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Maru Díaz

Portavoz de Podemos en las Cortes de Aragón.

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¿Vigilar para castigar?

En 1975, el filósofo francés Michel Foucault publicó su obra 'Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión', en ella hizo una apuesta arriesgada que con el paso de los tiempos no para de darle la razón. A saber: Foucault consideraba que estamos en una época donde el poder se ha vuelto disciplinario, lejos de ser casi el bastón visible de reyes e inquisidores, el ejercicio del poder hoy se ejerce haciéndose invisible, transformando el foco del que ejerce el poder al que ahora lo padece. Esto que así contado suena como complejo de entender se comprende mejor cuando descubrimos que hemos pasado del juicio público en una plaza abarrotada de gente atestiguando un castigo a plazas llenas también de gente donde “el que ejerce el poder” ha desaparecido y en su lugar sólo quedan, cuasi invisibles, esas cámaras que nos miran sin ser vistas.

En 1975 el paradigma que encuentra Foucault para ejemplificar este ejercicio del poder es la cárcel en forma de panóptico. Un tipo de prisión diseñada para ejercer la vigilancia continua o por lo menos para trasladar la sensación al reo de que en todo momento puede estar siendo observado. Algo así como un ojo divino, que cual testigo omnipresente, sirviera como mecanismo disuasorio para el ejercicio del delito. Un 'Gran hermano' al más puro estilo del protagonista de la novela 1984 de George Orwell cuya distopía cada vez tiene más visos de convertirse en realidad.

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Los hombres nos enseñan cosas

Esta última semana está siendo un no parar de declaraciones machistas y fuera de lugar de Pablo Casado. Que dije yo que nunca llegaría a echar de menos a Mariano Rajoy, pero es que por lo menos él se metía en jardines discursivos más graciosos y menos ofensivos. Su sucesor es una barra libre de cagada tras cagada machista. Metidas de pata tan seguidas que denotan que es imposible que sean fruto de la casualidad. A todas luces parece una estrategia intencionada: “Dar de comer” a un electorado que se sentía más cómodo cuando siempre eran los hombres los que nos enseñaban cosas a las mujeres. Hombres, por otro lado, que cuando agreden a sus mujeres creen que no se están portando bien, pero no creen que estén cometiendo un delito que merezca todo el peso de la ley y todo el repudio de la sociedad.

La última de sus declaraciones creo que es digna de especial atención. Es por todos conocido que una de las formas más antiguas y más arraigadas del machismo consiste en que los hombres nos enseñen cosas a las mujeres. Desde cómo conducir, a cómo diseñar, hablar en público o hacer alta cocina. Da igual que llevemos años, siglos, incluso milenios desarrollando aquella tarea, son siempre ellos los que se arrogan el paternalismo de enseñarnos el buen hacer y el buen camino. El caso más sangrante de este mecanismo machista ha sido tener que aceptar que los hombres nos explicaran en qué consistía nuestra menstruación, nuestro embarazo o nuestra menopausia.

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Vuestro miedo no llenará nuestras plazas

El miedo es un elemento de control político potentísimo. Ya lo teorizaba el filósofo Thomas Hobbes, allá por el siglo XVII, cuando decía que era una de las pulsiones fundamentales que subyacían a todo contrato social, a todo paso de la humanidad del estado de naturaleza al estado de civilización. Esta forma de entender que el pacto social y el acatamiento de la ley es fruto del miedo, aboca al filósofo a un modelo ideal de sociedad basado en una dictadura cuyo soberano tiene un poder absoluto asentado sobre el miedo del pueblo. Este modelo de sociedad está basado en una antropología que interpreta al ser humano como seres habitados por temores, inseguridades y dudas. Y que dicha sensación los llevará a acatar irremediablemente mandatos con tal de encontrar la zona de confort. Este “hombre que es un lobo para el hombre” nada anhelaría más que saciar su miedo individual.  Difícil se le hubiera hecho explicar a Hobbes el altruismo social o el dar la vida por los otros voluntariamente.

En cualquier caso, el miedo es el mecanismo de control social más viejo de la historia. Y no por vetusto está pasado de moda. La semana pasada, PP, Ciudadanos y el recién llegado Vox apelaron al discurso del miedo, forzando el imaginario del riesgo y la inseguridad ante una hipotética “ruptura de España” para provocar lo mismo que nos explicaba Hobbes: que el pueblo demande orden y seguridad a costa de lo que sea. Las tres derechas convocaron la movilización buscando activar ese dispositivo del miedo que tan buenos resultados les dio en otros momentos de nuestra historia reciente. El problema es que el miedo tiene que tener atisbos de verdad para hacerse operativo. Incluso aunque compartamos la controvertida hipótesis de que el mero hecho de un miedo efectivo despertará a súbditos sumisos, aun en ese caso, el miedo tiene que ser real, material, de los que tocan y desvelan para funcionar. Y por desgracia el miedo a perder la llamada unidad no es tan potente como el miedo a perder la vida. Así que sólo una minoría, una cuarta parte que en el 8M, o que en la Marcha del cambio, se sintió interpelado por ese temor. Proporción insuficiente para dar la vuelta a un contrato social.

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¿Y Aragón pa´cuando?

El lunes por la mañana, el Gobierno de España registró el proyecto de presupuestos para este 2019 en el Congreso de los Diputados. Este momento tiene tintes navideños dado que todas las comunidades autónomas esperamos este borrador como el niño que mira sus regalos envueltos bajo el árbol, con el nerviosismo y la intriga de abrirlos para ver qué deparará esta vez.

Es cierto que en Aragón tenemos esperanza casi como forma vital de afrontar nuestra existencia, porque si nos basamos en los hechos y en la historia de los últimos veinte años… razones, lo que se dice razones para esperar con cierta ilusión este momento, no tenemos muchas. Aragón acumula más de 600 millones de € déficit sólo en inversiones en carreteras por parte del Estado. Es más, si contamos lo que se nos debe en impuestos (más de 800 millones de €), en dependencia (más de 500 millones de €) o en infraestructuras en general (casi 5.000 millones de €), el Estado tiene con Aragón una deuda de 7.566 millones de €. Esta cifra es impensable en sí misma, pero duele más cuando la comparamos y vemos que es igual a todo el presupuesto de Aragón no de un año, de un año y medio.

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Home, sweet and sexist home

En estas fechas prenavideñas, donde la mayoría tendremos alguna que otra tarde más libre, me atrevo a recomendaros una serie de ficción que nos dará mucho que pensar. Se llama Black Mirror y en cada capítulo emula una distopía, un futuro alienante, basado en llevar al límite alguno de los avances tecnológicos con los que convivimos a diario. Facebook, realidad virtual, inteligencia artificial, ciber seguridad… son sólo algunos de los temas que se abordan. La serie es capaz de llevarnos en cada capítulo a esas encrucijadas donde tecnología y moralidad chocan, para mostrarnos los límites de lo tolerable y lo intolerable y sus contradicciones.

Pues bien, enganchada que estaba yo a esto de mirar con recelo las nuevas tecnologías, el otro día tomé conciencia de un fenómeno que bien podría servirnos como hilo argumental para un capítulo de esta serie. El fin de semana pasado, en casa de unos familiares, éstos me enseñaron su “nuevo juguete”: “Alexa”. Un asistente de voz para el hogar con nombre y voz de mujer. Tras ver como Alexa encendía la Roomba, ponía una canción o nos decía el tiempo que hacía en la calle se me ocurrió preguntar si el nombre se lo habían puesto ellos y mi sorpresa fue que no, que el aparatito venía ya configurado con nombre femenino y voz de mujer. Es más, para afianzar la normalidad de este hecho, uno de mis familiares me dijo que era como “Siri” o “Cortana”, también asistentes de inteligencia artificial. Me quedé petrificada. Un siglo tratando de masculinizar las tareas del hogar para romper los estereotipos de género y vienen las máquinas a sustituir personas por asistentes, y éstos vuelven a emular a mujeres… Horror.

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40 años después: NOSOTRAS

En estos días que celebramos el 40 aniversario de la Constitución española, muchos actos están homenajeando a esos siete padres de la Carta Magna. Padres, sí. Nuestra Constitución se escribió sin mujeres, nació sin madres, y esto no es un hecho menor, es fundamental para entender parte de las limitaciones que encarna esta ley. Todas las leyes son hijas de su tiempo, sin embargo, nadie se cree que en el 78 fuera un tiempo donde no hubiera mujeres o, mucho peor, que habiéndolas, no tuvieran algo que decir en todo ese proceso constituyente. Fuimos las grandes olvidadas en la redacción de este acuerdo y, cuarenta años después, tenemos un papel fundamental para revisar un texto que no olvide a la mitad de la población.

La comisión que redactó la Norma Fundamental en aquella legislatura constituyente contó con 39 hombres y una única mujer, Teresa Revilla, que bien podría haberse convertido en la madre de la Constitución. Sin embargo, la comisión eligió finalmente sólo a varones para su redactado, reduciendo la intervención de una voz de mujer al artículo 14 que recoge nuestra igualdad ante la ley. El resultado fue un texto en el que la palabra “mujer” sólo aparece dos veces: en el artículo 32 para estipular que el matrimonio es entre mujeres y hombres, y en el artículo 57 para priorizar la línea sucesoria del varón frente a la mujer en la corona. Artículo que como bien recordaba hace unos años Teresa Revilla, ella no votó. Dos citas constitucionales, dos artículos que en vez de visibilizar a la mitad de la población, imponen un machismo en la jefatura del estado y además reducen las reivindicaciones feministas de un matrimonio más amplio.

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El arte de llegar a acuerdos

Desde la famosa cita de Clausewitz (“La política es la guerra continuada por otros medios”) y pasando por obras de autores contemporáneos que hablan de la política como el desacuerdo o el antagonismo, pareciera como si la vía del acuerdo fuera, en nuestros días, una vía imposibilitada para una democracia de baja calidad. Y en cierta manera, cinco años de gobierno de Mariano Rajoy nos han servido para ratificar que la sordera y el nepotismo también sostienen gobiernos y que la gestión, aunque sea nefasta, se podía tejer sin acuerdo alguno. Rajoy nos quería hacer creer que dialogar era ceder y que ceder era uno de los pecados capitales para un político, más grave incluso que la prevaricación y el cohecho juntos. La retórica como arte de vencer convenciendo dejaba paso a la política del “muerte a la inteligencia” que provocó hace casi un siglo la célebre frase de Unamuno. Pero como él mismo sabía, vencer sin convencer no es más que postergar la derrota. Y es que es obvio que sostener en el tiempo una política instaurada en el “y tú más” sin miras de futuro y sin capacidad para interactuar y llegar a acuerdos estaba abocado al aislamiento y la inoperancia.

La moción de censura a Rajoy si sirvió para algo en nuestro país fue para volver a poner en el centro de nuestra democracia la palabra y el acuerdo como armas contra el despotismo y la injusticia. Armas que han sido capaces de fraguar un nuevo acuerdo presupuestario entre PSOE y Podemos y que no es más que la germinación de una forma lúcida y astuta de aprovechar la coyuntura, dejando atrás las desavenencias, para priorizar las necesidades reales de la gente. Necesidades tan, tan subversivas como tener un salario mínimo de 160 euros más al mes, porque en España tenemos la costumbre de comer tres veces al día, vivir bajo techo y poner la calefacción en invierno y todo esto con 740 euros como que no daba mucho. Necesidades como reformar la tributación de los autónomos para que de una vez coticen por los ingresos reales, o bajar el IVA a los productos de higiene femenina y a los servicios veterinarios mientras se sube el impuesto de Patrimonio a las personas con más de 10 millones de euros. Necesidades como controlar la burbuja del alquiler poniendo límite a la subida de los precios, así como aumentando el parque público de vivienda. Necesidades como la educación de 0-3 años, el aumento de becas, la reducción de tasas o la revalorización de las pensiones al IPC.

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¿Matar por amor?

A propósito del doble asesinato que se produjo el jueves en Zaragoza de Lola y María a manos de su marido/hijo, se está generando un enorme debate en torno a si se trata o no de un asesinato machista y no me resisto a escribir unas líneas al respecto.

Parte del argumento de aquellos/as que dicen que no es un crimen machista se basa en la hipótesis de que se trata de un asesinato por compasión. Lola, enferma de Alzheimer, y María, anciana, eran dos mujeres que necesitaban cuidados y el asesino era la persona que sentía sobre sus espaldas el peso de la tarea de cuidar. Veamos algunos datos para entender la situación:

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Miedo al miedo

“No hacen falta monstruos, asesinos o fantasmas para probar nuestro miedo, el mayor desasosiego lo crea nuestra propia imaginación”.

Así describía el director de cine Vincente Minnelli cómo funciona el miedo y aunque la cita refería al cine, bien nos sirve para describir el dispositivo que está activando la derecha de nuestro país en torno a la inmigración. Como dice Minnelli, intuir el peligro siempre es más angustioso que verlo y por eso, el cine está lleno de escenas de terror que suceden detrás de una puerta que no nos deja ver lo que ocurre dentro. No hace falta ver el miedo para sentirlo, es más, como demostró una de las primeras películas de Amenábar, Tesis, el miedo es fundamentalmente prerrogativa de nuestra mente por lo que no es necesaria una situación efectiva de peligro para despertarlo, simplemente basta con activar nuestra imaginación y anticipar los monstruos.

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El tren de Noé

Hay una canción de un grupo aragonés que estos días de verano me acompaña casi a diario. Se llama “El tren de Noé” de TéCanela y comienza con las declaraciones de Fátima Báñez a propósito de esos miles de jóvenes españoles que tuvieron que coger la maleta y marcharse a buscarse la vida fuera de España. La ministra decía allá por el casi irreconocible 2013 : “Muchos jóvenes y no tan jóvenes han salido de España en búsqueda de oportunidades por la crisis, eso se llama movilidad exterior…”. Bonito eufemismo para hablar de lo que fue un exilio forzado en toda regla de un país que cerraba todas las puertas a una generación, la mía, que, ultra formada y capacitada, como dice la canción, aprendería alemán fregando el piso de la Merkel.

Esta frase de la ministra me parece reveladora para explicitar la doble moral en la vive una parte muy significada de nuestro país en torno a los flujos migratorios y que alcanza su máximo esplendor con la foto de Pablo Casado dando la mano a inmigrantes recién rescatados en el estrecho. Caridad dicen que se le llama ahora a esto de la demagogia. A lo que iba, España es punto estratégico histórico para los flujos migratorios. Lo cual quiere decir, no sólo que somos país de entrada para la inmigración, sino que además somo país que, durante sus crisis políticas o económicas, produce miles y miles de emigrantes. Las migraciones acompañan todas las etapas de nuestra historia y sirva como ejemplo los últimos 100 años para confirmarlo. El problema es que, cual péndulo de Foucault, no tenemos la misma posición en torno al concepto de salida y entrada del país cuando somos los que “echamos a gente” y cuando somos los que “tenemos que recibirla”.

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