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Nuria del Viso

Periodista, antropóloga y D.E.A. en Paz y Seguridad. Trabajó en prensa económica y técnica (Actualidad electrónica y Cinco Días, 1987-1992) antes de reorientarse hacia el “tercer sector”: voluntaria como profesora de español en la enseñanza pública en Guyana (1993-1995); en Sudán (1996-1998) colaboró con la ONG irlandesa GOAL y coordinó el boletín de noticias de la ONU en Sudán; trabajó para el departamento de comunicación de Ayuda en Acción (1999-2002); y desde 2004 trabaja en FUHEM (CIP y FUHEM Ecosocial) en cuestiones de paz y seguridad y en conflictos socioecológicos.

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Donde los contrapoderes de barrio echan raíces

Entre la barricada y el nuevo mundo ¿Qué entendemos por contrapoder?

El principal rasgo que tiene el ejercicio del poder es que irremediablemente genera resistencias, como de forma minuciosa estudió Foucault. No hay sociedades armónicas: los conflictos de intereses entre distintos grupos sociales son una constante a lo largo de la historia y probablemente son el principal motor del cambio en nuestras sociedades. El contrapoder aparece como el mecanismo de acción colectiva por el que los agravios padecidos por los grupos sociales subordinados u oprimidos se politizan, ya sea en forma de rebeldías silenciosas que perviven latentes en la vida cotidiana i o mediante desafíos declarados abiertamente en la esfera pública.

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Conflictos socioecológicos, una cuestión de límites

Los foros y cumbres en torno al cambio climático, como el I Foro por el Clima celebrado en el Congreso de los Diputados en diciembre pasado, y los efectos cada vez más visibles del cambio climático han ido creando una conciencia en nuestras sociedades de la responsabilidad de las actividades humanas en la generación del calentamiento global y sus consecuencias desiguales e injustas sobre diferentes grupos sociales. Mucha menor visibilidad reciben otro tipo de actividades económicas humanas, aunque con impactos tan graves y más inmediatos que el cambio climático: la extracción acelerada de energía y materiales.

La actividad extractiva abarca desde la minería a gran escala a la agricultura industrial de monocultivos, pasando por la tala de madera para la exportación en bosques originarios, la construcción de presas que anegan enormes espacios o infraestructuras de transporte que fracturan el territorio hasta lo más profundo de las selvas, y, por supuesto, la extracción de petróleo y gas, motivo de conflictos e invasiones aún en el siglo XXI. En estas actividades desempeñan un papel muy destacado las empresas transnacionales, que operan arropadas por los estados.

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¿Cambio climático S.A.?

Hace apenas unos días conocimos el desprendimiento de un iceberg gigante del casquete de la Antártida que nos recuerda por enésima vez que algo anda muy mal en el ecosistema planetario. La larga trayectoria de mercantilización de la naturaleza y privatización de bienes comunes ha cobrado especial intensidad en las últimas cuatro décadas. Durante esta etapa, el neoliberalismo actúa despolitizando cuestiones políticas y presentándolas libres de ideología, como si fueran problemas neutros que precisan soluciones técnicas. Y así está ocurriendo en el tratamiento del cambio climático. Las élites están presentando la desestabilización del clima como un problema estrictamente ambiental ‒climático‒, prácticamente como si resultara inevitable, como una catástrofe natural más que tan solo precisa de una adaptación. Pero este planteamiento esconde una parte importante de la realidad. Es cierto que la crisis climática entraña elementos técnicos derivados de un exceso de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, sumidero natural ahora saturado. Pero junto a ellos aparecen de forma inseparable aspectos políticos. De ahí que resulte crucial cómo se está enmarcando y definiendo la cuestión climática, porque de ello dependerá la forma de encarar el calentamiento global y las respuestas que se van a ofrecer.

En primer lugar, el calentamiento global tiene raíces antropogénicas, es decir, está causado por las actividades humanas. El análisis de las causas del fenómeno nos remite a un modelo de sociedad altamente dependiente de los combustibles fósiles que se gestó en Europa a partir de la revolución industrial. Pese a algunos tímidos esfuerzos, las emisiones crecen a un ritmo cada vez más rápido, lo que ya va a causar un aumento irreversible en la temperatura del planeta. Nuestras decisiones inmediatas se mueven en un estrecho aunque fundamental margen de maniobra que determinará si ese aumento es de 2 ºC (escenario manejable), o llega hasta los 6 ºC (escenario catastrófico).

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