, porque, sabido es, el experto es siempre de provincias. Le hubiera encantado ser un experto de capital del reino, pero allá triunfaron siempre otros, más cualificados o con mejores contactos. A estos, el experto los sigue con respeto y algo de envidia cuando escriben sus editoriales (mucho más influyentes que la columna de opinión que él mantiene en el periódico de su ciudad) o dan gritos en los debates de los medios generalistas (incomparablemente más espectaculares que esas tertulias de radio local a las que él acude sin cobrar).

El experto está formado e informado, por supuesto. Él mismo fue rojo un día muy lejano, cuando era más joven y romántico. Aunque quizá no fue rojo del todo. Quizá morado o rosáceo. En todo caso, leyó a Marx. Tres o cuatro páginas. Pero al final, Fukuyama tiene los pies más en la tierra, es más realista, no tiene nada que ver. Y los trajes de buen corte son mejores que los pantalones vaqueros, que oprimen y recalientan las gónadas (el experto es casi siempre hombre, vaya usted a saber por qué). Tiene siempre una ristra interminable de estadísticas, de cálculos del PIB, de índices de afiliados a la seguridad social. Siempre son grandes cifras que se refieren a grandes hechos, tomados de forma global. No le interesa saber cuánto empleo precario, cuántos hogares con la nevera vacía, cuántas humillaciones han de sufrir algunas personas (siempre minorías, siempre excepciones a la regla) para llegar a fin de mes. No le interesa, salvo cuando, claro está, ni sus propios datos consiguen ocultarlo. Entonces suele haber una explicación en la conducta previa de las propias víctimas, o una explicación global que suele remitir, en último término, a una coyuntura, una situación o un contexto económicos que hacen las veces de mano de Dios en su mundo de macrocifras cuyas fuentes jamás están acreditadas.

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El fútbol es así

Los he visto insultarse, escupirse, amenazarse, mentarse a la madre, mostrarse los genitales en actitud de gallito. Los he visto darse patadas, cabezazos, codazos, puñetazos, cachetadas. Alguna vez, como animales, hasta se han mordido entre sí. Los he visto presumir de poder facturar millones sin haber estudiado, mostrar con arrogancia su automóvil deportivo o las mujeres —para ellos,solo hembras— de belleza igualmente perecedera que la suya a quienes portan del brazo como si fuesen trofeos, y no avergonzarse de gastar más en videojuegos que en libros mientras su éxito comienza a extinguirse al mismo ritmo que su juventud,  a la vez que firman autógrafos a niños para quienes son ídolos y que lo ven todo. Todo.

A sus jefes, esos del traje y el puro y los negocios sospechosos, los he oído hablar de defensa de colores, de queridas aficiones —que es como ellos se refieren a quienes proporcionan a sus empresas defraudadoras muchas de sus plusvalías, en un acto idiota de ingenua defensa de un clan para el que únicamente son basura—, de citas con sus semejantes —ellos los llaman rivales— que son siempre victorias potencialmente decisivas, importantísimas, imprescindibles.

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Una novela perversa

La balear editorial Dolmen edita Idyll, la nueva novela de Elio Quiroga, director de Fotos, Nodo y La hora fría y autor de varios otros libros, entre los que yo destacaría El despertar, divertidísima novela sobre zombis, cargada de humor negro, ironía y ácida crítica a la sociedad actual, publica.

Con Idyll, Quiroga da otra vuelta de tuerca, cabalgando entre la ciencia ficción, la distopía, el thriller y el gore. No escribiré ni una sola palabra sobre el argumento de esta novela, porque no deseo destripar a nadie su lectura. Pero necesito expresar (y acaso sea este el sitio adecuado), algunas impresiones sobre ella. Desmedido, sin respetar absolutamente ninguno de los ítems del correctismo, Quiroga se ha permitido construir una historia de suspense (ambientada por motivos argumentales en Estados Unidos) que comienza de un modo engañosamente convencional y, poco a poco, sumerge al lector en los sótanos de la pesadilla. Violando las convenciones de los géneros populares juveniles actuales (aquí las estudiantes son toxicómanas y sexualmente activas, y si intentas atarlas con un candado te darán con él en los morros), lleva hasta las últimas consecuencias la dinámica de interacciones de sus personajes, así como las premisas narrativas de las que parte. Cruel, incompasivo, desenreda a lo largo de sus 428 páginas un desfile de iniquidad, una kermés de la perversión que nos obliga a mirarnos a nosotros mismos (como individuos y como sociedad) en el espejo de la anormalidad. Porque la literatura, aunque sea amena, no puede ser únicamente divertimento, Idyll, como los Cantos de Maldoror, los cuentos de Ambrosse W. Bierce o algunas novelas de los contemporáneos Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis, hace surgir la lucidez de lo desagradable, del horror más carnal y la escatología más tormentosa, y hace que aquella se despliegue como una luz sobre el mundo, mostrándonos lo que hay bajo lo que nos cuentan la ideología y los tertulianos partidarios del darwinismo social travestidos de pragmáticos.

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El año en que quise ser B. Traven o cómo nació M. A. West

Esto es una confesión. Y una explicación. Pero uno nunca puede explicar rápidamente por qué hace ciertas cosas. Para hacerlo de forma eficaz, debe escarbar en la memoria y el pasado. Por eso, quizá, habrá que empezar por el principio.

Hace más de veinte años, un buen amigo y yo entrevistamos para una revista literaria a una escritora mexicana de origen libanés. Cuando se habló de las etiquetas a las que estrategias promocionales y casillas académicas condenan a los autores, nos dijo: “La etiqueta ‘mexicana’, la etiqueta ‘mujer’, la etiqueta ‘joven’… Me cansa todo eso, yo querría ser B. Traven”.

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El otro lado de la línea

En los últimos días uno no ha dejado de escuchar argumentos pintorescos para justificar la imposición de la continuidad en el trono de la dinastía borbónica. De entre ellos, hay uno (escuchado tanto de boca de políticos como de tertulianos profesionales) que me resulta particularmente irritante. Podría enunciarse así: como la Constitución, emanada del pueblo, dicta que la sucesión en el trono se decidirá por Ley Orgánica, votada en el Parlamento por partidos votados por el pueblo, todo aquel que cuestione la sucesión por medio de este procedimiento, es enemigo de la democracia.

Esta idea es, cuando menos, paradójica, pues quienes cuestionan ese procedimiento proponen en su mayoría, como alternativa, la celebración de un referéndum en el que los gobernados expresen directa y claramente, si están de acuerdo con ese sistema. Pero cualquiera que entienda la definición de diccionario del término "democracia", sabe que un referéndum es la más democrática de las formas de abordar cualquier asunto crucial para la convivencia. Por consiguiente, quienes defienden que la imposición de la sucesión por una Ley Orgánica redactada a toda carrera definen como antidemocráticos a quienes proponen que el asunto se dirima mediante un procedimiento que cualquier persona con sentido común denominaría muchísimo más democrático.

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Contar el mundo

Gabriel García Márquez murió en Jueves Santo. Aunque se temía desde hacía días, la noticia nos sorprendió a mi pareja y a mí en un hotel rural, apartados del mundo y del ordenador. Fue una amiga quien nos telefoneó para darnos la noticia. Hoy es domingo y la noticia ya no es noticia. Por eso, quizá, sea un buen día para reflexionar y escribir sobre García Márquez.

Cuando yo era adolescente, todos leían a García Márquez. Le habían concedido el Premio Nobel hacía pocos años y su fama, antes grande, se había convertido en universal, así que todo el mundo tenía en su casa un ejemplar de Cien años de soledad, de Crónica de una muerte anunciada, de La mala hora o Relato de un náufrago, había aprendido a decir Aracataca y cantaba Ojos de perro azul. Y quizá por eso, porque todo el mundo le leía y ser adolescente es leer en contra y ser también, por qué no, un poco pedante, tardé mucho en abrir un libro suyo. Finalmente lo hice a los 18 o 19 años. Fue una edición de Bruguera de El otoño del patriarca, que comenzaba:

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Imagina

Un pequeño ejercicio mental:

Imagina un país en el que cientos de miles de personas se dirigen a la capital reclamar sus derechos.

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Vindicación del editor

Hoy he vuelto a repasar un libro que siempre vale la pena releer: la Correspondencia, 1948–1986 entre Miguel Delibes y Josep Vergés.

Es un epistolario de 469 páginas entre el autor vallisoletano y el que fuera su editor en Destino durante muchos años, desde la concesión del Premio Nadal al primero en 1947 por La sombra del ciprés es alargada (fue así como se conocieron) hasta el fallecimiento del segundo. En esas cartas el lector asiste al desarrollo de una relación que comienza siendo estrictamente comercial y acaba convirtiéndose en algo realmente íntimo. Hay grandes o pequeñas disputas sobre liquidaciones, juegos de pruebas y oportunidad o no de editar un determinado título en una determinada fecha. Pero también la clara disposición de Vergés para apostar siempre por los títulos de un autor que él consideraba de valía, aunque con algunos de sus libros (la producción de Delibes fue siempre variada e incesante) pudiera, en ocasiones, salir perdiendo desde un punto de vista estrictamente económico.

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