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Francisco Boya

Secretario Federal para zonas de Montaña del PSOE

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En el límite de la ciudad

Hace cerca de cincuenta años, Serrat decía en ‘Pueblo blanco’: “Escapad gente tierna; que esta tierra está enferma; y no esperes del mañana; lo que no se os dio ayer”. Hoy, aún resuena su eco y España se enfrenta al reto de revertir la despoblación con una nueva gestión del medio rural. La España vacía relatada por Sergio del Molino se ha hecho presente en nuestros debates como uno de los problemas capitales que afronta el país. Y por si la literatura no fuera suficiente, cada verano los pavorosos incendios como el del Algarve; el incendio ateniense con 80 muertos; o los pavorosos incendios en California se nos presentan como pesadillas de fuego que nos alertan sobre nuestra relación con la ruralidad y sus consecuencias en la evolución del planeta y su habitabilidad.

El debate es un debate esquivo, tal vez porque el lenguaje juega un papel decisivo y resulta difícil establecer claramente los términos del concepto ruralidad y su significado. Siempre hemos interiorizado la ruralidad siguiendo una concepción del siglo XIX, como un espacio referido al campo y con vocación agrarista. Y siguiendo este criterio nuestras instituciones siempre han vinculado las políticas del mundo rural como un anexo de las políticas agrarias. Y eso, si acaso, tuvo sentido cuando ese espacio rural sustentaba el 50% del empleo y del PIB nacional vinculado a la actividad agrícola. Hoy la aportación al producto interior bruto es del 2,3%  y el empleo del  4,2%. Por tanto, aunque la agricultura sigue siendo un sector altamente estratégico, su peso en términos de empleo y aportación al PIB ha disminuido drásticamente y ha hecho de la ruralidad un espacio mucho más complejo y diverso.

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