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Jesús González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 12

Después del 12 de octubre, de aquellos polvos estos lodos

Precisamente este año, era 12 de octubre cuando tomaba el avión de regreso a casa después de una estancia de trabajo de tres semanas en Centroamérica. Por eso, llegar y toparse con la resaca de la llamada “fiesta  nacional española” supone tener que tragarse algunos sapos en forma de declaraciones de la clase política más tradicional, conservadora o directamente derechista, además de etnocéntrica. Y después de lo vivido en estos días al otro lado del mar, uno tiene que hacer un auténtico acto de contención para no entrar en la descalificación burda, tal y como hace sin vergüenza alguna, una gran parte de ese sector político e ideológico. Aquellos que aún quieren y necesitan construir su patria sobre las cenizas de tantos y tantos pueblos.

Haber convivido esas semanas con poblaciones que luchan hoy en estados semicoloniales, cuando no directamente fallidos, como pueden ser Honduras o Guatemala. Aprender y compartir con comunidades que son criminalizadas por ejercer el derecho básico a la protesta social contra el modelo de desarrollo que el neoliberalismo, de la mano de oligarquías locales y transnacionales, trata de imponer es una lección de dignidad, pero también es muy irritante ser testigo de la violencia con la que ese modelo se impone.

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Restauración neoliberal en América Latina

Distintas corrientes de pensamiento político y los poderes mediáticos correspondientes nos hablan desde hace tiempo de que América Latina, después de dos décadas de gobiernos de izquierda y de su hipotético fracaso, asiste hoy a la restauración neoliberal como única alternativa viable. Sin embargo, es muy posible que el inicio de este proceso de restauración no sea resultado de estos últimos dos o tres años y fruto principalmente del agotamiento del modelo progresista, tal y como nos pretenden hacer creer.

La restauración neoliberal tiene sus raíces evidentes, por lo menos hace ya casi una década. Concretamente desde el golpe de estado en Honduras, en 2009. Aunque si fuéramos muy rigurosos, los primeros asaltos se producen en Venezuela con el fracasado golpe contra el presidente Hugo Chávez en 2002, el paro patronal petrolero y el boicot económico continuado. Es decir, los intentos de restauración neoliberal son casi paralelos a los primeros pasos de los gobiernos progresistas mostrando así un irrespeto absoluto a los propios procesos democráticos que estos sectores neoliberales y oligárquicos decían defender. Nunca aceptaron sus derrotas precisamente en aquel campo, el de la democracia representativa, que consideraban suyo. Las transiciones a la democracia al estilo español se habían convertido en la forma de gobierno idóneo para que todo quedara, en cierta forma, bajo el dominio de los mismos sectores oligárquicos que habían dominado la escena dictatorial, aunque ahora con una apariencia democrática; como se suele decir en el estado español, que “todo quedara atado y bien atado”.

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Nicaragua nos duele

Todos los análisis sobre lo que hoy ocurre en Nicaragua ponen la fecha del 18 de abril como la del inicio de las protestas. Es seguro que esto no es verdadero y que las contradicciones y tensiones se venían acumulando desde mucho antes, pero acordemos y mantengamos la fecha por tener una referencia temporal. Esta será para unos la fecha en la que el pueblo se cansó de medidas como las que la reforma del sistema de pensiones pretendía con la imposición de nuevas cotizaciones al mismo tiempo que reducía las prestaciones; unas medidas que ahondaban en detrimento de las condiciones de vida de las grandes mayorías del país. Por el contrario, para otros será la fecha en la que utilizando como excusa esas mismas medidas, se ponía en marcha un amplio plan orquestado por la derecha local e internacional y que, con el apoyo de los Estados Unidos, pretendería acabar con el gobierno encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Y esa disyuntiva en el calendario ha descolocado a las derechas e izquierdas del mundo. Las primeras con un interesado silencio respecto a lo que está ocurriendo realmente en ese país centroamericano. Interesado pero que no se acompaña de una acción contundente pues el neoliberalismo no sabe tampoco exactamente cómo colocarse ante esta situación. No hay un apoyo expreso, no hay páginas, portadas ni tiempos largos en las televisiones o radios. Nicaragua no es Venezuela, no tiene su importancia geoestratégica ni su riqueza en recursos naturales, por lo que parece que no hay tanto en juego. Pero, posiblemente, esa desubicación política responde más a que la derecha mediática y política no termina de entender lo que ocurre y no tienen un interlocutor claro y manipulable para hacerse cargo del gobierno en caso de que la pareja presidencial actual terminase retirándose del mismo. A ello se suma el hecho de que para la derecha económica transnacional Nicaragua tampoco supone hoy un espacio de especial interés.

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El derecho a morir de viejo en el territorio propio

Hace ya un tiempo, en una conversación con una vieja amiga y lideresa indígena en Colombia, ésta me decía que habría que empezar a reivindicar no solo el derecho a la vida digna, sino también el derecho a morir de viejo en el territorio propio. En ese momento, la frase pareció simplemente eso, un comentario ocurrente, pero sin mayor importancia en medio de la larga conversación que manteníamos. Hoy, pasado un tiempo, y pensando sobre diferentes noticias que en los últimos meses llenan portadas e informativos, esa reflexión vuelve con un sentido nuevo y me doy cuenta que quizás no sea la curiosidad que entonces pensé, que la carga de la misma es más profunda que eso que en aquel momento pareció tan inocente; hoy resulta que la frase está repleta de dura verdad aunque quizás no suficientemente entendida en su verdadera dimensión.

Posiblemente muchas personas, especialmente quienes, digámoslo así, tienen la vida resuelta, consideren que la frase en cuestión tiene un sobredimensionado dramatismo y la podrán entender como una exageración directamente pensada para llamar la atención cuando no hay motivos evidentes para ello. Pero seguro que a poco que nos paremos a pensar en ella, en un momento de tranquilidad y reflexión sincera, sentiremos la carga profunda que en este mundo encierra para cada vez más millones de personas.

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La Tierra sin Mal

Entre los pueblos tupí-guaraní, que se extienden por gran parte de América del Sur y principalmente en los estados de Bolivia, Brasil, Paraguay y Argentina, existe el mito de la Tierra sin Mal. Habla de un territorio que puede entenderse como del más allá, pero que también se puede encontrar en el más acá, en el tiempo y espacio físico de los vivos. Así, estos pueblos persiguen constantemente la búsqueda de esa tierra y el mito explica las constantes migraciones de éstos a lo largo de su historia.

Algunos pensarán inmediatamente que la Tierra sin Mal podría ser también el paraíso cristiano, pero como ya hemos dicho, entre los tupí-guaraní la creencia es que ese mundo también puede encontrarse en el tiempo de la vida y no solo después de la muerte. No es el premio a una existencia de sacrificio como enseña la doctrina cristiana, sino un futuro alcanzable y deseable para la sociedad actual.

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Desinformación, hegemonía y fascismo

Recurrentemente en los últimos años se ha escrito mucho sobre la pretendida sociedad de la información en la que vivimos. La extensión hacia los últimos rincones del planeta de internet y las redes sociales nos han llevado a esa percepción. La prensa tradicional escrita, radial o televisiva, aquella que en las últimas décadas nos proveía de la información necesaria para saber qué ocurría en nuestro mundo inmediato y en el más lejano, parece que se aboca a su desaparición o, en el mejor de los casos a su radical transformación. La modernidad informativa nos lleva a nuevas cotas donde ya no hace falta esperar a la mañana para comprar el periódico, o a los noticieros horarios para, bien en radio bien en televisión, tener cumplida información de los hechos más relevantes de la jornada. Ahora en cualquier momento podemos acceder a la prensa digital y a una multitud aplastante de datos sobre lo que ocurre en el mundo o sobre el más inimaginable abanico de temas relevantes o irrelevantes.

Por eso se afirma que vivimos en la sociedad de la información aunque, y a pesar de lo extraño que pueda parecer, quizás podamos convenir también que esa es una afirmación que contiene una paradoja evidente, pues tal cúmulo de información nos desinforma. Para sostener esta idea hay dos razones inmediatas que nos llevan a ello. De una parte, la gran abundancia de información que, en simple apariencia, nos asegura que la sociedad está necesariamente informada; de otra parte, la manipulación y concentración de la información que limita brutalmente las fuentes posibles que nos acercan esa información en términos de cierta objetividad y diversidad de puntos de vista.

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La crueldad profunda de la injusticia

Defender a quien defiende es una redundancia a la que hoy nos obliga el sistema. Y además, éste nos empuja a proclamar esa urgencia con claridad meridiana ya que los ataques contra quienes hoy defienden los derechos humanos se están convirtiendo en los últimos tiempos en una de las señas de identidad más vergonzosas del sistema mismo.

Defender a quienes defienden el derecho al libre tránsito de las personas para poder construirse un futuro de vida digna cuando ésta se les niega en sus lugares de origen a causa de guerras, miserias, hambre o explotación; defender a quienes defienden el derecho a cuidar, respetar y guardar sus territorios ante la voracidad extrema de mineras, forestales, hidroeléctricas o agroindustriales que solo buscan aumentar sus cuentas de beneficios mediante la esquilmación de la naturaleza. Defender a quienes defienden el derecho indiscutible de las mujeres a una vida sin violencias ni acosos y plena de derechos en equidad, traducido todo ello en la obligación de acabar con una sociedad machista y heteropatriarcal. Defender a quienes defienden hoy el derecho de los pueblos a definir su presente y su futuro en simple igualdad con otros pueblos; defender a quienes defienden el derecho a la libertad de expresión ya sea en el arte, la literatura o la música. Sin duda, como decía una vieja canción, malos tiempos para la lírica cuando hoy llegamos al nivel de tener que proclamar la defensa no solo de los derechos humanos, sino también de quienes defienden su cumplimiento y ejercicio.

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Falsos principios del neoliberalismo

Pretendemos reflexionar hoy sobre algunas de las ideas fundamentales que el neoliberalismo nos ha imbuido en estas últimas décadas. Son los años de dominio casi absoluto de este sistema hasta el punto de que, como señaló Margaret Thatcher, casi nos ha hecho creer que “no hay alternativa” posible al mismo. 

Una primera de estas ideas es aquella que prácticamente establece la existencia de una línea recta, sin desvíos posibles, desde la privatización de los sectores económicos estratégicos de un país hasta los avances consiguientes, y sin límite, del modelo de desarrollo. A la población del planeta se nos repite machaconamente ese axioma, hasta considerarlo casi como ley natural e inmutable.

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Transnacionales y criminalización de la protesta

Recientemente, delegaciones de distintos países latinoamericanos y europeos compartíamos reflexiones sobre la guerra y el nuevo escenario posible que se abre con los acuerdos de paz en Colombia. Esto ocurría en una pequeña comunidad embera, cerca de la ciudad de Medellín. En esa situación, las autoridades tradicionales nos sorprendían cuando señalaban que hablar de ordenamiento territorial da a entender que es necesario ordenar la tierra. Sin embargo, la naturaleza siempre estuvo ordenada, en equilibrio. Nos decían que es el sistema dominante quien la ha desordenado; luego, lo importante, lo urgente, es "ordenar" el sistema que impacta negativamente contra los territorios, contra los derechos y contra la vida.

Es un hecho escasamente reconocido que en demasiadas ocasiones, las palabras más sabias no necesariamente se encuentran en los seminarios académicos ni en las grandes conferencias mundiales de economistas o políticos. Por el contrario, la experiencia de cientos, miles de años de comunidades y pueblos a lo largo del planeta es la que se traduce en verdadero conocimiento, tal y como las palabras de más arriba nos transmiten. Es el sistema el problema, pues es éste el que está ocasionando desequilibrios, injusticias, explotaciones sin fin, empobrecimiento para las grandes mayorías, aumento de las brechas de desigualdad, machismos y feminicidios o el cambio climático. Son éstas, junto con otro largo etcétera, algunas de las consecuencias más graves que hoy sufrimos, pero la causa, por mucho que se nos trate de ocultar reside en ese sistema dominante que prima los intereses y beneficios económicos de las élites por encima de los derechos humanos individuales y colectivos de las personas y pueblos, reprimiendo además la protesta cuando ésta se produce. Se nos sigue queriendo mostrar, en el mejor de los casos, solo el dedo (consecuencias) para que no podamos ver la luna (causas).  

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Estados neocoloniales y el 12 de octubre

Ahora que no está de moda, hablemos un poco de colonialismo. Muchos pensarán que es un asunto pasado, histórico, y que buena gana de desperdiciar el tiempo con temas como éste; sin embargo, mantendremos en este texto que hoy un número muy elevado de pueblos y sectores sociales viven aún situaciones que podemos calificar como coloniales, aunque con evidentes matices, y alguna diferencia, sobre lo que la historia política nos contó en relación a los siglos anteriores. Precisamente, esa historia, cargada de evidentes connotaciones ideológicas, nos enseña que, salvo contadas excepciones, para las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo XX podemos dar por finalizado el amplio periodo caracterizado por el colonialismo. Ese sistema de dominación que, principalmente, ejerció Europa durante los últimos 300 ó 500 años (según continente) sobre la mayor parte del mundo.

Si fijamos nuestra mirada en América Latina esa misma historiografía que señala una fecha esencial en 1492, y en complementariedad con las ideologías dominantes en la mayor parte del continente, establece en hace más menos 200 años el final de la era colonial. La misma se produciría, tras las guerras con la corona española, con las proclamaciones de independencia de la mayoría de las repúblicas que hoy conocemos y que dividen ese continente.

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