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Rubén Martínez Moreno

Rubén Martínez es investigador en el Instituto de Gobierno y Políticas Públicas (Universidad Autónoma de Barcelona). También es miembro de La Hidra Cooperativa y del Observatorio Metropolitano de Barcelona (Fundación de los Comunes) 

Los efectos de la cultura como recurso

Los dos Planes Estratégicos de Cultura de Barcelona, lanzados respectivamente en los años 1999 y 2006, enmarcan simbólicamente un ciclo histórico en la ciudad. Se trata de casi dos décadas durante las cuales las políticas oficiales han otorgado a la cultura un papel relevante como motor económico y herramienta de integración ciudanana. Al leer hoy el Plan del 2006, nos damos cuenta sobre todo de la incapacidad de las élites políticas de la ciudad para focalizar de manera global la doble crisis económica y de régimen político en la que estamos sumidos. Una crisis a la que no es ajena la propia práctica de la gestión pública ejercida por esas mismas élites a lo largo del tiempo.

La concepción del papel de la cultura que destilan estos Planes oscila entre un idealismo reformulado por los intereses institucionales y un tecnocratismo indisimulado. Como explicábamos en un artículo anterior, la cultura ha servido ejemplarmente en la ciudad de Barcelona como un "recurso", depositándose en las políticas culturales la función de operar como un ejercicio de "excelencia" creativa individual, como una "industria" activadora de la matriz productiva y como una práctica "cohesionadora" del tejido social. Pero debemos a fecha de hoy someter a un severo diagnóstico las tendencias generales que dichos Planes han producido, empezando por cómo la cultura ha sido utilizada como una forma de gobierno urbano que homogeneiza la ciudad a la que se dice querer promover en su diversidad.

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La cultura cuenta

"La cultura cuenta". Así lo afirmaba James D. Wolfensohn en 1999 cuando, siendo presidente del Banco Mundial, impulsó una concepción de las políticas culturales como recurso para el desarrollo económico. Desde entonces hasta ahora, hemos asistido a la creciente aplicación internacional de parámetros económicos neoliberales a la producción, distribución y consumo de bienes y servicios culturales. Pero antes del cambio de siglo, la cultura venía cumpliendo también una función dinamizadora en ciertos modelos neoliberales de desarrollo urbano y regional. En suma, hace varias décadas que la cultura ha venido sirviendo como instrumento para gobernar nuestras sociedades y para mercantilizar nuestras ciudades. No escasean los ejemplos cercanos. Ahí tenemos las diversas políticas culturales que después de la Transición Democrática sirvieron en España para construir un imaginario de modernización socialdemócrata, en Cataluña para reforzar un esencialismo identitario nacionalista y en Barcelona para rehacer la ciudad y hacer de ella una marca.

Barcelona ha sido reconocida internacionalmente como un laboratorio de la cultura en tanto que recurso para la remodelación urbana y para vender una identidad propia en el mercado competitivo de las ciudades globales. Exactamente el mismo año de las declaraciones arriba citadas sobre la nueva función de la cultura en las políticas del Banco Mundial, el Ajuntament de Barcelona aprobaba su primer Plan Estratégico de la Cultura, inmediatamente posterior a la creación del Institut de Cultura de Barcelona (ICUB) en 1996. El plan buscaba fomentar que toda una serie de recursos culturales tuviera un papel central en la construcción de Barcelona como una capital global. Este Plan suponía una adaptación de la visión que entonces era hegemónica sobre las "industrias creativas" como estrategia política y de mercado, de acuerdo con el modelo anglosajón que instauraba ese documento ya histórico que fue el Creative Industries Task Force emitido en 1998 por el primer Gobierno británico de Tony Blair. Dicho informe ejecutaba una reversión crucial: transformaba el concepto de "industria cultural" (un enfoque crítico sobre la función de la cultura en la manipulación de masas, propuesto en la década de 1940 por los filósofos marxistas alemanes Adorno y Horkheimer durante su exilio en Estados Unidos), convirtiéndolo en las "industrias creativas". No se trataba de un cambio conceptual meramente especulativo: las industrias creativas venían en auxilio de la incertidumbre económica, el desempleo masivo y la tensión social que provocaban las oleadas de desindustrialización requeridas por la mutación del modelo de producción capitalista a escala global.

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"Dejadnos hacer política con la cultura"

En 2008, un pequeño grupo de personas del sector cultural se manifestó delante del Teatre Kursaal de Manresa (Barcelona) durante la entrega de los Premis Nacionals de la Cultura de Catalunya. El entonces consejero de Cultura de la Generalitat, Joan Manuel Tresserras, hizo un gesto que dejó boquiabierto a todo el mundo. Acabada la ceremonia, bajó a hablar cara a cara con quienes le increpaban por elegir a dedo al director del Centro de Arte Santa Mónica, espacio ubicado al final de Las Ramblas de Barcelona.Los manifestantes esgrimían que esos modos de hacer eran una forma de secuestrar el debate sobre la función pública de la cultura en la ciudad. El conseller aguantó estoicamente todas las interpelaciones y contestó una por una a todas las preguntas.Dejando a un lado esa actitud sorprendente en un político, dispuesto a dar explicaciones de primera mano, lo relevante fue uno de sus argumentos clave. Para justificar su decisión, Tresserras fue directo a la rebaja de las políticas culturales. "Dejadnos hacer política", dijo. O lo que es lo mismo, ¿acaso no es legítimo que el conseller de Cultura haga política con la cultura? Se supone que alguien designado para pensar e implementar políticas de lo considerado “cultural” debería poder hacer justo eso.A su vez, el conseller reprochaba que no se ejerciera el mismo control sobre otros departamentos con competencias en el ámbito cultural de la ciudad. "A ellos sí les dejáis hacer política". El argumento no era del todo malo: esos departamentos podían decidir quién dirigía un centro u otro sin que el sector cultural intercediera. A esos otros departamentos –creía Treserras– sí se les dejaba hacer política con la cultura.

Un consejero de Cultura puede elegir a dedo al director de un centro cultural ya que es uno de sus instrumentos para materializar su idea de qué es la cultura. Ese era el mensaje. Se descartaba la posibilidad de convocar un concurso público para nombrar al nuevo director –una exigencia que el sector cultural creía haber conquistado– bajo el convencimiento de que la persona elegida era "la más indicada para liderar el proyecto".Esa es una de las bases de la política cultural: una persona autorizada tiene unos convencimientos de qué es y cómo se hace la cultura y actúa en consecuencia. Eso pensaba Joan Manuel Treserras. Eso mismo pensaba el ilustrado André Malraux hace medio siglo. Ambos creyeron que son necesarias personas como ellos para señalar qué cultura quiere la ciudadanía. Malraux dejó sus cargos tras el Mayo del 68, movimiento del que, por cierto, no fue especialmente simpatizante. Hoy, y en plena revolución democrática, la cultura institucional sigue pensándose como un recurso que debe ofrecer réditos políticos.Un día después de la dimisión de Marçal Sintes, el escritor y periodista Vicenç Villatoro ha sido nombrado nuevo director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Villatoro fue diputado de CiU en el Parlament de Catalunya entre 1999 y 2002. Director general de Promoción Cultural de la Generalitat entre 1997 y 2000. Y el Consell General del Consorci del CCCB, órgano presidido por la Diputació de Barcelona, ha elegido a Villatoro como el más indicado para prescribir la cultura de la ciudad. Estas formas de entender la gestión de los equipamientos culturales se han sedimentando en las arquitecturas institucionales, incapaces de estar a la altura del momento que vivimos. Como señala Bani Brusadin, director del festival The Influencers y colaborador del CCCB, "la elección a dedo del director de una de las instituciones culturales con mayor presupuesto y legitimidad cultural de la ciudad es un escándalo. Pero lo escandaloso es también que esta elección no sea el capricho de un gobernante sino que forme parte de los estatutos legales de la institución y que en más de 20 años nadie haya dicho nada ni planteado alternativas".Una vez más, el tema no es si el dedo elige bien o mal, esto es poco menos que una consecuencia. El verdadero problema es no poder debatir sobre la función pública de la cultura o, como mínimo, revisar el carácter democrático de sus instituciones. El problema es que no podemos tener un debate político abierto sobre la función pública de la cultura institucional.

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