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Francisco Boya

Secretario Federal para zonas de Montaña del PSOE

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Solo podremos ganar la batalla a la despoblación y el cambio climático gestionando nuestros bosques

En la reciente reunión con representantes de la sociedad civil con Pedro Sánchez recalcamos la estrecha relación de los espacios forestales con el reto demográfico de la España interior. Los terrenos forestales suponen más de la mitad de nuestro país y están ubicados en las zonas menos accesibles y más montañosas, especialmente en fuertes pendientes, suelos más pobres, lugares más fríos o secos, en definitiva, todo aquello que no sirve para agricultura. Precisamente son estas las zonas con mayores problemas de despoblación.

Todos los veranos la sociedad expresa su angustia por los incendios forestales reto ante el que nos hemos limitado a responder mediante un operativo de extinción altamente efectivo pero muy costoso, incapaz como toda respuesta sintomática de abordar las causas subyacentes que se resumen en el abandono de los montes por falta de gestión y desafección humana lo que comporta el abandono de usos y costumbres, la merma drástico de la cabaña ganadera extensiva, el uso de leñas para calefacción, el mantenimiento de caminos y la permanente vigilancia que los habitantes ejercen sobre los espacios que habitan.

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Hola, soy de pueblo

El pasado día 19 tuvimos oportunidad de participar en el II foro de Pueblos en Movimiento, que tiene su epicentro en la Serranía de Ronda y que amenaza con convertirse en un auténtico movimiento sísmico en favor de una nueva ruralidad incipiente, pero que quiere tener su lugar en el siglo XXI.

Decía Felip d'Aner, un diputado del Valle de Aran en las Cortes de Cádiz, en el debate del artículo 310 de la Constitución de 1812, cuando abordaban el ordenamiento territorial de España, en referencia a la ordenación del mapa municipal: “Se trata de dar gobierno a los pueblos y que estos tengan todos los remedios en sí mismos para poder tener una verdadera dirección. Esta no puede haberla si no hay ayuntamientos; luego debe haberlos en todos para su felicidad”.

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En el límite de la ciudad

Hace cerca de cincuenta años, Serrat decía en ‘Pueblo blanco’: “Escapad gente tierna; que esta tierra está enferma; y no esperes del mañana; lo que no se os dio ayer”. Hoy, aún resuena su eco y España se enfrenta al reto de revertir la despoblación con una nueva gestión del medio rural. La España vacía relatada por Sergio del Molino se ha hecho presente en nuestros debates como uno de los problemas capitales que afronta el país. Y por si la literatura no fuera suficiente, cada verano los pavorosos incendios como el del Algarve; el incendio ateniense con 80 muertos; o los pavorosos incendios en California se nos presentan como pesadillas de fuego que nos alertan sobre nuestra relación con la ruralidad y sus consecuencias en la evolución del planeta y su habitabilidad.

El debate es un debate esquivo, tal vez porque el lenguaje juega un papel decisivo y resulta difícil establecer claramente los términos del concepto ruralidad y su significado. Siempre hemos interiorizado la ruralidad siguiendo una concepción del siglo XIX, como un espacio referido al campo y con vocación agrarista. Y siguiendo este criterio nuestras instituciones siempre han vinculado las políticas del mundo rural como un anexo de las políticas agrarias. Y eso, si acaso, tuvo sentido cuando ese espacio rural sustentaba el 50% del empleo y del PIB nacional vinculado a la actividad agrícola. Hoy la aportación al producto interior bruto es del 2,3%  y el empleo del  4,2%. Por tanto, aunque la agricultura sigue siendo un sector altamente estratégico, su peso en términos de empleo y aportación al PIB ha disminuido drásticamente y ha hecho de la ruralidad un espacio mucho más complejo y diverso.

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