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María José Guerra

Catedrática de Ética de la Universidad de La Laguna. Consejera de Educación, Universidades, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias.

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En defensa de la Sanidad Pública

Ha tenido que venir una pandemia imprevista e imprevisible para que casi todo el mundo, restando a los neoliberales rabiosos y a los ultraderechistas xenófobos, reconozca la obviedad de que un sistema público de salud, de asistencia sanitaria, universal y gratuito es absolutamente imprescindible como fundamento de la supervivencia y el bienestar de las personas. Parece que despertamos de décadas de intoxicación ideológica interesada en las que los gobiernos de derechas han ido minando el ámbito de lo público para privilegiar una sanidad privada ahora en franco ridículo por su impotencia y racanería frente a la gran pandemia del año 20 del siglo XXI. Era un supuesto no contemplado por unos servicios sanitarios privados que han cuidado la hostelería, pero que han dejado mucho que desear en la gestión de las enfermedades graves. En el fondo, muchos de los usuarios de las opciones privadas sabían que si se les presentaba una afección oncológica o una cardíaca grave era mejor olvidarse del privilegio de la clase social e ir a los hospitales públicos nutridos por las Facultades de Medicina y Enfermería públicas. Nos hemos quitado la venda.

El agradecimiento y el reconocimiento al personal sanitario, desde médicas y enfermeros hasta los auxiliares, es ahora un clamor social porque, sobre todo, cuidan a las personas contagiadas para que el coronavirus, que no tiene ni tratamiento ni vacuna, no los venza. La afección vírica logra doblegar a los mayores y enfermos, y tampoco hace distingos de clase social porque nuestro comportamiento de animales sociales de cercanía, con besos y abrazos incluidos, es transversal a toda la sociedad. El virus afecta a lo humano demasiado humano, y nos propina una cura radical contra el clasismo, la xenofobia, el sexismo y cualquier otra demarcación espuria. Nunca antes habíamos comprobado con tal contundencia que nuestra patria es la Humanidad. El dichoso virus, además, nos ha propinado una cura de humildad. Nuestra flamante civilización tecnológica no tiene, por ahora, otra manera de pararlo que un método inventado en el medievo contra la peste. Se llama cuarentena y exige un confinamiento prolongado que evite el contacto físico con los demás. Aquí nadie debe tener privilegios, el Covid-19 nos iguala a todos porque nuestra vulnerabilidad constitutiva es el único dato relevante. Y cuidar de los enfermos y de las enfermas, no abandonarlos y aliviarlos en el duro trance, es la actividad humana más noble y más civilizadora. Por eso enfrentamos con horror que la pandemia reviente nuestros sistemas de salud. A partir de hoy mismo, trabajar por unos sistemas sanitarios robustos, holgadamente financiados y bien pertrechados de materiales de protección, y con un personal bien pagado y reconocido, es un imperativo moral, político y social. Las recetas neoliberales no se las cree ya ni la misma Angela Merkel que en la crisis del 2008 nos sometió a un austericidio que ahora se revela más que contraproducente, directamente criminal.

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