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María Bastarós

Historiadora del Arte y máster en gestión cultural. En 2015 promovió la plataforma de crítica cultural Quién Coño Es y el fanzine asociado a esta (II Premio MAV 2016). Ha comisariado exposiciones como Muerte a los Grandes Relatos; Inesperadxs; Apropiacionismo, Disidencia y Sabotaje Ultravioleta. Es autora, junto a Nacho M. Segarra, del itinerario LGTB Amor Diverso (Thyssen Bornemisza). Ha publicado los libros HERSTORY: Una historia ilustrada de las mujeres (Lumen), y la novela de ficción Historia de España Contada a las Niñas (Fulgencio Pimentel) (Puchi Award 2018, Premio Cálamo Otra Mirada 2019, Premio de Narrativa de la Crítica Valenciana 2019). Sus artículos y textos han sido publicados en medios como Diagonal, Píkara Magazine o Verne.

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De la distopía climática a la entelequia rural. ¿Sueñan los humanos con la selva amazónica?

En 1995, Hawai acogía el rodaje de la industria cinematográfica más caro hasta la fecha: 170 millones de dólares para una película que se filmó íntegramente sobre el agua. Pese a que los espectadores acudieron en masa a ver Waterworld, la cinta fue una catástrofe a todos los niveles: no hubo beneficios, las críticas fueron pésimas y la carrera del célebre guardaespaldas cayó en picado y sin frenos. A posteriori, sin embargo, a Waterworld le ha salido una virtud inesperada: fue la primera película mainstream que tomó el cambio climático como eje ficcional. En el film, situado en torno al año 2500, los casquetes polares se han derretido por completo, haciendo que el nivel del mar se eleve hasta cubrir casi toda la tierra.

La esperanza de esta nueva -y acuática- humanidad reside en Enola, una niña en cuyo cráneo se halla tatuado el mapa del único reducto de tierra seca. Ahí es nada. Quitándole estética steampunk y sumándole algo de pretensiones moralistas, una década después la distopía climática tuvo sus herederas en obras como El día después de mañana (2004), El incidente (2007) o la nueva versión de Ultimátum a la tierra (2008). En la primera, un paleoclimatólogo -ojo- alerta en la cumbre de la ONU sobre las inminentes consecuencias del calentamiento global: paradójicamente, una nueva edad de hielo se aproxima. La película concluye -claro- con un emotivo discurso del presidente de los EEUU, que agradece la acogida de los países del denominado tercer mundo -los únicos a salvo de la glaciación- y reconoce su error fatal al no prestar atención a los avisos sobre el cambio climático.

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Genealogías del 'fake' y la violencia, el falso tour de 'la manada'

La performance es una de las disciplinas artísticas más complejas de analizar. Para empezar, el propio término le supone un corsé demasiado estrecho. La performance se sitúa desde sus inicios al margen de la praxis oficialista del arte. Es una propuesta, o un conjunto de propuestas, que se pretenden contestatarias y con vocación revulsiva, ya sea en un sentido artístico o político. Su origen está ligado a las vanguardias, a la experimentación y al deseo de construir una expresión artística efímera, imposible de fagocitar por el mercado del arte. Aunque ese rechazo a la comercialización ya tiene implicaciones subversivas, su espíritu más explícitamente político nace de su relación con la izquierda estadounidense -Abbie Hoffman y su teatrillo anti-bélico para hacer levitar el pentágono, por ejemplo- y, de forma más destacada si cabe, con el feminismo de los sesenta y setenta. Obras comoGenital Panik de VALIE EXPORT, Waiting, de Faith Wilding,Interior Scroll de Carole Schneemann oRape Scene de Ana Mendieta fueron piezas efímeras -pero documentadas- que hoy forman parte imprescindible de la genealogía del arte feminista.

Este tipo de performances pueden cuestionarse desde un punto de vista artístico-estético o en base a su utilidad política, pero muy difícilmente a nivel moral. Se sitúan dentro del espacio de las artes, apelan a un público consciente de estar presenciando un acto performático y resultan, hasta cierto punto, inofensivas, pese a su habitual pretensión de no serlo en absoluto.

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