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Antonia Díaz Rodríguez

Doctora en Economía por la Universidad de Minnesota y profesora titular en el Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid. Una gran parte de su investigación está dedicada a estudiar los determinantes de la desigualdad económica.

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Feminismo y liberalismo

Recientemente, en el debate público sobre feminismo se ha introducido, desde posturas autoproclamadas como liberales, el concepto de "feminismo liberal". Se aduce que el feminismo (a secas) pretende, en aras de la igualdad, restringir la libertad de decidir de las mujeres. Incluso llegan a decir que, al querer restringir la libertad de las mujeres, el feminismo yerra porque "sin libertad no hay igualdad". De esta manera, por ejemplo, quieren enmarcar el debate sobre la maternidad subrogada o la prostitución en el debate de "libertad para decidir". El feminismo, en cambio, niega que en la mayoría de esos casos exista libertad para decidir. Es más; el feminismo, en realidad, dice: "sin igualdad no hay libertad". La discrepancia entre "sin libertad no hay igualdad" (liberales) y "sin igualdad no hay libertad" (feminismo) depende de a qué llamamos libertad y a qué llamamos igualdad. Y la cuestión es que ambos conceptos (libertad e igualdad) son diferentes para el feminismo (a secas) y para el liberalismo.

El feminismo siempre ha desconfiado del liberalismo. Esta desconfianza es histórica y nace de la concepción de libertad individual que defiende el liberalismo, que se puede resumir en "que el Estado se pare a la puerta de mi casa (y de mi hacienda)". El liberalismo del siglo XIX pensaba que los derechos de las mujeres ya estaban asegurados a través de los de sus maridos y padres porque, a pesar de su defensa de la libertad y del individualismo, para los liberales la familia era (¿es?) un órgano monolítico. Es decir, la libertad que propugnaban era para los hombres. La ciudadanía era para los hombres. Ni libertad ni ciudadanía eran conceptos inclusivos: solo los hombres eran los ciudadanos libres. Esto ya lo sabían Olympe de Gouges cuando redactó la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana en 1791 y Mary Wollstonecraft cuando escribió la Vindicación de los derechos de la mujer en 1792. Dirán algunos que me remonto muy atrás. Baste recordar que las mujeres españolas pudieron votar en 1933 por primera vez (gracias a Clara Campoamor) y que las suizas tuvieron que esperar a ¡1971! para poder hacerlo. Para el liberalismo clásico las mujeres quedaban confinadas al ámbito doméstico; esfera en la cual el liberalismo siempre ha negado al Estado jurisdicción alguna. La esfera privada de la vida, según el liberalismo, es una cuestión prepolítica. Es decir, lo que sucede dentro de la familia queda fuera de la ley. Este pensamiento es netamente contrario al feminismo. ¿Por qué? Porque las desigualdades entre hombres y mujeres en la esfera pública se alimentan de las desigualdades dentro de la familia; es decir, en la esfera privada. Lo que el feminismo destaca y el liberalismo niega es que las estructuras tradicionales de organización de la familia son la base de las estructuras socioeconómicas que sostienen las desigualdades entre hombres y mujeres. Por eso el feminismo dice que la esfera privada no es tal, sino una parte más de la organización política de nuestra sociedad y, por eso, el Estado debe intervenir. Es decir, según el feminismo, el aserto "no hay igualdad sin libertad" es una falacia porque la igualdad es una condición necesaria para poder ejercer y practicar la libertad. Como decía Clara Campoamor "la libertad se aprende ejerciéndola" y para ejercerla, se necesita de la igualdad.

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El delicado equilibrio de una política sobre el alquiler

¿Por qué están subiendo tanto los precios de los alquileres? La Teoría Económica nos dice que porque aumenta la demanda o aumenta la concentración de la oferta. Ambas cosas están sucediendo en estos años: la Gran Recesión propició la concentración de la oferta de vivienda de alquiler en grandes empresas inmobiliarias y la salida de la crisis, combinada con un menor crédito para comprar, hace que aumente la demanda de alquiler. Una buena política de vivienda requiere, entre otras cosas, un esfuerzo concertado en aumentar la vivienda social para los segmentos de la población más desfavorecidos y una buena regulación del mercado de alquiler. Como siempre, diseñar una buena política no es tarea fácil pero el Real Decreto-ley 21/2018 iba en la buena dirección.

El Real Decreto-ley 21/2018 ha tenido una vida breve. Unidos Podemos votó en contra de su tramitación en el Congreso aduciendo que no incluía algunas de las medidas previamente pactadas con el Gobierno; en particular, no incorporaba ningún tope máximo sobre los precios de alquiler. Al no aprobar el Congreso el proyecto de ley, se ha revertido automáticamente a la ley del 2013 aprobada por el gobierno del PP. En esta nota quiero reflexionar sobre la política de control de precios, que se ha vuelto a poner sobre el tapete político tras varios años de crecimiento muy sustancial en los alquileres.

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Las consecuencias políticas de la desigualdad

Desde hace algunos años está creciendo el apoyo popular a partidos nacionalistas de inspiración fascista cuyo último objetivo es la destrucción del Estado de Derecho y el sistema de instituciones y relaciones internacionales existente desde la Segunda Guerra Mundial.

El último episodio, la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, es un paso más hacia la perversión y destrucción institucional. La desaparición de la base electoral de los partidos llamados tradicionales les está llevando al coqueteo con posturas contrarias al Estado de Derecho, cuando no a su franca asunción: me refiero, en concreto, a la xenofobia y el populismo. Los conservadores, cuyo electorado está votando masivamente a esos partidos protofascistas, van escorando a la xenofobia para retenerlo.

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