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Miguel Angel Rodriguez-Gironés

Miguel Rodríguez-Gironés es doctor en Biología por la Universidad de Oxford. Actualmente es científico titular en la Estación Experimental de Zonas Áridas, del CSIC.

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Los albores de la nutrigenética: bastante ruido, muy pocas nueces y algunas sospechas

Es algo bien aceptado que los alimentos se asimilan de forma distinta por cada individuo, y que esa asimilación diferente depende, al menos en parte, de los genes de cada uno. Esto es precisamente lo que estudia la nutrigenética. Lo mismo ocurre con los distintos fármacos, cuya eficiencia depende de nuestras variantes genéticas individuales y propias, tal como estudia la farmacogenética. En esta idea está el origen de la llamada "dieta del ADN", que, a diferencia de la dieta proteica o la dieta de las manzanas, no consiste en comer mucho ADN. El nombre no es muy afortunado, porque todos los seres vivos estamos llenos de ADN y no podemos separar esta molécula del resto de nutrientes en los alimentos; esta dieta no implica por tanto ningún aporte extra de ADN. La mal llamada "dieta del ADN" presume de utilizar la nutrigenética para predecir cómo vamos a responder a los distintos nutrientes y elementos de nuestra comida partiendo del estudio de nuestra genética particular. Con esa información, nos aconsejan la dieta más adecuada para perder peso o para mantenernos en forma, nos descubre intolerancias alimentarias y nos aproxima, en resumen, a una presunta dieta ideal. La "dieta del ADN" no es un proceso, es un producto: una compañía ofrece un test genético con el que diseña una "dieta personalizada".

Cuando buscamos un servicio de test genético para nuestra dieta, encontramos algunas cosas que despiertan sospecha. Una muy llamativa es que las compañías no especifican los detalles del método de análisis (genotipado) que utilizan; en su mayoría, no especifican cuántas ni qué variantes del ADN consideran para conformar el consejo genético y engloban los factores analizados en paquetes como "metabolismo de las grasas" o "necesidades particulares de nutrientes". El resto entra, se supone, dentro del secreto comercial. Cada compañía diseña su test o su particular interpretación de un mismo test. Es importante destacar que las decisiones sobre los genes analizados y las variantes del ADN consideradas no proceden, en su amplia mayoría, del conocimiento generado por investigaciones propias, sino del conocimiento científico producido en instituciones públicas y financiadas con fondos públicos.

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Desigualdad, esnobismo y extinción de especies: cómo destruye la naturaleza el capitalismo desregulado

A menudo se dice que la lucha contra la destrucción de la biodiversidad y contra la emergencia climática tiene que ser socialmente justa o no tendrá éxito. Esta afirmación suele basarse no solo en argumentos éticos, sino en razonamientos pragmáticos – si los sectores más desfavorecidos no pueden acceder a los cambios necesarios en sus bienes, recursos o estilo de vida sin renunciar a su bienestar, su salud o su mera supervivencia, lucharán contra estos cambios con todas sus fuerzas. Pero hay un motivo aún más importante: el elitismo y la desigualdad que el capitalismo desregulado genera, y sobre los que se sostiene, son uno de los principales destructores de la biodiversidad del planeta y de su capacidad para resistir los brutales cambios que está causando ya el cambio climático.

Uno de los ejemplos más claros del impacto del elitismo y la desigualdad en la biodiversidad fue evidenciado por el trabajo del economista Fran Courchamp. El proceso, que en el alambicado lenguaje académico se denomina "efecto Allee antropogénico", es relativamente sencillo. La teoría económica estándar predice que la explotación de especies silvestres nunca debería causar su extinción, ya que conforme una especie se va haciendo más rara, el coste de encontrar individuos aumenta hasta hacer su explotación improductiva. Por desgracia, los modelos matemáticos de Courchamp dejaban claro que la predisposición humana a darle un valor exagerado a la rareza causa la explotación desproporcionada de las especies raras, hasta conducirlas a la extinción. Esta predicción es extraordinariamente alarmante, ya que la retroalimentación positiva entre explotación y rareza haría que cualquier especie rara esté condenada a la extinción, por el mero hecho de serlo. Y lo es, sobre todo, cuando la predilección por la rareza va más allá de hacer que los costes crecientes no desanimen a los compradores: cuando la rareza en sí misma es la que hace a la especie más deseable, la demanda aumenta conforme la especie se desliza hacia la extinción, haciendo esta prácticamente inevitable.

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Se va Margarita Salas, queda su legado y su ejemplo

La Biología Molecular se nos ha quedado huérfana. Hemos despedido a Margarita Salas, una de nuestras científicas más ilustres, una investigadora incansable, un icono inspirador para toda una generación de científicas y científicos españoles. Nos deja un legado sobre el que podemos, todas y todos, auparnos 'en hombros de gigantas', y supone un ejemplo que ayuda a dar seguridad y confianza a todas las jóvenes que planean, inician o desarrollan ahora su carrera científica. 

Gracias al estudio de un virus que infecta bacterias, phi29, Margarita contribuyó de forma crucial a entender el mecanismo de copia del ADN. Consiguió un enorme éxito, reconocimiento mundial y una considerable contribución a la caja común; de hecho, es creadora de una de las patentes más rentables de la historia de España. Se granjeó el prestigio y el reconocimiento de la comunidad científica internacional a base de tesón y de trabajo duro.

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Ciencia de todo a cien

Uno de los mitos recientes más repetidos sobre la ciencia española es que el crecimiento de su productividad no ha ido acompañado de un crecimiento paralelo en calidad. Cuando había más inversión –se argumentaba– publicábamos muchos papers pero pocos "Sciences y Natures". Y cuando la inversión cayó, se concluyó con todo cinismo, lo que lastra la calidad de nuestra investigación no es la falta de fondos, sino "el exceso de investigación de mala calidad".

Como hemos explicado reiteradamente, este mito se apoya en un análisis interesado que ignora el papel de dos variables esenciales: la inversión en I+D, y la infraestructura y capital humano que esta asegura. Los datos demuestran, por ejemplo, que hasta el desmantelamiento de la inversión en I+D impuesto tras la crisis, la I+D de los países del sur de Europa (a los que ciertos medios se referían entonces con el ofensivo acrónimo PIIGS) mostraban una elevada productividad de Europa por euro invertido. Y lo eran trabajando con unos recursos y en unas condiciones que, en manos de un cineasta, se parecerían mucho a los avatares de los personajes de Tocando el viento, Full Monty o Los lunes al sol.

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Saltándose acuerdos internacionales, el nuevo gobierno municipal de Madrid se aleja del conocimiento científico

Los pactos que han suscrito los tres partidos de la derecha española para sacar de su puesto a la última alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, van completamente en contra de las directrices y acuerdos internacionales que ha firmado España en general y Madrid en particular en materia de medio ambiente y salud. Estos pactos, que pueden verse resumidos aquíaquí, van más allá de saltarse acuerdos internacionales como el de París sobre cambio climático, o las directivas europeas en esta materia que Bruselas nos recuerda constantemente. Se saltan la evidencia científica sobre los problemas para la salud tanto de las personas como del planeta que se generan con el tráfico anterior a Madrid Central. Eliminar Madrid Central, soterrar la Gran Vía, construir infraestructuras en Madrid Norte o en la A-5 que pretenden incrementar el tráfico en el centro de esta gran ciudad son propuestas insostenibles en pleno siglo XXI, por mucho que hayan sido promesas electorales.

Estas propuestas, negando la contribución de Madrid al cambio climático y el impacto de una atmósfera sucia sobre la salud, van exactamente en contra de todos los acuerdos entre los alcaldes de las principales ciudades del mundo y en contra de todas las iniciativas que aglutinan ciudades de distintas regiones del planeta. Porque no hay ni una sola red o consorcio o agrupación de ciudades que se hayan reunido para emitir más carbono a la atmósfera, para exponer más a las personas a las partículas y gases resultantes de la quema de combustibles fósiles, ni para facilitar el tráfico de un número creciente de vehículos a expensas de contaminar localmente y activar el calentamiento de la atmósfera a nivel global. Ni una. Y existen muchas para todo lo contrario, como el pacto global de los alcaldes del mundo o la red C40 y el CDP-Cities a nivel internacional y la Red Española de Ciudades por el Clima a nivel nacional. Redes estas últimas en las que, como es lógico, está Madrid. ¿Pensará el nuevo equipo municipal dar de baja a Madrid en todas estas alianzas, redes y pactos nacionales e internacionales por la salud de las personas y del planeta?

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Titulitis o la mercantilización de la formación superior

Hemos visto en las últimas semanas un gran trasiego de títulos universitarios en los medios de comunicación, con el máster irregular de Cristina Cifuentes, que ha terminado empujando a la dimisión de todos sus cargos políticos, ocupando una gran atención. Hemos asistido a la perplejidad de la expresidenta de la Comunidad de Madrid por el mero hecho de hacerse público que hubiera comprado un título de máster. La perplejidad ha sido probablemente genuina ya que nadie se escandaliza si compra una lubina o un solomillo. Cierto que la compra del título involucró en este caso la falsificación de documentos públicos y esas cosillas, pero al fin y al cabo eso es como cuando le quitan la grasa sobrante al solomillo en la carnicería o las escamas y tripas a la lubina en la pescadería, ¿sabe usted?

Para entender la sorpresa de Cifuentes es necesario comprender el contexto político y social en el que se desarrolla la obtención fraudulenta de su título. Y ese contexto incluye, en primera página, la mercantilización de la “formación”. Hace unos días, El País publicaba un artículo explicando que la empresa privada cada vez se fija menos en los títulos universitarios a la hora de contratar personal. Si en los años 70 del pasado siglo un título universitario poco menos que garantizaba un buen empleo de por vida (sobre todo en determinadas profesiones), hoy en día miles de jóvenes en paro acumulan títulos universitarios como el que colecciona cromos y con similares efectos sobre su futuro laboral.

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La Constitución española no está totalmente ratificada por el pueblo español

Algún lector se preguntará a qué viene un post sobre la Constitución en estas fechas y publicado en un blog de ciencia (crítica, de acuerdo, pero ciencia al fin y al cabo). La ciencia nos enseña a ser rigurosos y precisos y nos instruye en una mirada exhaustiva de los detalles. Y con esta mirada hemos revisado un documento clave para nuestro país y hemos encontrado un descuido en apariencia ‘pequeño’ – pero con posibles implicaciones que deberían invitarnos a reflexionar.

En la página web de la Agencia Estatal Boletín Oficial del Estado cuelga el siguiente archivo. En la primera página del PDF nos informan de que el archivo contiene el texto de la Constitución Española, “aprobada por Las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978”, “ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978” y “sancionada por S.M. el Rey ante Las Cortes el 27 de diciembre de 1978”. Pero detengámonos un momento y vayamos a las páginas 38 y 39 del documento PDF y leamos el artículo 135. Comienza así:

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La política del maquillaje no funciona con la ciencia

Complicando la ejecución del gasto y maquillando las cifras, el Gobierno juega con el mensaje de “España va bien”. Pero los datos son tozudos. Y los investigadores lo somos aún más. Si en un post anterior nos preguntábamos retóricamente por qué el Gobierno dificulta la ejecución del gasto en investigación y ciencia, ahora nos preguntamos “¿A quién quiere engañar con la manipulación de los datos?”. La estrategia de apoyar la investigación con préstamos y créditos, sabiendo que una gran parte no llega ni a solicitarse, y de poner cada vez más trabas a la ejecución de los menguantes presupuestos de subvención directa, lleva años dando los resultados esperables: cada vez se invierte menos en el presupuesto de I+D+i. No hablamos de una reducción pequeña ya que la combinación de recortes y trabas a la ejecución del presupuesto lleva a una inversión actual que es la sexta parte de la que se realizaba hace ocho años.

La estrategia seguida permite enmascarar la brutal reducción de la ‘inversión’ en investigación y desarrollo. Se mantiene aparentemente estable el nivel de recortes de los presupuestos desde 2011 pero en realidad entre uno y dos tercios de ese presupuesto se queda sin gastar. Claro que la estrategia sí que es buena si el objetivo no es impulsar la investigación científica sino sólo aparentar que se impulsa, guardando ese dinero para otros asuntos. La cuestión llega a levantar ampollas cuando parece que se quiere transmitir la idea de que la falta de gasto en I+D no responde a una falta de voluntad política por invertir en ciencia, sino a la incapacidad de los investigadores para gestionar bien los recursos de los que disponen. Además de levantar ampollas, por ofensiva y humillante, esta situación allana el camino para futuros recortes, ya que es práctica común en la Administración ajustar a la baja los presupuestos de un año cuando en el anterior no se ejecuta todo lo que se había asignado.

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Agricultura familiar y desarrollo sostenible

Cada alimento que nos metemos en la boca tiene una historia por detrás. Aparte de su sabor, el alimento trae consigo el lugar donde lo hemos comprado, su zona de producción, su productor y las prácticas que éste ha utilizado para producirlo. Por eso, con cada bocado estamos ingiriendo toda una historia y toda una cultura. Noción esta última muy bien encapsulada en la cita del geógrafo Jean Brunhes “Comer es incorporar un territorio” ("Manger, c'est incorporer un territoire").

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La política científica entra en la era de la post-verdad

Junio de 2012. Después de una década prodigiosa, que combinó un moderado incremento en el gasto, la estabilidad en las fechas y plazos de las convocatorias, y una mayor predictibilidad de la carrera investigadora, se multiplica la producción y calidad del sistema español de I+D, demostrando que el principal limitante no era el talento ni la capacidad de trabajo, sino la baja inversión y pésimo funcionamiento de sus políticas e instituciones.

Llega la crisis financiera. Otros países europeos reconocen que la I+D es imprescindible para salir de la crisis y hacen denodados esfuerzos por mantener el nivel de inversión. Pero en España el nuevo gobierno, que promete enderezar la economía, recorta drásticamente los presupuestos de I+D y degrada a su antiguo ministerio a una mera secretaría de estado del ministerio de economía. Su máxima responsable, Carmen Vela, escribe un artículo en la revista Nature justificando su estrategia política con dos argumentos. Uno: la I+D española está sobrefinanciada. Se eliminarán gastos superfluos, reduciendo el número de investigadores. En el futuro, “solo los investigadores que demuestren que están contribuyendo a ampliar los límites del conocimiento” tendrán cabida en el sistema. Dos: el recorte en la financiación pública de la I+D se acompañará de un aumento de la financiación privada. Según la nueva Estrategia Nacional de I+D+i, la contribución privada debe pasar del 0.60% del PIB en 2012 al 0.73% en 2016.

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