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José Miguel Rojo Martínez

José Miguel Rojo Martínez (Ricote, 1997) es estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Murcia. 

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La insoportable levedad de Pedro y Pablo

Lo de la investidura no parece obra de Milan Kundera, pero por la frivolidad de los protagonistas hay quien podría afirmar que, efectivamente, vivimos en el ambiente hedonista del 68. La conflictividad afectiva y la pelea permanente como única forma de existencia y expresión empiezan a convertir a la izquierda española en una triste caricatura marcada por liderazgos insoportablemente leves.

Al PSOE se le subió a la cabeza lo del 28-A. La victoria fue rotunda, pero sólo tuvo este calificativo por la debacle de Casado, gracias todo ello a la providencial aparición de VOX, la derecha inútil. Es una anomalía europea que un partido que pretende formar Gobierno sin disponer, ni mucho menos, de la mayoría absoluta niegue una coalición. Esta actitud es propia de otros tiempos y retrata a Sánchez como un líder egoísta, incapaz de cooperar, absoluto. ¿Por qué es tan traumático plantear un gobierno compartido cuando al partido que lo va a encabezar tan solo le han apoyado 29 de cada 100 votantes? El relato victorioso socialista no puede construir una realidad parlamentaria ficticia ni puede pretender que los actores políticos se conviertan en subalternos. El «todo para mí», la pelea de machos alfa, es tan rancia como cualquier postulado de Colón y empieza a hartar.

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Valle-Inclán diseña la campaña electoral

Pablo Casado y la hiperventilación como programa electoral.

El Partido Popular ya no tiene discurso propio. Ahora trata de sobrevivir entre Abascal y Rivera, un día es un poco más de Texas y otro de Silicon Valley. El principal partido de España ha pasado a ser más contingente que una batamanta.

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Vuelve un viejo conocido: el 'voto útil'

En la vida tener un determinado enemigo puede ser casi más conveniente que tener un millón de amigos. El auge de Vox es, en el fondo, un gran regalo para el Partido Socialista que jugará la campaña del 28 de abril apelando al electorado de izquierdas para que realice un voto de responsabilidad histórica, aún con la nariz tapada, y así evitar la llegada de los de Colón al Gobierno.

Está claro que sin la amenaza de la extrema derecha el electorado de izquierdas poco tiene que agradecerle a Pedro Sánchez. Más allá de un keynesianismo facilón, los socialistas no han cumplido algunas de sus grandes promesas con las clases trabajadoras, empezando por la derogación de la reforma laboral y siguiendo por una regulación profunda de la burbuja del alquiler o la Ley Mordaza. Todo esto queda olvidado por un debate político histérico en el que el fantasma de un tripartito conservador es verosímil, a la luz de Andalucía. Y que no haya habido una política realmente izquierdista no puede ser achacado exclusivamente a la debilidad parlamentaria, sino a una deriva socioliberal o neoprogresista que es la impronta del beauty-gobierno Sánchez.

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Un nuevo relato

La CUP siempre ha defendido la 'teoría del mambo' y el independentismo parece haberse contagiado de ese espíritu que proclama quererlo todo. Su inexplicable rechazo a los Presupuestos Generales del Estado tumba a un Gobierno, el del PSOE con apoyo de Podemos, que es, con total seguridad, preferido por sus electores muy por encima del Gobierno de las tres derechas. Rufián y el PDCAT prefirieron pedir lo imposible a negociar con responsabilidad un escenario favorable para las partes. Forzaron la máquina para terminar regalando a Santiago Abascal unas elecciones.

Sin embargo, las fuerzas progresistas de ámbito nacional están de enhorabuena. El independentismo les señala la puerta de salida, por lo que nadie podrá hablar de cesiones o traiciones, y ahora, son las derechas con los secesionistas los que bloquean al Estado. Una curiosa pinza política que se opone a la agenda social del Gobierno, impulsada por las condiciones de Podemos.

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Andalucía por Murcia

Demasiados años, hay que abrir el cortijo. Y da igual quién sea la lista más votada. Incluso da igual si hay que formar, con fuerzas de los márgenes, un tripartito, palabra tan denostada para algunas formaciones políticas en este país. Estos son los argumentos que el bloque conservador está sosteniendo para justificar el cambio de Gobierno en Andalucía y son, todos ellos, lógicos, aunque han supuesto una ruptura de sus principios. Especialmente en lo referente a la lista más votada y los gobiernos Frankestein (ahora los llamarán gobiernos  "moderno Prometeo").

Está claro que ganar la plaza de Andalucía suma muchos puntos en el videojuego de la política española, pero impide a Ciudadanos seguir sosteniendo al PP en la Región  de Murcia, salvo que se caiga en una incoherencia tal que apunte a la indisoluble unidad entre Ciudadanos y que gobierne el PP. Esta es una opción: da igual el contexto porque, pase lo que pase, Ciudadanos vota al PP, pero de lejos da que pensar que esa sensación generalizada podría terminar pasando factura a los liberales.

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Valle de Ricote: Patrimonio de la Humanidad

En mayo del año 2009 el entonces presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Ramón Luis Valcárcel, junto con el consejero de Obras Públicas y Ordenación del Territorio, José Ballesta, suscribieron un convenio con los alcaldes de Ricote, Ojós, Abarán, Blanca, Ulea, Villanueva del Río Segura, Cieza y Archena que daba inicio a las acciones preparatorias para la candidatura del Valle de Ricote como Patrimonio de la Humanidad, título otorgado por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) desde 1972.

El Sr. Ballesta hizo declaraciones a los medios afirmando que el convenio firmado, suscrito a través de la Fundación Territorio y Sostenibilidad, "establece el compromiso de la Comunidad Autónoma para promover que el Valle de Ricote sea declarado Bien de Interés Cultural y así conseguir el sueño de que sea Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO".  Casi 10 años más tarde no tenemos ni una noticia del trabajo desarrollado.

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Campaña permanente

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Real Murcia: el camino lo marca el Ciudad

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El último Verano Azul

Las fiestas de pueblo son un evento sociológicamente maravilloso. Y los políticos tradicionales saben que en ellas se juegan mucho: un ambiente positivo, cultura popular y cercanía con la gente, pero sin que medie ninguna situación tensa, todo muy distendido, con churros y feria, cero pancartas.

Diego Conesa y Fernando López Miras han competido por ver quién pisaba más procesiones o actos folclóricos. Al segundo parece no terminar de gustarle que Conesa tenga sitio justificado y visibilidad en toda la geografía murciana gracias al cargo de Delegado del Gobierno, porque los populares saben que ocupar el espacio ya es una victoria y, ahora, lo tienen que compartir con el que será su principal rival electoral en 2019. La posición institucional de Conesa tampoco viene nada bien a Podemos, Ciudadanos y Somos Región, que quedan en segunda línea en este fomentado dueto pimpinélico.

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Es cierto que dos es más

Ningún partido regional está haciendo bandera de la ya vieja conocida propuesta de creación de una segunda provincia para nuestra Región. Además de que con el cambio ganaríamos diputados y senadores, es decir, peso político nacional, algo de lo que no vamos sobrados, dejar que esta reivindicación sea exclusivamente defendida por un partido localista agranda la preocupante brecha entre Cartagena y el resto de la Región, que debe ser un proyecto común y a 45 bandas, lejos de cualquier centralismo.

Es cierto que la provincia de Cartagena es una propuesta tradicionalmente ligada a sectores conservadores. De hecho, Ramón Luis Valcárcel la defendió en su día junto a parte del empresariado de la ciudad portuaria, pero la traición y el olvido del PP a Cartagena es una oportunidad para agregar demandas diversas y hacer posible la transformación política que necesitamos a nivel regional.  Desde que en 1833 Cartagena dejó de ser una provincia marítima para ser parte de Murcia ha perdido visibilidad, castigada recientemente por la ausencia de cohesión territorial en las políticas públicas regionales, y su identidad se diluyó con los gobiernos de PP y PSOE, que consiguieron arrinconar al Partido Cantonalista –movimiento político que incluso ocupó la alcaldía entre 1987 y 1991–.  En 2015 las cosas empezaron a cambiar y Movimiento Ciudadano ha conseguido reactivar un sentimiento nunca muerto que es hoy ya un movimiento social de considerables dimensiones. Sin embargo, hay que recordar a parte de los miembros de este movimiento que el problema político que afecta a Cartagena nada tiene que ver con los murcianos, sino con quién ha ostentado el poder. Es equivocada la estrategia que rechaza construir Región en común, como equivocada es la estrategia de no atender a las demandas cartageneras de dignificación.

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