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Yayo Herrero

Antropóloga, Educadora Social e Ingeniera Técnica Agrícola; profesora-colaboradora de la Cátedra Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible (UNED); socia fundadora de Garúa S. Coop. Mad;  coautora de más de una decena de libros relacionados con la ecología social y de numerosos artículos; miembro del consejo editorial de Hegoa y de los consejos de redacción de Ecologista y Papeles. Miembro de Ecologistas en Acción.

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El ecologismo social, el feminismo radical y el antirracismo no son cuestiones periféricas de la izquierda

En las últimas semanas se ha generado un necesario, aunque gratuitamente agrio, debate sobre algunas cuestiones nodales cara a construir un movimiento emancipador e incluyente.

Un artículo de Anguita, Monereo e Illueca sobre el Decreto Dignidad en Italia abría la caja de los truenos e hizo saltar todo un repertorio de contestaciones que, desbrozadas algunas de ellas de ironías, tergiversaciones y descalificaciones, van aportando las piezas necesarias para comprender la complejidad del contexto en el que se debe repensar "la izquierda".

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Carne humana

Según el diccionario, carne es la parte blanda del ser humano y de algunos animales, formada fundamentalmente por músculos del cuerpo. En una cultura antropocéntrica como la nuestra, los individuos no humanos son frecuentemente reducidos al estado de carne.

La valoración de la vida animal como simple carne supone la transformación de muchos seres vivos en una mercancía. Se cree que su vida tiene sentido solo porque es útil para los seres humanos y los mercados. Pero muchos seres humanos son considerados también carne. Carne viva con capacidad de trabajo, carne que puede ser explotada para hacer crecer la economía y engrosar las ganancias de otros que no se consideran carne ni cuerpo.

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Marina y los buscadores de cobre. Sobre extractivismo y expulsiones

O Pino es un pequeño municipio de A Coruña. Marina nació allí, hija de padre y madre castellanos a los que la tierra gallega se les pegó tanto, tanto, que les cambió hasta el habla, y ahora ya no pueden hablar sin cantar.  

Marina y la carballeira de al lado de su casa son un todo. Respirando tanta tierra, se convirtió en la mejor descubridora de tréboles de cuatro hojas que conozco, en cuidadora de bichos, animales y plantas, en una ecologista de las buenas y en una rebelde ante las injusticias contra la gente y contra la tierra. Hace apenas dos años comenzó a estudiar medicina. Tanto entrenamiento en cuidar lo vivo no podía tener otro final.

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La fresa en Huelva: 46 calorías por cada 100 gramos

En las últimas semanas, temporeras de la fresa en Huelva han denunciado abusos sexuales y amenazas por parte empleadores o capataces. Se ha señalado la falta de procedimientos y perspectiva de género, la opacidad sobre el número de mujeres que trabaja y las condiciones en que lo hace. Siendo cierto, creo, sin embargo, que no estamos solo ante un problema de falta de protocolos. Es un problema structural que tiene que ver con la noción de producción, con la trasformación de la agricultura en un proceso industrial, centrado en la maximización de los beneficios, que explota personas y naturaleza en un contexto patriarcal.

Esta vez el tema saltaba a la esfera pública a través de un reportaje de la revista alemana Correctiv y Buzzfeed News, que denunciaba los abusos hacia las jornaleras en España, Italia y Marruecos.

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Por mí y por todas mis compañeras: el ataque a la economía social y solidaria

En las últimas semanas se está produciendo un importante ataque desde dos grandes medios de comunicación, El Mundo y El País, a las empresas de la Economía Social y Solidaria que trabajan con el Ayuntamiento de Madrid, así como a varios concejales, asesores y quizá de fondo a la alcaldesa. Se inventan una "trama" y sueltan nombres de personas que trabajan en la economía social o trabajaron en ella y hoy lo hacen en el Ayuntamiento. Las personas nombradas no tienen capacidad de contratación de servicios, pero se insinúa que la tienen y que usan su poder para crear una red clientelar.

No es una novedad. Desde 2015, el intento de descrédito mediático ha sido una constante. De forma recurrente, los nombres de personas y empresas de la economía social se han utilizado como arma arrojadiza contra el gobierno de Ahora Madrid.

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Arrancar los pelos del corazón

Uno. El verano de 2012, miembros  del Sindicato Andaluz de Trabajadores llevaban a cabo una acción de expropiación forzosa de alimentos destinados a comedores sociales. La acción fue calificada de robo y generó no pocas páginas de ridiculización, difamación y criminalización de los autores de la acción.

Dos. En 2013, la policía nacional detenía a dos personas, e identificaba a varias más, por intentar impedir el desahucio de una mujer de 87 años con Alzheimer, y de su hijo, de 51, en Triana (Sevilla). Las detenciones e identificaciones en acciones encaminadas a parar desahucios no son hechos aislados.

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La catástrofe es no hacer nada

A comienzos de los 70 se publicaba el informe Meadows sobre los límites al crecimiento. Han hecho falta más de 40 años para que las élites mundiales reconozcan, al menos en los discursos, lo que el movimiento ecologista llevaba advirtiendo desde hacía décadas: de no afrontar una profunda y rápida transformación de los metabolismos económicos, enfrentaremos una gravísima desestabilización global de los ecosistemas y ciclos naturales con desastrosas consecuencias sobre los territorios y la vida. 

Lo que llamamos economía es un potente sistema digestivo que devora, a toda velocidad, minerales, petróleo, bosques, ríos, especies y personas, y defeca gases de efecto invernadero y residuos peligrosos que envenenan la tierra, el aire o el agua. El edificio del capitalismo globalizado se ha construido sobre la quema acelerada de carbón, petróleo y gas natural desencadenando el cambio de las reglas del juego que han organizado el mundo vivo durante los últimos milenios. 

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¿Por qué la huelga feminista es también una huelga de consumo?

El sistema económico dominante se sostiene sobre la tríada producción, consumo y crecimiento. Llama producción a todo aquello que hace crecer la riqueza, medida exclusivamente en términos monetarios, independientemente de que lo producido - bienes y/o servicios - sirva o no para satisfacer necesidades humanas.

La producción tiene como finalidad hacer crecer la economía, interpretando que ese crecimiento económico es el que permite garantizar las condiciones de vida de las personas. El crecimiento y el dinero se transforman en una creencia: creemos y sentimos que, más que necesitar alimentos, casa, salud o agua, lo que necesitamos es dinero.

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Un diálogo abierto, necesario y urgente para Madrid

En 2012, el huracán Sandy dejaba a oscuras Manhattan. Solo permanecía completamente iluminada la torre de Goldman Sachs.

El suceso no pasaría de la pura anécdota si no fuese por dos cuestiones básicas. Es una buena metáfora de la vulnerabilidad de las ciudades ante los riesgos que comporta la combinación de cambio climático, declive de energía y materiales y desigualdad creciente. En segundo lugar, es la prueba material de que el poder económico se está adaptando y blinda sus intereses ante un contexto incierto, mientras asistimos a una exasperante y lenta reacción por parte de quienes tienen la obligación de proteger el interés común.

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Ocupar, habitar, vivir

Estamos viviendo un momento plagado de tensiones y fracturas. Poco a poco el telón espeso que cubría el saqueo de bienes y la especulación que denunciábamos las últimas décadas, se pudre. Entre los jirones se desvela la tramoya que sostenía la escena: una corrupción estructural como forma política más o menos generalizada. Mientras tanto, a este lado del escenario, la vida se ha hecho precaria para muchas personas. Las costuras del régimen van saltando y se manifiesta en incertidumbre e inseguridad en múltiples dimensiones de la vida cotidiana: el acceso a los bienes básicos, la expulsión a los márgenes de la sociedad, la falta de pertenencia y el aislamiento, el miedo… Ante esta situación, necesitamos recomponer la vida en común.

En una interesantísima  entrevista que le hacían en enero de este mismo año, Ada Colau exponía honestamente y sin tapujos que "la institución, que tiene que gestionar lo posible, lo real, lo imperfecto, va asociada a inercias que tienden al conservadurismo, y no a la ruptura. (…) A mí me toca gobernar y, por tanto, tomar decisiones cada día, y negociar... Lidiar con la imperfección". En esta misma entrevista Ada Colau añadía: "Necesito que Barcelona esté más viva que nunca, más exigente que nunca, más movilizada que nunca... No delegando más que nunca. (…). Como alcaldesa, reconozco al activismo de mi ciudad en el sentido más amplio y plural de la palabra, como un interlocutor principal. Cosa que otros no han hecho. Y considero que es fundamental que en una ciudad haya movilización y, como gobierno municipal, le damos el máximo reconocimiento. Pero yo no tengo que representar al activismo".

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