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Algo más que una rebelión de pocholos

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Hablamos de Isabel Díaz Ayuso. Siempre da motivos. Si no es por sus insultos a Sánchez es por sus humillaciones a Feijóo, por su populismo, por sus astracanadas, por su osadía, por los turbios negocios de su pareja, por su ático de Chamberí, por el desvío de fondos públicos al grupo Quirón, por su desprecio a las víctimas de las residencias de mayores, por su protección a presuntos acosadores, por su chulería manifiesta… 

Por todo con lo que cualquier otro dirigente político se habría ganado a pulso la crítica unánime de propios y ajenos y, sin embargo, a ella le sale gratis, unas veces por la lluvia de millones que reparte entre los medios y agitadores amigos y otras porque al actual líder del PP no le conviene el enfrentamiento con quien trituró a su antecesor en el cargo, Pablo Casado. 

Triturar es un verbo que conjugan a menudo en la Puerta del Sol. Esta vez le ha tocado el turno al consejero de Educación de su gobierno, Emilio Viciana, un gran desconocido para la opinión pública y gran parte de la publicada como el resto de su gobierno. Y es que aunque el gabinete lo integran nueve consejeros, la realidad, la cuente Agamenón o su porquero, es que todo está en manos de su jefe de gabinete, ni siquiera de la presidenta. Ahí no se toma una decisión ni se mueve un papel que antes no haya pasado por Miguel Ángel Rodríguez, la mano que mece la cuna de la política madrileña. 

Sin embargo, hay señales de que, tras años de silencio, condescendencia, blindaje político y mediático y halagos bochornosos, algo se mueve contra la inquilina de Sol. Dentro y fuera del PP se escucha el eco de un ¡basta ya! que denota el hartazgo con la madrileña. “Eso no es un partido ni un gobierno, es su chiringuito”, reconocen desde varios territorios gobernados por el PP. “Ayuso es una criatura de la nueva política del PP a quien ha devorado ya su propio personaje”, añade uno de los principales asesores del partido desde hace lustros. Y todo ello con una gestión de su región “manifiestamente mejorable, por no decir inexistente porque nada hace o dice sobre los problemas de los madrileños”, apostilla un diputado nacional.

El caso es que si hace una semana entre sus referentes del periodismo se atrevieron a llamarla trumpista por su aparición estelar en Mar-a-Lago y su decisión de otorgar la Medalla de Madrid a los EE.UU. del Trump que persigue la destrucción de Europa y vulnera los Derechos Humanos, los gritos de hastío en la calle Génova por el mismo motivo se escucharon a lo largo y ancho de toda la M-30. 

Esta semana la rebelión de sus propios cachorros ha activado todas las alarmas y marcado un punto de inflexión respecto a la baronesa que se siente y actúa con absoluta impunidad en la vida pública. El motivo: la destitución de su consejero Viciana y la inmediata renuncia de tres diputados y dos altos cargos del Departamento de Educación, tras la decisión de Ayuso de apartar a uno de los llamados “pocholos” del que hasta ahora era su entorno más cercano. Concretamente fueron el portavoz del PP en Educación, Pablo Posse; la de Juventud, Carlota Pasarón, y la de Familia y Asuntos Sociales, Mónica Lavín. 

Todos formaban parte de un grupo de jóvenes sin experiencia política y de gestión a los que la presidenta incorporó a las listas electorales de 2023 con las que quiso marcar la diferencia con el viejo PP y los veteranos del partido que siempre habían conducido la política madrileña. Y todos estaban tutelados por un singular mentor, Antonio Castillo Algarra. Conocido por el alias de “Rasputín” y dedicado a las artes escénicas, la inquilina de Sol le profesaba una admiración reverencial hasta el punto de que se le había permitido tutelar en la sombra toda la política educativa y cultural de la Comunidad de Madrid.

Algarra presentaba este miércoles también su renuncia como director artístico del Ballet Español de la región tras la destitución del consejero de Educación, y cargaba en sus redes sociales contra los medios que escriben al dictado de Miguel Ángel Rodríguez para achacar a la falta de experiencia política la destitución de Viciana. El idilio con Rasputín y sus discípulos ha acabado y nadie sabe hasta dónde escalará esta crisis/incendio que se atribuye, como todo lo que pasa en la Comunidad de Madrid, a Miguel Ángel Rodríguez, polémico jefe de gabinete y autor intelectual de todas las decisiones y argumentarios de Ayuso.

De lo que no hay duda es de que en cualquier otro gobierno, regional, local o nacional, esta desbandada hubiera escalado a todas las portadas de los diarios. Imaginen por un momento los titulares, los contenidos de las tertulias y las escaletas de los programas si Pedro Sánchez destituyera hoy a cualquiera de sus ministros y, acto seguido, un puñado de parlamentarios entregara sus actas de diputado o le dimitiera media docena de altos cargos. El caso de Ayuso se ha solventado sin más con un “destituido por falta de experiencia y dilación en la toma de decisiones”, un par de breves en los diarios más entregados al ayusismo y unas colas en los informativos de teleayuso.

El incendio provocado por pocholos y rasputines pone en todo caso de manifiesto los criterios de selección seguidos por Ayuso para la configuración de equipos, entre los que nunca se primó ni la trayectoria académica, ni la experiencia de gestión, ni la vocación de servicio público, sino más bien el culto al líder, la obediencia ciega, la ausencia absoluta de criterio. Pero también subyace tras todo ello que algo se está moviendo y que la baronesa de Sol ya no tiene bula para hacer y deshacer a su antojo sin que nadie rechiste.

No hay quien se trague el relato oficial de que la destitución que ha provocado la crisis se debe solo a la incapacidad del consejero de acordar el nuevo modelo de financiación para las universidades. Lo que sobrevuela es una guerra de familias en el PP madrileño que hasta ahora presumía de cohesión interna. De un lado, el núcleo duro de la presidenta que encabeza el locuaz Alfonso Serrano, a quien el viejo PP no reconoce en el papel de siervo/esclavo de la presidenta. De otro, los alineados con Génova. Y en medio, los “pocholos” tutelados por el mencionado Rasputín, que llegaron a las listas de Madrid creyéndose jóvenes promesas, pero olvidaron pronto quien les puso ahí.

Es cierto que el control férreo tanto del gobierno como del partido por parte de Ayuso/Rodríguez/Serrano no admite ni versos libres ni desobediencias, por lo que cualquier movimiento con intención de dar batalla contra la actual dirección estaría condenado al fracaso. Pero también que es la primera vez que la lideresa se enfrenta a una rebelión en sus propias filas y que algunos de sus referentes mediáticos se han salido del carril habitual del elogio y ensalzamiento permanente. 

La deserción de fieles es un fenómeno que hasta en los regímenes totalitarios se considera señal inequívoca de fisuras profundas, que al gobernante ya no le basta con mantener el control mediante el miedo o la amenaza y que la arrogancia a veces es el preludio de caídas estrepitosas. Pues eso.