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Sobre este blog

Barbijaputa es el seudónimo de la articulista que encontrarás bajo estas líneas. Si decides seguir leyendo darás con artículos y podcasts sobre el único feminismo sensato que existe: el radical.

Por amor

La mitad de los niños nacen en parejas que no están casadas.

Barbijaputa

"El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa", Kate Millet.

A las mujeres nos clasifican al nacer mirando simplemente nuestra entrepierna. Si tienes una vagina te agujerean las orejas y empiezan los mandatos de género. Empiezan desde antes incluso que puedas entenderlos. Cuando todavía no puedes analizar de qué va el mundo, tu entorno no ha perdido el tiempo y te ha caracterizado y vestido de manera que la sociedad pueda identificarte como niña. Poco a poco irás asimilando que formas parte de la mitad de la sociedad que ha de abrazar un cierto número de conceptos hechos para ti, entre los que se encuentra el amor romántico.

Los mandatos de género vienen incluso de personas que queremos y nos quieren, luego estamos completamente abiertas y confiadas a que así deben de ser las cosas. Personas de nuestra confianza nos llevan a ver películas de dibujos animados que fomentan esa idea tóxica y machista de cómo hemos de amar, y la sociedad entera parece estar de acuerdo en que las chicas encontraremos al hombre de nuestros sueños, que es sólo uno, y que puede ocurrir en cualquier momento. A la vuelta de la esquina puede estar ese hombre que te completará, porque tú a solas estás incompleta. Las niñas y adolescentes viven en una perpetua alerta romántica, porque si algo nos dejan claro es que nuestra mitad está en cualquier lugar y momento, y no podemos perder ese tren en un despiste, o nos quedaremos como medias mujeres. Como esas mujeres denostadas que viven solas, sin criaturas, y que envejecen rodeadas de gatos. Crecemos con miedo a convertirnos en ese tipo de medio-mujer.

Para cuando nos enamoramos de alguien, ya estamos completamente intoxicadas por el mito del amor romántico que nos ha dictado cómo son las cosas en este sentido. Sólo hay que escuchar cualquier canción de amor, ver cualquier serie o película romántica, o leer cualquier libro sobre el tema: los celos son síntoma inequívoco de que amas o te aman, y el sufrir por amor es ya el superamor, el amor elevado a su máxima potencia, porque “quien bien te quiere, te hará llorar”.

El patriarcado, sin embargo, describe y enseña que el amor no es lo mismo para las mujeres que para los hombres. Para nosotras sólo hay una forma lícita y decente de amar: incondicionalmente. Hemos de ser amante abnegadas, fieles, acríticas, pacientes, pías, vírgenes, santas. Una mujer que empieza una relación debe ser una mujer cuya escala de preferencias presentes dé la vuelta para adaptarse a lo que el patriarcado ha diseñado para ella como “amor verdadero”: antes que tú, tu ocio, tu carrera o tus inquietudes está tu pareja, que es la que te dará criaturas, porque ¿dónde vas con ese útero sin darle uso? ¿qué es eso de vivir en una relación sin parir? Por lo que dar prioridad al hombre te premiará con descendencia de que la, por supuesto, tendrás que cuidar y educar tú en mayor medida que él. Si tienes dudas sobre esto, tu alrededor estará lleno de frases como “el amor todo lo puede”. Se refieren a que tu amor todo lo puede, no el del hombre.

El concepto de amor que enseñan al hombre es completamente diferente: la fidelidad sin ir más lejos es opcional. De hecho, hasta 1978 en España estuvo penado que una mujer engañara a su marido: “cometen adulterio la mujer casada que yace con varón que no sea su marido, y el que yace con ella, sabiendo que es casada”. Por supuesto, el hombre que “yacía” con ella se libraba diciendo que no sabía que estaba casada. Para los hombres que engañaban a sus mujeres había un delito diferente, llamado amancebamiento. En este caso, la “amante” del hombre casado no podía librarse bajo ningún concepto de la responsabilidad penal, que podía incluir incluso el destierro.

Los hombres infieles sólo cometían delito si tenían una relación amorosa y duradera con su amante. Las mujeres infieles sólo tenían que tener sexo una vez para acabar siendo asesinadas por ley por su marido (si él así lo quería, amparado por la ley 'venganza de la sangre', que no fue abolida hasta 1963) o, con más suerte, con una pena de cárcel.

De aquellos polvos, estos lodos, naturalmente. Aunque hoy no hay ley discriminatoria en este sentido, la sociedad rechaza profundamente la idea de una mujer siendo infiel, y se encoge de hombros si es el hombre el adúltero. “Los hombres son así”, “está en su naturaleza”, “necesitan más sexo que nosotras”, “busca fuera lo que no le dan en casa”, etcétera.

El concepto de amor para ellos, además de carecer de exigencias como la fidelidad, también está desprovisto de la obligación de abnegación, de la santa paciencia, del “aguantar y aguantar” y, sobre todo, del “aguanta por tus hijos”. Los hijos y las hijas siguen siendo un tema materno. Si bien las cosas empiezan a cambiar en este sentido, es obvio que queda un largo camino por recorrer.

Al final, lo que los hombres entienden por amor se basa en gran medida en recibir. Recibir los cuidados que merecen, recibir trato preferencial por parte de sus compañeras de vida, poder centrarse en sus carreras o en su tiempo de ocio y que sean las mujeres las que le sigan y les sirvan de pilar para que todo esto sea compatible con tener las tareas domésticas atendidas y los niños y niñas criados, educados y amados. Los hombres se sienten así legitimados a exigir lo que cree que les pertenece cuando consideran que la mujer no está cumpliendo su papel. No tienen, además, que andarse con remilgos para exigir su porción extra de pastel, a diferencia de las mujeres. La violencia, la agresividad y la ira son monopolios de los hombres, y el saber encajarlas para mantener la paz familiar es cosa nuestra.

Esta forma de entender el “amor” es claramente un mito insostenible y misógino. Y en gran parte responsable de la violencia machista. Los asesinatos machistas son producto de la prepotencia que siente el hombre para dominar a la mujer, para controlarla y mantenerla dentro de los cánones que le han enseñado desde pequeño. Por eso muchos de los feminicidios ocurren cuando la mujer se dispone a separarse del hombre. Los derechos que las mujeres hemos logrado y el auge del feminismo hace que la crueldad de los asesinatos machistas haya incrementado, y no es casual o fortuito, es la reacción machista esperable de una sociedad misógina llena de hombres que han crecido con mensajes que consistían en “mereces una mujer bondadosa, fiel, cuidadora, paciente y abnegada”. Merecen a una Bella que les perdone, los soporte y los ame incluso cuando se comportan como Bestia.

Para ellos, una relación, es recibir todo lo imaginable sólo a cambio de proveer a la pareja o a la familia. Eso es lo que históricamente se les ha exigido en calidad de hombres, y es precisamente eso lo que hace más hombre a un hombre, más masculino, mejor. El hecho de proveer. Y tan calado está en la sociedad ese rol de género que aun cuando la mujer ya ha salido al mercado laboral y también provee, ellos no ven la necesidad de hacer más de lo que han hecho históricamente. Obviamente queda claro que las conquistas que hacemos por un lado las pagamos por el otro, y es que en una sistema patriarcal es imposible la verdadera igualdad.

El mito del amor romántico no acaba aquí, por supuesto. También lo componen ideas como no poder sentir atracción o deseos por otra persona, si eres mujer, obviamente. Los hombres eso no pueden evitarlo debido, de nuevo, a su naturaleza. El determinismo biológico es usado constantemente por el patriarcado para justificar al hombre y la violencia machista. También tenemos el concepto de exclusividad, que recae con mayor fuerza de nuevo sobre nosotras: el “eres mía o de nadie” es una frase recurrente y amenazante que se repite en relaciones donde hay violencia machista.

“La maté porque era mía” también es un expresión que todo el mundo conoce y tiene su razón de ser dentro del sistema patriarcal. Se basa en el derecho que el mito del amor romántico le otorga a los hombres para poseer a la mujer como si se tratara de una cosa, un objeto. Y, por lo tanto, si ese objeto hace como si tuviera vida y pensamientos propios, y decide alejarse, el hombre siente que puede destruir el objeto. Es suyo, de nadie más, y lo que hace la gente con sus cosas no es cuestión pública, sino privada. Por eso la violencia machista ha sido siempre entendida como violencia privada, y hasta hace relativamente poco no ha pasado a ser considerada como pública.

El feminismo busca abolir, entre otras cosas, este concepto de amor que nada tiene que ver con la igualdad o con la realidad y la complejidad de hombres y mujeres. Lucha también contra los estereotipos de género porque estos causan violencia siempre contra la misma mitad del mundo: las mujeres.

Muchos aún ven un tema baladí que las feministas denunciemos mandatos de género que consideran menores, y argumentan falazmente que las mujeres que de verdad luchaban eran las “feministas de antes”, las que luchaban por “cosas importante como el voto femenino”. No ven (o no quieren ver) que en cada denuncia y reclamación del feminismo de hoy hay elementos que conforman la base de la violencia que luego ven en titulares y telediarios. Esa violencia que, una vez consumada, achacan a “un loco que” y no simplemente a “un hombre sano”, como demuestran los datos una y otra vez.

Este San Valentín volverá a llenar las calles de todas las ciudades con frases y consignas que fomentan y perpetúan la violencia contra las mujeres. Llenos de tiendas con pasillos separados con regalos para él y regalos para ella. Estanterías rosas y estanterías azules, para que no te pierdas.

Ponerse las gafas violetas para observar la realidad tal y como es en vez de cómo nos han enseñado a distorsionarla es vital para nosotras.

Ser feminista, entre otras mil formas de empoderamiento, es aprender un concepto sano del amor en pareja, un amor que sí merece la pena vivir, y que es liberador en todos los sentidos.

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