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Enrique Domínguez Uceta

Arquitecto.

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Los viajes de la marihuana

Una de las acepciones de la palabra viaje se refiere al "estado resultante de haberse administrado una droga alucinógena". Ese viaje que se realiza sin movimiento contradice la esencia misma de la acepción principal, "traslado que se hace de una parte a otra por aire, mar o tierra". La marihuana, además de haber propiciado numerosos viajes estáticos a sus consumidores, como especie botánica ha realizado un largo trayecto a través del espacio y del tiempo, desde su lejana aparición en Asia Central hasta formar parte de las sociedades contemporáneas occidentales. Una historia larga y compleja que se puede recorrer a través de culturas que ocupan paisajes extremos.

Hay acuerdo sobre la domesticación de la planta del cannabis en el centro del continente asiático hace unos 14.000 años, en la Edad de Piedra, en el entorno del sur de Mongolia, en las tierras duras que se extienden entre los desiertos de Gobi y de Taklamakán y los Himalayas, en un espacio donde coinciden Kazajistán y Tayikistán, con Afganistán al oeste y la región china de Sinkiang al este. La planta del cáñamo se empleaba en origen para fabricar cuerdas y tejidos, aunque es poco probable que sus propiedades medicinales pasaran desapercibidas. El consumo en busca de sus efectos psicoactivos está acreditado al menos desde hace cinco mil años. El cáñamo pronto se extendió por las rutas comerciales de Asia Central y, hace cuatro mil años, se asomaba a las costas del Mar de Japón por el este, y a Oriente Medio en el oeste.

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Un símbolo en llamas

Como todos los elementos que reúnen un abanico tan amplio de significados, la destrucción física de la iglesia de Notre-Dame, parcial o total, solo puede ser el principio de una nueva interpretación y recuperación de sus valores profundos y cabe aprovechar la ocasión para reflexionar sobre la importancia del patrimonio, todo aquello que al desaparecer nos hace sentir la pérdida de algo extraordinariamente valioso e irrepetible.

El fuego que devora Notre-Dame parece pertenecer al mundo medieval de terribles enfrentamientos entre el bien y el mal, representados en los cuadros que llenan nuestros museos, donde las llamas simbolizaban al infierno y el cielo era pintado con luminosas nubes que portaban el agua capaz de apagar los mayores incendios. Cuando se quema una catedral como la de la capital francesa no podemos evitar un escalofrío por la coherencia de la dramática imagen del voraz incendio con el origen medieval del templo, comenzado a levantar en el siglo XII, hacia 1163, y la manera en que es destruido por un elemento tan primario y terrible contra el que todavía resulta tan difícil luchar.

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