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Jesús González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe.

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Ecuador, la vuelta al neoliberalismo

En el continente latinoamericano se conocen los años 90 del siglo pasado como “la década perdida”. Fueron los años de aplicación de las medidas más ortodoxas del neoliberalismo, generalmente camufladas tras la denominación de ajuste estructural. Se habían ensayado desde los años 70 aprovechando la implantación de dictaduras (Chile, Argentina…) que imposibilitaron la contestación a esas medidas ante la desaparición y muerte de las oposiciones políticas, sociales y sindicales.    

En la década de los 80, con la aplicación del modelo de la transición española, gran parte de las dictaduras se fueron transformando por arte de birlibirloque en democracias reconocidas. Aquellas mismas élites militares y económicas (oligarquías) que hasta semanas antes habían dirigido con mano de hierro y gatillo fácil a las sociedades, se reconvertían en demócratas. El quiz de la cuestión era que, por supuesto, las estructuras de la economía neoliberal que ya había dado sus primeros pasos en las dictaduras, no se podían tocar. Demócratas sí, pero nunca dispuestos a perder su estatus de dominación y privilegios sino, muy al contrario, a ensayar nuevas formas que multiplicaran sus beneficios. 

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Amazonía, cuando los pueblos arden

Hicieron falta dos semanas de agosto para que los medios de comunicación occidentales empezaran tímidamente a hacerse eco de los incendios en la Amazonía; aún hoy, ya en pleno septiembre, siguen negándose a informar sobre los aún mayores en el África ecuatorial (Congo, Angola…). Y pasado prácticamente un mes desde que los primeros se declararon y tras unos pocos días en los informativos, la Amazonía vuelve a desaparecer de portadas y primeras noticias, aunque la situación persiste en su gravedad y el fuego abre nuevos espacios de vaciamiento del bosque.

Un dato que nos ilustra con absoluta claridad esta visión y el desinterés verdadero por lo que allá ocurra es el que nos dieron los gobiernos que se autodenominan como los más poderos del planeta, el G-7, durante su reunión en Biarritz. Coincidente ésta con el fuego que consumía miles y miles de hectáreas, y a fin de no parecer del todo insensibles y tener cierto protagonismo en los medios apareciendo como preocupados, se dignaron aprobar casi veinte millones para apagar el incendio; dinero que, posiblemente, nunca llegará a hacerse realidad.

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Guatemala, la finca neocolonial

Totonicapán, Cahabón, Quiché, Sipakapa o San Juan Sacatepequez no son solo nombres de una sonoridad especial, no son solo lugares destacados de una de las mayores culturas del mundo, la maya. Estos son también nombres de comunidades en las que la violación sistemática de los derechos humanos individuales y colectivos se hace realidad cotidiana en toda su crudeza. Lugares donde, al igual que la riqueza en el mundo de hoy, esas violaciones se concentran más y más, no en cada vez menos manos, sino en un reducido territorio del continente americano. Hablamos de Guatemala y de tiempos y lugares en los que hoy las empresas transnacionales y oligarquías locales son los nuevos protagonistas de un proceso colonial que, con formas no tan diferentes, perdura por más de cinco siglos. 

Porque el sistema colonial nunca desapareció en estas tierras. Los procesos independentistas de hace doscientos años supusieron la sustitución de las élites dominantes blancas por otras mestizas, pero de mentes colonizadas. Por lo tanto, si bien la titularidad en el marco político pudo tener algún cambio de actores, las coloniales estructuras sociales y económicas se mantuvieron casi intactas, llegando así hasta nuestros días. Y hoy el sistema neoliberal no hace sino generar nuevos procesos de colonialismo que combina procedimientos viejos de control y dominación con otros nuevos, propios de la explotación desenfrenada de los recursos naturales, de las liberalización de los mercados, de las privatizaciones de los sectores productivos estratégicos y del empobrecimiento y las necesidades extremas de la población, por cierto, aún mayoritariamente indígena.

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Los Medios de desComunicación en América Latina

Los medios de comunicación masiva en América Latina comparten con los del llamado mundo occidental las dos principales características que hoy les definen. De una parte, su alta concentración cada vez en menos manos, conformando auténticos oligopolios mediáticos; de otra, la homogeneidad ideológica para la defensa del sistema neoliberal.

Sin embargo, esos mismos medios latinoamericanos comparten entre ellos y de forma especial durante las últimas dos décadas, una característica más, específica del continente. Ante los nuevos escenarios de gobiernos de izquierda que se operan desde los primeros años del siglo XXI los medios de comunicación tradicionales desarrollarán una beligerancia extrema para con éstos últimos. Se reconvierten y asumen el rol de oposición política en un claro desbordamiento de sus funciones comunicativas e informativas, sustituyendo en gran medida a las fuerzas hegemónicas hasta entonces del sistema, ahora desubicadas, descolocadas ante los profundos cambios que se producen en ese escenario continental.

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Medios de comunicación, ¿al servicio de quién?

“Hoy en día el cuarto poder está en su casi totalidad, permeado y bajo el control de las élites económicas que, además, hay que recordarlo, son en su mayoría élites masculinas”.

La anterior es una cita del libro de reciente publicación 'Medios de comunicación ¿al servicio de quién?'. Como tal un tanto lapidaria, por lo que puede ser matizable, incluso discutible en alguna medida, pero la misma, con su contundencia, no trata sino de visibilizar la realidad de los denominados medios de comunicación masiva en la mayoría de las sociedades de hoy. Esos mismos medios que dominan nuestra vida hasta el punto de que, en muchos más aspectos de la misma de los que nosotros creemos, definen no solo lo que leemos, escuchamos o vemos, sino también lo que debemos de pensar o sentir.

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Si Colombia fuera Venezuela

Según los últimos informes de diferentes organizaciones defensoras de los derechos humanos Colombia ocupa el primer puesto mundial en cuanto a persecución y asesinatos de liderazgos sociales. Solo en el año 2018 en ese país 126 personas, de un total de 321 en el mundo, casi el 50%, incrementaron este fatídico ranking. Y en los tres primeros meses de 2019 se contabilizan ya más de 30 las personas defensoras asesinadas. 

La firma en el año 2016 de los Acuerdos de Paz entre la guerrilla de las FARC y el gobierno colombiano llevaron la esperanza a la sociedad de este país por iniciar el camino hacia la paz después de casi 50 años de una guerra que había sacudido todos los rincones del mismo. Sin embargo, a raíz de dicha firma el listado de persecuciones, criminalizaciones y muertes se ha incrementado a un ritmo casi superior al de los tiempos de la guerra si nos centramos en aquellas personas que defienden los derechos humanos. Esto, además del hecho evidente de que el actual gobierno del presidente Iván Duque ha frenado, casi hasta el sabotaje, el cumplimiento de los mencionados acuerdos en muchos de sus puntos esenciales como la justicia especial para la paz (JEP), que es uno de los ejes fundamentales para la reparación y recuperación de la convivencia. Y también ha cerrado la posibilidad de abrir la mesa de conversaciones con la última guerrilla activa de Colombia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

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Haití y Venezuela, el doble rasero

Es posible que con el título de este texto simpatizantes y detractores del proceso venezolano piensen con cierto automatismo que éste jugará a favor de dicho proceso.

Sin embargo, nada más lejos de la intención verdadera. La campaña mediática y política desarrollada en estas últimas semanas, contra el gobierno de Nicolás Maduro, que tiene sus primeros pasos con el inicio del siglo y los cambios profundos en Venezuela, ha logrado estereotipos y condenas a priori ante la más mínima sospecha de cuestionamiento a la misma. De hecho, posiblemente alguno ya no leerá más a partir de aquí y tendrá ya reconfirmada su opinión (¿condena?) sobre texto y autor. Citar hoy conceptos como manipulación, soberanía o legitimidad del gobierno, democráticamente elegido en las últimas elecciones presidenciales según la observación internacional, harían saltar resortes de resquemor e insultos, seguro, de forma atropellada.

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Los otros terrorismos

En este mundo en el que vivimos se nos acostumbró durante las últimas décadas a escuchar hablar reiteradamente sobre el terrorismo, sus víctimas y sus consecuencias, sobre la violación que suponía a los derechos humanos y la amenaza para los sistemas democráticos; y, casi sin darnos cuenta, se nos inculcó una idea única de terrorismo. Mayormente solo se nos habló de aquel producido por organizaciones armadas que se ubicaban en la izquierda del espectro ideológico y que, por lo tanto, eran un serio peligro para el sistema de convivencia del que se habían dotado muchos países, especialmente aquellos que formaban parte del mundo más enriquecido.

Hoy, pasados los años y desaparecida la amenaza, real o hipotética, de esas organizaciones, se mantiene sin embargo el mismo tipo de discurso, aunque hayan cambiado algunos de sus protagonistas. Nos siguen hablando sobre terrorismo los mismos que antes lo hicieron, pero éstos ahora nos hablan en exclusividad del horror provocado por aquellas otras organizaciones que se agrupan bajo la amplia etiqueta de yihadistas. Incluso se hacen simulacros preventivos que se transmiten por la televisión sobre posibles ataques en diferentes medios de transporte, centros comerciales o en distintas grandes aglomeraciones. Se nos dice que el objetivo es que la población esté preparada, textualmente, “ante la posibilidad de acciones del terrorismo yihadista”, como si éste fuera el único posible.

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No es el sueño americano, es la pesadilla

Caminar, caminar y caminar hasta que los pies revienten, hasta que el cuerpo no pueda más. Avanzar y avanzar hacia el lejano norte, aunque no suponga, tal y como muchas crónicas nos resumen, encontrar el “sueño americano”. Porque bien al contrario, la razón principal de que miles y miles de mujeres y hombres, de ancianos y niños hoy atraviesen bosques, ríos, montes, desiertos y barreras policiales en Centroamérica no es esa hipotética búsqueda de la tierra prometida cual relato bíblico que nos están contando. La verdadera razón es huir de la pesadilla en la que se han convertido sus países de origen.

No hay sueño, sino pesadilla. Cuando la vida no alcanza ni a la simple sobrevivencia las personas se ponen en marcha; es un éxodo que se ha repetido miles de veces a lo largo de la historia en busca de la vida digna, esa que todo sistema político y social debería de tener no solo como primera proclama discursiva, sino como principal práctica diaria. Porque las grandes declaraciones de la clase política tradicional nos suelen recordar con cierta insistencia que el derecho a la vida debe de estar en el centro de nuestros anhelos. Sin embargo, suelen olvidar que el mayor y primero de los derechos debería verse complementado con la coletilla (nunca una coletilla fue tan importante) de “a una vida digna”.

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Después del 12 de octubre, de aquellos polvos estos lodos

Precisamente este año, era 12 de octubre cuando tomaba el avión de regreso a casa después de una estancia de trabajo de tres semanas en Centroamérica. Por eso, llegar y toparse con la resaca de la llamada “fiesta  nacional española” supone tener que tragarse algunos sapos en forma de declaraciones de la clase política más tradicional, conservadora o directamente derechista, además de etnocéntrica. Y después de lo vivido en estos días al otro lado del mar, uno tiene que hacer un auténtico acto de contención para no entrar en la descalificación burda, tal y como hace sin vergüenza alguna, una gran parte de ese sector político e ideológico. Aquellos que aún quieren y necesitan construir su patria sobre las cenizas de tantos y tantos pueblos.

Haber convivido esas semanas con poblaciones que luchan hoy en estados semicoloniales, cuando no directamente fallidos, como pueden ser Honduras o Guatemala. Aprender y compartir con comunidades que son criminalizadas por ejercer el derecho básico a la protesta social contra el modelo de desarrollo que el neoliberalismo, de la mano de oligarquías locales y transnacionales, trata de imponer es una lección de dignidad, pero también es muy irritante ser testigo de la violencia con la que ese modelo se impone.

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