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José Luis Pérez Pont

José Luis Pérez Pont es crítico de arte, comisario de exposiciones y co-fundador de Makma, revista de artes visuales y cultura contemporánea.

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¿'Dedazo' cultural en la Diputación de Alicante?

Tras las pasadas elecciones municipales y autonómicas se ha producido una renovación en los representantes políticos al frente de las instituciones públicas, que supone no solo la necesidad de emprender modelos de gobierno supeditados a procesos de negociación y acuerdo, sino también otra filosofía en la gestión de los recursos públicos.

El Conseller d'Educació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana, Vicent Marzà, ha tomado la iniciativa de convocar reuniones sectoriales con representantes de la cultura valenciana. Ha optado primero por conocer de primera mano las necesidades y propuestas del sector cultural, para después trabajar en la elaboración de un plan estratégico cultural para la Comunitat Valenciana. Sin duda un gesto que no se había dado en los últimos veinte años. Veamos cómo evoluciona.

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Censura ante el precipicio electoral

En una sociedad como la nuestra, acostumbrada a que exista un abismo entre la teoría y la práctica, sucede con frecuencia que la letra de algunos principios jurídicos fundamentales se queda solo en tinta seca sobre papel. Esa laxitud asumida por la población es un signo revelador que, posiblemente, nos haya llevado al despotismo institucional con el que algunos administran su responsabilidad sobre los asuntos públicos.

Aunque resulte recurrente, para hablar de libertad de expresión debemos remitirnos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Según su artículo 19, “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Por su parte, la Constitución Española de 1978 reconoce y protege los derechos: “a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, así como “a la producción literaria, artística, científica y técnica”. Dando un paso más allá, manifiesta que “el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”.

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Escif, un graffitero para la falla Corona

El tránsito del sistema dictatorial al modelo democrático ha supuesto que en el Estado español hayan convivido en el tiempo formas y comportamientos que han prolongado una determinada manera de entender la representación pública, así como su relación con la ciudadanía. La posición de vasallaje del individuo hacia sus representantes se pone de manifiesto cada vez que tiene lugar la escenificación del poder. Los coches oficiales, los escoltas, el despliegue de seguridad, la colisión de protocolos y toda una parafernalia inacabable que consume recursos, con el solo propósito de engrasar una ficción que adquiere la apariencia de normalidad a costa de una fórmula de repetición. Con la fiesta de las Fallas en Valencia sucede algo similar, pues se ha pasado de la manifestación popular espontánea a un dispositivo instrumentado desde el poder político. El maximalismo, la sobredimensión y el exceso, característicos de la política municipal y autonómica valenciana en las dos últimas décadas, han estimulado el desenfreno también en el modo de entender las fallas, convertidas en “monumentos” desprovistos de contenidos significantes.

En el campo de las expresiones artísticas en el espacio público, se viene trabajando en la reconsideración del uso del arte en la ciudad, poniendo en cuestión la función ornamental o decorativa con la que el arte es empleado en tantas ocasiones. La faceta estética del arte no agota sus otras muchas posibilidades, más interesantes a mi parecer. La capacidad crítica y participativa del arte en el espacio público apela a una interpretación horizontal de la sociedad, con relaciones más naturales y menos regladas, contribuyendo al desarrollo de estímulos que activan en el individuo una progresión en la reconquista de la calle como lugar vertebrador de la comunidad. Ese proceso simbólico está conectado con la creciente necesidad que expresa la ciudadanía por recuperar el pulso con la realidad, saliendo del letargo de la opulencia falaz, para llevar a cabo un ejercicio de empoderamiento más participativo y menos autocrático.

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Moisés Yagües: Don’t happy, be worry

Según apunta Enzensberger[i], el crimen organizado desde el Estado sigue estando a la orden del día, aunque como instancia superior y anónima aparece cada vez más claramente el “mercado mundial”, que declara superfluos a sectores en aumento de la humanidad; no por investigación política, por orden de algún caudillo o por acuerdo de partido, sino, por así decirlo, de forma espontánea, por su propia lógica. Lo cual comporta que cada vez sea mayor el número de personas que “salen rebotadas” del esquema. El resultado no es menos criminal, sólo que cada vez se hace más difícil señalar al responsable. Utilizando el lenguaje de la economía, a una fuerte alza de la oferta de personas se contrapone una manifiesta baja de la demanda. Incluso en sociedades ricas cualquiera puede resultar superfluo mañana mismo, si no hoy, como ya ocurre en nuestro entorno más próximo.

Tal vez el mayor estratega de todos los tiempos fuera Sun Tzu, autor del clásico de la China antigua El arte de la guerra. En su libro, escrito hacia el siglo IV a. C., pueden encontrarse indicios de casi todas las pautas y principios estratégicos que se desarrollaron después con el transcurso de los siglos. Pero lo que los conecta, lo que en realidad constituye en sí el arte de la guerra a los ojos de Sun Tzu, es el ideal de ganar sin derramamiento de sangre. Recurriendo a la debilidad psicológica del adversario, maniobrando para situarlo en posiciones precarias, induciendo sentimientos de frustración y confusión, una estrategia puede conseguir que la otra parte se derrumbe mentalmente antes de su rendición física. De este modo puede conseguirse una victoria a un coste muy inferior. La guerra no es un ámbito separado, divorciado del resto de la sociedad. Es un espacio eminentemente humano, lleno de lo mejor y lo peor de nuestra naturaleza. La guerra también refleja las tendencias de la sociedad. La evolución hacia estrategias menos convencionales y más sucias refleja una evolución similar en la sociedad, donde sucede casi de todo. Las estrategias que tienen éxito en la guerra, sean convencionales o no, se basan en una psicología atemporal, y los grandes fracasos militares tienen mucho que enseñarnos sobre la estupidez humana y los límites de la fuerza en cualquier ámbito.

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Google Maps, el desenfoque necesario

Yasmina Morán / Sergio Luna,

Out of focus

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Arte para el tiempo arrasado por el franquismo

Nuno Nunes-Ferreira. Tiempo arrasado

Galería Paz y Comedias

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Los museos valencianos miran al pasado mientras el presente agoniza

La falta de perspectiva en la interpretación de los acontecimientos –provocada por la dinámica del cortoplacismo electoral- fomenta la toma de decisiones que hoy parecen una fuente de ahorro, cuando en realidad son una hipoteca más que habremos de acarrear. Una hipoteca en forma de una menor cualificación de las personas y, por lo tanto, de una mayor dificultad para que éstas alcancen sus objetivos vitales. Es ahora, en momentos de crisis económica, cuando con más énfasis conviene recordar que la cultura y la educación no son un lujo, sino aspectos de primera necesidad para construir la realidad presente y un futuro mejor. Quienes ostentan responsabilidades públicas deben de ser conscientes de que el arte contemporáneo no es un aderezo, ni un ornamento, y que su exhibición es algo más que un acto social: es una forma de transmisión de conocimiento, un modo de estímulo de la inteligencia colectiva. Los creadores de hoy, con su trabajo, están ya escribiendo una historia que será valiosa para interpretar nuestro tiempo, démosles la posibilidad de cumplir con su servicio. ¿A qué modelo de sociedad y de ciudadanos aspiramos? Los excesivos recortes en cultura, justificados recurrentemente por la crisis, no solo dejarán entre nosotros una merma de oportunidades, sino que dará lugar a generaciones venideras sin la posibilidad de acceder a la riqueza cultural que nos es propia.

El camino por el que han optado algunas instituciones culturales públicas supone echar mano a colecciones propias y ajenas para cubrir sus programaciones expositivas, bajo la premisa del ahorro presupuestario. No estoy seguro de que esos movimientos garanticen una ventaja al respecto, pues suelen llevar aparejados otros compromisos económicos. De lo que no me cabe duda es que los recursos destinados a ese fin no están sirviendo para impulsar a los agentes artísticos y culturales que operan en la actualidad, que son quienes necesitan de los recursos y el apoyo público para sacar adelante sus investigaciones.

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El Consorcio de Museos y la casta

El Consorcio de Museos de la Comunitat Valenciana se creó en 1996 impulsado por la Generalitat junto a las diputaciones de Valencia, Alicante y Castellón y los ayuntamientos de las tres capitales de provincia. El propósito, en teoría, era sumar el caudal de recursos y espacios expositivos de todas esas instituciones para desarrollar una política expositiva común. En la práctica, fue pensado como una herramienta mediante la que su ideóloga, la Sra. Consuelo Ciscar, se atribuía el control total en materia de arte y exposiciones en el territorio valenciano. Y así fue hasta que en 2004 fue nombrada directora del IVAM. La deuda generada por su gestión política al frente del Consorcio de Museos durante ese período fue de unos 14,4 millones de euros. Esta deuda, según las fuentes consultadas, acabará de pagarse en el ejercicio de 2014. Durante estos últimos diez años esa deuda ha mermado los ya reducidos recursos culturales, para satisfacer los excesos maniqueos de aquella gestión.

Pero en realidad el Consorcio de Museos no ha servido para generar sinergias y apoyos entre los territorios que componen la Comunitat Valenciana, sino  para desarrollar una política cultural centralizadora que ha situado a Castellón y Alicante en una relación de subordinación y dependencia. Desde Valencia se han decidido durante todos estos años el total o una parte muy importante de las programaciones de los espacios públicos de exposiciones. Ese centralismo intracomunitario, con el tiempo, ha causado graves perjuicios en el tejido cultural y profesional de Alicante y Castellón. Con esta estrategia, toda una plantilla de contratados laborales lleva, en algunos casos, hasta 18 años convertidos en gestores de los recursos públicos con acceso por la "puerta falsa".

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Emilio Roselló. Desretratos postfotográficos

En general el público cree entender aquello que reconoce formalmente, seguramente por eso existe una resistencia considerable hacia expresiones artísticas abstractas o conceptuales, pues la ausencia de figuración dificulta al observador obtener mediante la mirada una información que requiere siempre de un mayor análisis.

La superabundancia de imágenes, con su creación constante por parte de los usuarios de cualquier dispositivo  de comunicación personal conectado a la red, hace que debamos reflexionar acerca del crecimiento exponencial de las mismas. La tendencia de autorepresentación da signos acerca de la construcción de un “yo” social paupérrimo, que reclama de forma constante la aprobación y el feedback de terceros para sustentarse. Habrá que comenzar a interesarse por una “ecología visual” que administre este creciente exceso.

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Javier Izquierdo. #passionformagaluf

Algunas imágenes preferiríamos no verlas, pero eso no evitará que los hechos se sucedan. Nuestros resortes de autodefensa se conectan para evitarnos el mal trago de ver aquello que nos desagrada, las escenas que nos incomodan, las situaciones que se escapan al canon publicitario de una existencia perfecta y ortodoxamente feliz. Pero la realidad es persistente y se sobrepone, una y otra vez, hasta dejar patente su huella en nuestras retinas, queriendo tintar de normalidad su reflejo.

La creación de la imagen ambiental es un proceso bilateral entre observador y observado. Lo que él ve se basa en la forma exterior, pero la manera como interpreta y organiza esto, y cómo orienta su atención, influye a su vez en lo que ve. “El organismo humano es sumamente adaptable y flexible, y diferentes grupos pueden tener imágenes sumamente diferentes de la misma realidad exterior”.[1]  En ocasiones una campaña publicitaria puede mostrarnos un entorno convertido en paraíso terrenal para legitimarse como destino vacacional, pero quizás lo que el turista encuentre sea el  abismo por el que se precipitan las más básicas normas de convivencia y civismo. Así funciona la doble moral cuando el negocio entra en juego y así lo pone de manifiesto las imágenes de Javier Izquierdo. Nuestra cultura, a diferencia de otras, prefiere esconder el fracaso y disimular el error, por lo que nuestra evolución se convierte en una tarea complicada, pues es por medio de esos reconocimientos que lograríamos subsanar déficits que hace ya mucho que nos acompañan.

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