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María Rodríguez

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El matriarcado secreto de la migración: "El viaje a Europa es una alianza entre madre e hijo"

En 2007, el entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, instó en un discurso a que las mujeres senegalesas dejaran de "alentar a sus hijos a buscar fortuna a Europa" y lamentó que "no dudaran en empujar a sus propios hijos a emigrar porque el de la vecina construyó una hermosa casa después de haber ido a España". Fue en aquel momento cuando la socióloga senegalesa Fatou Sow Sarr se preguntó cómo era posible que en una sociedad "tan patriarcal" pudiera haber tales planes entre madres e hijos sin que sus padres estuvieran al corriente.

"Comprendí que se trataba de un proyecto familiar en una sociedad polígama", explica la socióloga en una entrevista con eldiario.es. "Un padre puede pagar para que uno de sus hijos viaje a Europa, pero no lo dirá porque el resto de sus mujeres también van a querer que sean sus hijos los que partan", señala. En este sentido, sostiene que si uno de los hijos de las mujeres con un mismo marido logra llegar a Europa y su madre empieza a vivir mejor, vestirse mejor o construir una casa, el resto alentará a uno de sus hijos a intentarlo para alcanzar también ese estatus social y mejorar las condiciones de vida de la familia.

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El 'ascensor social' de la migración: "Cuando alguien vuelve desde Europa, es tratado como una estrella"

En la región de Kayes, al oeste de Malí, viajar tiene un valor social muy importante, sobre todo entre la etnia soninké. Para ellos, ancestralmente, "el viaje era un acto ritual que permitía salir al encuentro del otro y aprender de él con el fin de construirse a sí mismo y contribuir al desarrollo de su comunidad", explica Mamadou Diakité, consultor de gestión migratoria en Malí.

En la actualidad, este sentido del viaje se ha distorsionado y se liga a razones económicas. Por una idealización de Europa y por el rápido ascenso social que ofrece, muchos jóvenes de Kayes optan por la migración.

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Una mochila, un par de mudas y un móvil para intentar llegar a Europa

"Mi padre está muy enfermo, si se entera se va a traumatizar. Mi madre tampoco debe enterarse porque me dirá que es muy peligroso y me va a pedir que no lo haga. Nadie en la familia lo sabe". Mohamed Habib Dème es de Senegal –séptima nacionalidad de personas que llegan por el Mediterráneo a España en 2018, según ACNUR–, tiene 34 años y una idea en la cabeza: intentar llegar a España. Además, está casado y tiene dos hijos: Seydou de cuatro años y Mohamed de siete meses. Mientras el padre relata por qué ha decidido viajar y cómo ha organizado el viaje, el más pequeño de sus hijos está sentado sobre sus piernas. "En dos o cuatro días máximo me voy, si Dios quiere", confiesa.

Ha pasado casi un año desde que empezó a plantearse la idea de migrar de forma clandestina a España ante la falta de posibilidades de hacerlo por la vía regular.  Desde entonces, comenzó a guardar una parte de lo que ganaba cuando trabajaba. "Hostia", "me cago en Dios" y "puta madre" son las únicas palabras en español que conoce Mohameh porque, cuenta, ha trabajado en los atuneros españoles que faenan en aguas senegalesas.

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"Usar el miedo y decir a los migrantes que morirán en el mar no es una buena estrategia: sus motivos son más fuertes"

"Hay gente que se va y que no quiere irse, que quiere ser escuchada, ayudada y apoyada", repite Mamadou Diakité. Es consultor de gestión migratoria desde 2004 para organismos internacionales en Mali, país de origen y de tránsito de muchas personas que deciden intentar llegar a Europa.

Diakité fue una de las primeras personas en trabajar en la sensibilización sobre la inmigración clandestina en este país de África occidental y ha colaborado en la creación de varias asociaciones de migrantes. En esta experiencia se apoya para reflexionar sobre la complejidad de la realidad de los flujos migratorios desde el continente africano y los puntos a tener en cuenta para poder gestionarlos de una manera eficaz.

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Explotación pesquera en Senegal: "Si ya no puedo usar mi cayuco, lo haré para ir adonde se llevan los peces"

En Thiaroye-sur-mer, una comuna situada a la periferia de Dakar, la capital de Senegal, diez pescadores están reunidos a pie de playa tomando té y cacahuetes. A su alrededor, decenas de pequeñas piraguas utilizadas desde la antigüedad para la pesca tradicional. En el suelo, algunas redes que cubren la arena blanca y fina de esta playa, llena de trapos, plásticos y otros objetos.

Varios hablan un poco de español. Trabajan en o con los barcos españoles que, desde hace decenas de años, navegan en aguas senegalesas en busca de pescado, principalmente atún.

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Una vida mejor o el dolor por la pérdida: el 'cara o cruz' de las familias que se quedan detrás de cada patera

Mariama Dème tiene 57 años y ocho hijos. Este año, en mayo, el primer día de Ramadán, su segundo hijo, de 36, tomó un vuelo desde Dakar a Casablanca, capital económica de Marruecos. Se gastó 370.000 francos CFA (562 euros) en un billete de ida y vuelta. Todo el mundo sabía que solo cogería un avión.

Su plan: el mismo que el de tantos. Aprovechar la exención de visado de los senegaleses para tomar un avión a Casablanca, montarse en un autobús hasta Tánger y aguardar el mejor momento para subirse en una patera rumbo a las costas españolas. Mariama recuerda las llamadas de su hijo durante su espera y, sobre todo, ese mensaje Whatsapp recibido en el móvil de uno de sus hermanos pequeños para decirles que lo había conseguido. Que estaba en España sano y salvo.

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La impotencia por querer llegar a Europa sin jugarse la vida en una patera: "Aquí los visados son para ricos"

El año pasado, Mamadou Saliou Diallo –55 años, casado y con cuatro hijos– pidió dos veces un visado en la embajada de Alemania en Dakar, Senegal. Cuenta que quería viajar allí por dos motivos: visitar a su prima que vive en el país europeo y cuyo marido, portugués residente en Alemania, está en coma en el hospital, e intentar comprar dos o tres camiones para ampliar la flota del negocio que tiene en Senegal.

Su prima le envió una carta de invitación oficial expedida por las autoridades alemanas, adjuntó un documento del hospital donde está ingresado el marido de su hermana, el certificado de matrimonio, dos seguros médicos –uno en Alemania y otro en Senegal–, fotocopias de sus dos tarjetas Visa y la reserva del billete con fecha de retorno tres semanas después, entre otros papeles que le pedían.

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"Las máquinas del capitalismo difunden una Europa utópica que empuja a muchos africanos a arriesgar su vida en el mar"

Detrás de la decisión de migrar desde África a Europa, no solo está el impulso de una vida mejor, también una serie de ideas arraigadas en la mente de muchas personas. Joseph Tonda, sociólogo y antropólogo de origen congoleño y gabonés, trata de diseccionar algunas de ellas, también para entender el fenómeno migratorio a Europa. 

Tonda es profesor en la Universidad Omar-Bongo en Libreville, la capital de Gabón, y autor de varios libros. En el último, El imperialismo poscolonial. Crítica de la sociedad de los deslumbramientos, analiza "la colonización del imaginario" de los africanos, pero también de los occidentales, a través de las imágenes.

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"Si educas a una chica, educas a toda la comunidad"

"Si me das una vaca, trabajaré con el Gobierno, ganaré mucho dinero y podré devolverte la vaca y comprarte muchas más". Lilian Naserian pronunció estas palabras cuando tenía 20 años. Se las dijo a su tío, un pastor masai, la etnia a la que pertenece. Su tío aceptó la proposición, sin duda era una inversión de futuro. Lilian se fue al mercado a vender la vaca para pagar el primer semestre de su primer año de carrera y poder hacer realidad su sueño: estudiar Magisterio.

"En África enviar a una mujer a la universidad no es una prioridad ni para la familia ni para la comunidad", explica la joven en una conversación con eldiario.es. Sin embargo, ella estaba convencida de la importancia de estudiar para tener un futuro mejor, poder ayudar a su familia e incluso mejorar la situación de su comunidad.

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Las cenicientas de Bamako: el horror de ser empleada del hogar en África occidental

En Bamako, la capital de Malí, así como en las ciudades de la región de África occidental, hay miles de cenicientas. Son niñas de entre nueve y 20 años que trabajan como servicio doméstico en las familias. Se instalan en los hogares, pero duermen en los pasillos, las cocinas o en la terraza. Trabajan durante todo el día, todos los días de la semana, y si las requieren por la noche, las despiertan. Comen las sobras de sus patrones, ganan entre seis y 15 euros al mes. Es frecuente que reciban golpes, insultos, gritos, castigos severos e incluso que sean violadas.

Les llaman las 'bonnes'. Proceden de las zonas rurales donde las oportunidades de prosperar quedan muy reducidas, por lo que deciden trasladarse a las ciudades. Algunas lo hacen obligadas por la familia para que les ayude en los ingresos, teniendo además una boca menos que alimentar. Otras, por decisión propia, huyendo de los matrimonios forzados o, por el contrario, para preparar el ajuar.

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