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Lorenzo Sentenac

Médico. Salmantino de nacimiento y toledano de adopción. Enamorado de ambas ciudades. Corredor de fondo. Curioso impertinente y voraz, es decir, un inmaduro constante y voluntarioso. Lector irredento. Escritor a ratos, pero solo amateur. Para poner sobre el papel el desorden de ideas y emociones que nos hace únicos (a todos nosotros). No me canso de observar la Naturaleza, y en este sentido sigo siendo aquel niño que contemplaba, ensimismado, lagartijas y grillos. Todo el daño que le hagamos a esta (la Naturaleza) nos lo haremos a nosotros mismos. Ese maltrato, es el mayor pecado del hombre.

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El pucherazo "liberal"

Tras el feminismo "liberal" del aliado de Vox: Ciudadanos, asistimos estupefactos al pucherazo bananero (y "liberal") del partido anticorrupción preferido por nuestras "élites". Ese mismo.

He aquí un buen bocado para tragaderas laxas.

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Normalidad posverdadera

Sin duda el mejor cabeza de cartel para nuestra normalidad posverdadera es un rey campechano y cazador (hoy emérito) al que no se puede investigar por si las moscas. Esto – y no voy a explicarlo- es una anomalía que deja en muy mal lugar a nuestra democracia.

¡Pero hombres de Dios! ¡Si incluso a Nixon, jefe del imperio, se le pudo investigar! ¿No se dan cuenta que mientras esta impunidad no se corrija, seguiremos siendo una democracia infantil, tutelada, de pandereta?

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El nuevo orden

Lo primero que salta a la vista es que esto del "nuevo orden" es un eufemismo. En primer lugar porque de nuevo tiene poco (es más viejo que Matusalén). Y en cuanto al desorden que provoca, no es necesario subrayar las evidencias. Estas se nos presentan apabullantes, miremos solo a nuestro país, o con perspectiva más amplia observemos el orbe terráqueo.

Todo empezó con Reagan, y al principio no se le dio importancia. Se supuso, con excesiva ingenuidad, que aquella era una fiebre pasajera, una anomalía inconsistente y por tanto fugaz. Pero no, era un plan. Otros dicen una guerra, que los "ricos" (pobre gente) están ganando. Lo dicen ellos mismos: los ricos expertos en guerras de ricos.

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Sofisticaciones platónicas

En un determinado aunque amplio sentido nunca me gustaron los años ochenta, he de confesarlo. Un especie de fobia intuitiva. Quizás porque dieron lugar a los años noventa, quizás porque dejaron atrás los años sesenta. 

En contraste con los años sesenta, siempre me parecieron esos 'ochenta' un periodo de retrocesos e involución, y despiden (al menos ante un olfato sensible) un hedor tóxico como de cosa malsana y pocha. Empezando por la música, y siguiendo por la codicia como eje cultural de su “revolución”.

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Comida basura

Conviene saber de tubos digestivos para vaticinar sobre tragaderas y digestiones. Hay casos curiosos y sorprendentes de gente que ingiere con tragaderas enormes y sin masticar, y sin embargo tiene una digestión rápida y fácil. Esto que le ocurre a algunos individuos privilegiados con la comida, le ocurre también a algunas sociedades desgraciadas con los hechos políticos y sociales: por más burdo e indigesto que sea el alimento o la bazofia que les dan de comer, digieren y olvidan con la velocidad del rayo. Todo se asimila y se incorpora, y por ahí queda, en algún rincón oscuro del inconsciente colectivo, en un estado intermedio entre la inopia y la sedación. Comida basura que va macerando la carne del espíritu.

Ese convencimiento casi unánime que existe en nuestro país de que la corrupción es inevitable (algunos dirían imprescindible y necesaria) solo puede proceder de digestiones milenarias de hechos truculentos y poderes nocivos. Ese axioma masticado sin dientes, una y otra vez a lo largo de los siglos, se ha hecho carne y sangre en nosotros. Casi hasta molesta que alguien contradiga una costumbre que la tradición consagra: las cosas para ir bien deben estar corruptas y criando malvas.

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Nuestros representantes y sus dueños

Hay un concepto en la filosofía helenística, muy apreciado por los filósofos de la escuela epicúrea, que es la "autarquía", entendiendo por ello la aspiración a ser uno mismo, valerse uno por sus propios medios, o en todo caso no depender en la medida de lo posible de poderes externos que puedan malograr y alienar nuestro auténtico ser.

Se trata de promover la independencia de poderes que puedan comprometer nuestra soberanía y nuestra libertad. Y esto también a través de una modulación de nuestros deseos. Para ello, los filósofos epicúreos se apoyaban en una clasificación de los deseos inspirada por un conocimiento racional y empírico de nuestra auténtica naturaleza y de nuestro lugar en el cosmos, y así distinguían entre deseos naturales y necesarios, naturales pero innecesarios, y antinaturales e innecesarios.

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Mudar de piel

"¿Qué encerraban entre sus letras los libros de Epicuro para que muy pronto se convirtiesen en una filosofía maldita? ¿Qué había en esta doctrina para que irónicamente Horacio (Epístolas, 4 16) se llamase a sí mismo lechón de la piara de Epicuro, reproduciendo ya, con ello, un tópico del antiepicureísmo?", leemos en la obra de Emilio Lledó, titulada "El epicureísmo".

La historia tiene la ventaja de ofrecer modelos para interpretar los hechos del presente e intentar vislumbrar los del futuro. En el pasado ya hicieron crisis modos de pensar y de actuar que se estrangularon en una vía muerta. Es entonces cuando surgen de la necesidad extrema (la de sobrevivir) modos de pensamiento y acción que pueden considerarse revolucionarios. No conviene sin embargo confundir revolución con violencia, porque a veces esa revolución supone justo todo lo contrario: el abandono de un pensamiento violento y agresivo que mueve a una acción disolvente, insolidaria, catastrófica, y al final suicida. Actualmente pasamos por una de estas encrucijadas históricas, trufada de callejones sin salida y vías muertas, pero hubo otras en el pasado. En esto nos beneficiamos del magisterio de la historia y de las virtudes de la memoria.

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Aggiornamento

Con el aggiornamento adecuado y un generoso gasto en publicidad, hasta las más graves anomalías pueden adquirir un brillo de sensatez y las más serias patologías el resplandor de una manzana sana. El poder de los medios de comunicación es enorme y hace que este tipo de operaciones de camuflaje, cada vez requieran menos tiempo y menos esfuerzo.

Se puede llegar incluso a convencer a ciudadanos adultos que bajando los impuestos se potencian los servicios públicos. Tal es el poder de la publicidad en nuestro tiempo, comparable a la sugestión de los cuentos infantiles. Se discute estos días sobre la conveniencia o no de prodigar en exceso el término fascismo, toda vez que una comparación con los antecedentes traumáticos de un Hitler, un Franco, o un Mussolini, ofrece aparentemente un gran contraste, y debe convencernos del mal uso o abuso que hacemos del término en las circunstancias actuales, no tan tenebrosas ni feroces como en el pasado.

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La mano torcida de la mano derecha

Jorge Fernández Díaz, ex ministro del Interior y aún diputado nacional, a la mayor gloria del prestigio de nuestro país, sabía de qué hablaba cuando tras acogerse al respaldo (siempre "por detrás") del presidente del gobierno (hoy expresidente, pensionado y emérito), decía aquello de “El presidente del gobierno lo sabe”, y también: "Su mano derecha (la del presidente que lee El Marca) no sabe lo que hace su mano izquierda (la del mismo ministro réprobo)".

Evidentemente ambas manos sabían, sin siquiera cruzar una palabra (y eso quería indicar su metáfora de las manos), en que oscuras cañerías trajinaba su cerebro común. Y de ese conocimiento al más alto nivel se informaba al interlocutor fiel del tugurio siniestro para animarle a la noble empresa de emponzoñar las aguas comunes. Algunos creen -ilusos- que en las cloacas del Estado se defiende al Estado, y nada menos que al Estado “social y de derecho”. La experiencia nos demuestra que en esos antros infames se corroen siempre los pilares del Estado y se destruye la democracia.

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Vertical

El nuevo orden es un desorden. Su efecto más notable es la tensión, la disensión permanente, la ruptura como pandemia. Todo se disuelve y se disgrega. Lo que sorprende del inesperado aunque previsible (he ahí una paradoja) movimiento de los chalecos amarillos, es que esa revuelta amorfa iba sin embargo uniformada (otra paradoja), y precisamente con un chaleco amarillo.

Este tipo de prendas llamativas, estridentes, casi un grito lumínico, suele ser indicativo de alarma, de urgencia, y de advertencia de riesgo. Y parece que todo eso se ha conjurado para dejar descolocados (deslumbrados) a muchos, empezando por el mundo político y sus politólogos anexos, pero sobre todo al mundo cerrado del establishment (el más desconectado de todos), y principalmente al más insigne y pedagogo representante de ese gremio autista: Macron.

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