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Opinión - 'Retales', por Rosa María Artal

Estamos dentro: cómo llegan a ti las imágenes que la industria ganadera trata de esconder

29 de mayo de 2026 22:31 h

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La primera noche

Tras una hora de viaje, avanzamos por una pista de tierra flanqueada por árboles y recorremos 200 metros junto a un campo abierto, hasta divisar la granja. Es la 1:30 de una madrugada de invierno y la hilera de ventanas dispuestas a lo largo de las naves permanece iluminada. En pocos minutos vamos a entrar a una explotación industrial de cerdos ubicada en Lombardía, al norte de Italia.

He acudido, como fotoperiodista, con el equipo de investigación de Essere Animali. Sus operaciones encubiertas han expuesto, durante años, la violencia sistemática perpetrada contra cerdos, pollos, gallinas, terneros o peces —entre otros animales— en explotaciones ganaderas y piscifactorías.

Esta noche iniciamos un trabajo que durará tres semanas. Entraremos a varias explotaciones ganaderas durante la noche, sin autorización, con el objetivo de obtener material gráfico y exponerlo posteriormente al público.

Documentar con rigor las condiciones de vida de los animales explotados en granjas exige acceder a sus centros de cría sin autorización. Las coartadas usadas por activistas que consiguen acceder con permiso a sus instalaciones resultan insuficientes. Generalmente, los propietarios acaban condicionando el recorrido y vigilan cada movimiento, mostrando solo aquello que cumple con su escaparate comercial. Además, los controles oficiales suelen ser anunciados con antelación, lo que permite a los responsables maquillar las instalaciones y ocultar los problemas estructurales de la granja así como los incumplimientos a las normativas de bienestar animal. Este diagnóstico es compartido por los periodistas y activistas con quienes he trabajado, y coincide también con el análisis del coordinador de la organización, a quien consulto para entender la razón detrás de estas incursiones. Acceder de manera clandestina no es un recurso opcional, sino la única forma de mostrar la realidad.

Históricamente, el movimiento de derechos animales se ha organizado para denunciar y documentar a los explotadores de animales mediante imágenes y grabaciones directas. Lo ha hecho de distintas formas: mediante el uso de cámara oculta —con un permiso de trabajo en sus centros de explotación y cría—; mediante la filtración de material proporcionado por trabajadores; o mediante la entrada clandestina en sus instalaciones, entre otros métodos de investigación. En una intersección entre desobediencia civil y periodismo de investigación, estas acciones encubiertas han dotado al movimiento de un capital político y reputacional clave para afrontar sus objetivos. No solo han llevado a empresas a la quiebra; su mayor logro ha sido sembrar en la sociedad una duda necesaria: según las evidencias, la industria de la explotación animal no ofrece la transparencia que la sociedad demanda e impide el derecho de acceso a la información.

El último Eurobarómetro sobre las “Actitudes de los europeos hacia el bienestar de los animales” revela que el 67 % de la ciudadanía quiere disponer de más información sobre las condiciones en las que se encuentran los animales explotados en granjas.

En el coche vamos cinco personas. Estoy en el asiento delantero, junto a Simone, que conduce y trabaja como investigador a sueldo de la organización. Detrás van Francesco, el coordinador del equipo; Lupo, un voluntario habitual; y Aleda, la activista más joven del grupo, que acaba de concluir un trabajo de infiltración en una explotación de pollos broiler. Conozco a Francesco desde el año 2018, cuando vine a seguir sus incursiones en granjas. Al resto de los miembros del equipo los he conocido esta misma noche.

Repasamos los detalles de la ruta de acceso. La instalación está rodeada por un vallado reforzado con setos de unos tres metros de altura. En el centro hay un edificio que puede tener personal de seguridad. Nos colaremos por detrás, entre los setos.

Francesco indica a Simone que deje el coche orientado hacia el camino, preparado para escapar rápido en caso de emergencia. Simone maniobra y apaga las luces. No es un sitio especialmente escondido, pero permite escapar del lugar y llegar a una carretera con rapidez.

Mientras preparan el equipo —trajes de bioseguridad, radios, dos escaleras telescópicas, cámaras de vídeo, el visor nocturno y varias herramientas— trato de situarme en el terreno y analizo por última vez el mapa. Las torres de iluminación alumbran gran parte del perímetro y los corredores por donde nos vamos a desplazar. Si salta una alarma o aparece personal de seguridad, la luz nos deja muy expuestos. Además, la granja está muy cerca de un núcleo urbano y de varias casas.

Por ello, antes de cruzar el vallado y acceder a las naves, necesito tener clara la ruta de salida. Los 300 metros hasta el coche parecen pocos, pero durante estas incursiones se pueden hacer largos. Hay que recorrer la nave rápido, sin luz, cruzar canales y cercados, avanzar sobre el barro, con varios kilos de material a cuestas, asegurando que nadie se quede atrás.

Francesco comprueba que cada responsable tenga su material y confirma que las radios estén conectadas. Cierra la puerta. Los focos del coche se encienden por última vez.

Nos acercamos al objetivo en silencio. El barro y los charcos cubren el camino y los pies resbalan por momentos. La granja emerge entre la niebla. Estamos a tres grados y la luna nos proporciona suficiente luz para poder avanzar sin encender el frontal.

Mientras avanzamos hacia la esquina trasera de la granja el equipo se cubre el rostro por precaución, para evitar ser reconocidos por las cámaras de vigilancia en caso de que las haya. Hacemos una parada y nos reunimos para confirmar los últimos detalles. Simone y Lupo avanzan hacia la parte delantera de la granja, donde se encuentra la puerta de acceso principal. Su tarea consiste en vigilar y ofrecer cobertura a quienes vamos a entrar. Antes de que crucemos el perímetro, tienen que confirmarnos por radio que es seguro continuar. Si aparece algún vehículo, se enciende una luz en el edificio o hay algún movimiento sospechoso, tienen que avisar a Francesco y a Aleda, con quienes me dirijo a la parte trasera de la granja.

En el año 2018, pocos minutos después de entrar en una explotación de terneros, un operario nos sorprendió y nos encerró en la nave. Francesco conocía cada rincón de la granja —había estado antes— y logró guiarnos hasta una puerta secundaria. Al llegar al vehículo dos operarios nos confrontaron con barras de hierro. El equipo logró calmar la situación hasta la llegada de la policía y del propietario. Tras la intervención policial, decidieron dejarnos marchar sin presentar denuncia. Según me explicaron después, la decisión pudo estar influenciada por el temor de los responsables a verse implicados en un escándalo mediático. Apenas pudimos filmar nada, pero el propietario no lo sabía y optó por no asumir el riesgo.

Hacemos un pequeño parón y Francesco saca el visor nocturno. Recorre con la vista ambos lados del perímetro. Confirma que no hay cámaras de videovigilancia ni sensores a la vista y que la situación sigue siendo segura.

La explotación es una granja de ciclo cerrado: los cerdos nacen, crecen y permanecen allí hasta ser cargados en los camiones que los llevarán al matadero. Esta noche entraremos únicamente en dos naves, siguiendo este orden: primero a una nave de maternidad —donde las cerdas permanecen confinadas en jaulas individuales, junto a sus crías— y luego a una nave de gestación —donde las cerdas se encuentran en jaulas similares dispuestas en batería —. El orden no es arbitrario. Entrar primero en la nave más cercana permite al equipo confirmar si ha sido detectado y, en tal caso, disponer de un margen mayor de tiempo para salir.

A lo largo del vallado hay una zanja que debemos saltar. Francesco y Aleda despliegan las escaleras, buscan el hueco por donde tienen pensado entrar y confirman por radio nuestra posición con los responsables de la vigilancia. Me ofrecen su mano y me ayudan a cruzar. Estamos dentro. Ahora toca avanzar hacia las naves.

Aleda y Francesco revisan los corredores y las puertas de acceso a las naves de maternidad. Me hacen una seña para que me acerque. Nos enfundamos los monos de bioseguridad, los guantes, las mascarillas, los cubrebotas y entramos.

La nave se extiende unos 100 metros a lo largo —según confirmo en el mapa—. Accedemos a un pasillo que está a oscuras, únicamente iluminado por la luz que se filtra desde las puertas que dan a las salas de maternidad, dispuestas una tras otra. No alcanzo a ver el final. Al cruzar el portón de la nave se perciben dos cambios inmediatos: el zumbido constante de la maquinaria y el hedor penetrante, ácido, propio de las explotaciones de animales.

Enciendo el frontal y lo primero que observo, en la puerta de acceso a la sala tres, son varios cadáveres de cerdos echados al suelo. No es una excepción: en la industria porcina, la mortalidad pre-destete oscila entre el 10 % y el 20 %. Millones de crías mueren cada año durante sus primeros días de vida.

Entro con Aleda a la sala uno, mientras Francesco se queda vigilando tras la puerta, en el pasillo. En la entrada encontramos a otros dos lechones apartados de su madre sin agua ni fuente de calor. Han sido abandonados a su suerte. Uno ya está rígido. El otro convulsiona en estado agónico. Extiende y retrae sus patas de forma espasmódica y repetitiva. Abre y cierra los ojos, exhausto. No pasará de esta noche. Registramos la escena en silencio y seguimos.

La sala está sumida en una penumbra roja, iluminada solo por los pocos calefactores que permanecen encendidos y un fluorescente tintado que pende del techo. El espacio se organiza en dos pasillos simétricos que distribuyen el acceso a los recintos de maternidad, donde las cerdas permanecen junto a sus crías.

Cada recinto cuenta con un espacio para los lechones y una jaula de parto. Se trata de un armazón de metal diseñado para las medidas estándar de las cerdas, construido con el fin único de restringir sus movimientos. La jaula impide a la cerda darse la vuelta; limita la interacción con sus crías; incide en su salud e imposibilita su comportamiento natural.

El suelo de rejilla cubre casi toda la sala, desde los pasillos hasta los recintos de maternidad. Las deyecciones y fluidos caen directamente a una fosa de purines. Durante las cinco semanas que permanecen aquí, las cerdas paren y amamantan a sus crías justo encima de estas fosas. Tras ese periodo, se las separa a la fuerza y las madres regresan al área de gestación para ser inseminadas de nuevo.

Le pido a Francesco que encienda la luz general de la sala para documentar mejor el entorno. Comienzo a moverme entre los pasillos y hago mis primeras fotos. Bajo los tubos fluorescentes, la gran mayoría de las cerdas permanecen inmóviles, tumbadas y exhaustas. Los lechones deambulan sobre la rejilla buscando las mamas o el calor de las estufas. Mientras trabajo, un estruendo metálico rompe sobre el zumbido de los extractores. Son sus propios cuerpos, que chocan contra los barrotes de la jaula al intentar moverse más allá de la estructura.

Documentamos dos salas de maternidad y llega el momento de salir. Por seguridad, el tiempo con el que contamos para registrar la granja es muy reducido. Nuestro límite son las cuatro de la madrugada, hora a la que debemos estar fuera de la última nave. Y este es un dato significativo. Lo que encontramos durante estas incursiones es solo una fracción de lo que ocurre realmente. A veces entramos una noche, otras tres, en instalaciones que funcionan las 24 horas, los 365 días al año.

El equipo realiza un cambio en la vigilancia; Lupo sustituye a Aleda. Le recogemos en el punto de acceso, en el lugar donde hemos dejado colocadas las escaleras telescópicas, y nos dirigimos a una de las naves de gestación. Llegamos al corredor central, que comunica con todas las naves, y Francesco vuelve a usar el visor infrarrojo para comprobar sensores y cámaras. Nos confirma que el entorno está despejado y entramos.

La nave de gestación es un área de confinamiento que encierra a cientos de cerdas en jaulas individuales. Algunas apenas caben al tumbarse y sus cuerpos presionan los barrotes. Hileras de jaulas recorren todo el espacio. El pienso se suministra a través de un comedero lineal y el agua mediante un bebedero de botón que las cerdas pulsan cuando tienen sed. He visto esto en muchas granjas, pero el lugar me sigue impresionando.

La Directiva 2008/120/CE del Consejo, “relativa a las normas mínimas para la protección de cerdos”, solo regula el tiempo en el que las cerdas deben permanecer en grupos. Ese periodo comprende “entre las cuatro semanas siguientes a la cubrición y los siete días anteriores a la fecha prevista de parto”. Fuera de este intervalo, es legal mantener a las cerdas en jaulas individuales.

La higiene del área es deficiente y la gran mayoría de las jaulas acumulan excrementos en su parte trasera. Las rendijas de evacuación son insuficientes y se necesita un operario que las retire, probablemente con una manguera. El ambiente está impregnado de polvo —restos de pienso y materia fecal seca— que las cerdas inhalan constantemente. Incluso con mascarilla, respirar resulta difícil.

Dispongo de algo menos de una hora. Desde la organización me han pedido retratos de los animales para su próxima campaña. Me pongo a ello mientras Lupo y Francesco inspeccionan la nave y registran todo lo posible.

Quedan diez minutos para salir. No quiero irme sin una foto que muestre toda el área y lo que realmente supone para los animales estar aquí, atrapados en filas interminables de jaulas. Les pido ayuda para traer una escalera del exterior y situarla en el centro del pasillo. Así puedo mostrar la magnitud del confinamiento y la escala de esta explotación intensiva.

A pesar de la tensión, la noche transcurre sin incidentes. Francesco comunica por radio que hemos terminado y nos reunimos en el punto acordado. Cruzamos el vallado en silencio y dejamos la granja atrás.

La experiencia de esta noche se repite durante las siguientes tres semanas. Viajamos a distintas partes del norte de Italia y completamos once incursiones en nueve explotaciones más. En total, logramos documentar cuatro granjas de cerdos, tres de pollos, una de gallinas, una de pavos y una de conejos. La cobertura suma también otra de vacas, donde solo entro a realizar unos retratos que me pide Francesco, destinados a las próximas campañas de la organización. Las visitas se realizan con el mismo método y rigor, sin apenas sobresaltos y siempre durante la madrugada. Los días que paramos, los dedico a organizar el material gráfico y a repasar las notas de campo. Estos momentos también sirven para conocernos mejor, al margen de la tensión y de la disciplina del trabajo. Discutimos sobre estrategia, compromiso y las metas sobre las que debemos trabajar.

Pollos

La Directiva 2007/43/CE del Consejo permite que las granjas intensivas de pollos explotados para su engorde puedan operar con un límite base de 33 kilos por metro cuadrado, una cifra que la ley autoriza ampliar hasta los 42 kilos si se cumplen condiciones especiales de ventilación y baja mortalidad. Según el peso estándar de los pollos recibidos en los mataderos, el suelo de la nave puede confinar entre 15 y 20 pollos por cada metro cuadrado.

Bajo estas cifras, cada una de las naves que visitamos durante este periodo puede albergar a más de 20.000 pollos. Durante los accesos, comprobamos que las instalaciones permanecen completamente iluminadas. Esto responde a una estrategia de producción diseñada, fundamentalmente, para incentivar el apetito de las aves. De hecho, la propia Directiva 2007/43/CE del Consejo permite suspender el periodo de oscuridad y mantener la luz de forma ininterrumpida durante los tres días previos al sacrificio. Una concesión basada en criterios meramente productivos donde el bienestar del animal queda supeditado al rendimiento económico de las empresas avícolas.

La primera granja que visitamos se compone de doce naves divididas en tres núcleos de producción. Avanzamos hacia el sector más alejado de las oficinas, donde puede haber personal de seguridad, y accedemos por un hueco identificado en una inspección previa.

Lupo entra primero para abrirnos el portón, situado al otro extremo de la nave, donde espero con Francesco. Al abrirlo, miles de pollos hacinados se extienden a lo largo de sus cien metros de longitud. La densidad es tal, que apenas puedo ver el suelo. El ambiente está saturado de partículas de polvo, plumas en suspensión y amoniaco. Al igual que en las explotaciones de cerdos, respirar cuesta, incluso con mascarilla. Los pies se hunden en la yacija, una capa inicialmente compuesta por material orgánico seco —serrín, cascarillas de arroz o cacahuete u otros— , pero que en la fase final del ciclo está constituida principalmente por sus propios excrementos. El ciclo productivo de los pollos dura unos 42 días. Durante este periodo, la nave nunca se limpia y las aves viven sobre sus propios desechos.

Permanecemos dentro algo menos de hora y media. Francesco, que vigila fuera de la nave, nos alerta por radio a las cuatro de la mañana: se acerca un tractor. Lupo y Aleda me hacen gestos rápidos. Les veo muy agitados. Yo no llevo radio —si la comunicación es en otro idioma y no es indispensable, prefiero evitarlo porque me puede confundir— y aún no entiendo qué sucede. Así que pienso que nos han descubierto. Guardo mi equipo en la bolsa, salgo a toda prisa y cerramos el portón tras nosotros.

En una situación como esta, escapar no es fácil. A diferencia de las granjas de gallinas, conejos o cerdos, aquí no hay pasillos divisores. Avanzar entre tal densidad de aves, sin pisarlas y causarles un daño, exige mucho cuidado. Además, salir de una nave completamente iluminada a la oscuridad total de la noche ralentiza aún más la marcha. La retirada es caótica, pero conseguimos rebasar el perímetro y escondernos en un bosque contiguo.

Desde el resguardo que nos proporcionan los árboles tratamos de entender qué sucede. Minutos antes escuchamos el ruido de los motores que accionan las líneas de pienso, pero el alimento no llega a los comederos. Ese fallo activa la alarma y provoca que el encargado acuda de madrugada. Nos llevamos un buen susto.

Comento con el equipo que el portón no ha quedado cerrado del todo —se queda a dos centímetros del marco porque pesa demasiado—, y no debemos dejar rastro de nuestra presencia. Lupo y Francesco se acercan para tratar de encajarlo, pero el tractor sigue ahí y temen que amanezca y nos descubran. Deciden dejarlo como está. Regresamos al lugar donde tenemos escondido el coche, y nos retiramos.

En los días posteriores realizamos dos visitas a dos granjas de pollos más y en distintas fases de producción. En todas ellas nos encontramos con el mismo paisaje: cuerpos apartados a la entrada de la granja, cadáveres esparcidos por el suelo, aves enfermas y algunas en estado agónico. La propia Directiva 2007/43/CE del Consejo reconoce en su texto que las “altas densidades de población en las granjas”, así como “la tasa de crecimiento rápido de las especies” que se utilizan, comprometen la salud de los pollos. Un informe científico reciente sitúa la mortalidad acumulativa media de estas explotaciones intensivas entre el 1,5 % y el 6,2 % antes de su envío al matadero.

Gallinas

El objetivo de esta noche se ubica junto a una autovía y entre varios núcleos de población. Si sucede algo, podemos ser descubiertos con facilidad. Resguardamos el vehículo en el lado opuesto de la granja y nos dirigimos hacia un túnel de drenaje que conecta con el área donde vamos a trabajar. El equipo elige este punto para preparar todo el material. Comprobamos las radios y atravesamos el túnel hacia el complejo, compuesto por cuatro naves y dos edificios anexos: una vivienda que cuenta con piscina, y otro donde pueden pernoctar trabajadores. Esta noche, Lupo y Simone asumen la vigilancia de ambos inmuebles mientras Francesco, Aleda y yo accedemos al área de producción. El perímetro carece de vallado y facilita la entrada al lugar, un factor que equilibra el riesgo que supone tener a los responsables durmiendo tan cerca.

La explotación funciona bajo el sistema de jaulas, un método de confinamiento que concentra el 33,2 % de las gallinas destinadas a la producción de huevos en Italia.

Avanzo por un pasillo entre dos hileras de jaulas de alambre, dispuestas en batería y apiladas desde el suelo hasta el techo, que abarcan casi la totalidad de la capacidad física del pabellón. Miles de gallinas cacarean sin interrupción y las jaulas permanecen abarrotadas. La Directiva 1999/74/CE del Consejo exige una superficie mínima de 750 centímetros cuadrados por ave, de los cuales solo 600 centímetros cuadrados corresponden a superficie utilizable. Un espacio que apenas supera las dimensiones de un folio estándar de papel.

Comienzo a tomar mis primeras fotografías mientras Francesco y Aleda documentan otra zona de la granja. En una de las jaulas yace una gallina muerta en estado de descomposición junto a las vivas, atrapadas sin margen de acción dentro de los límites del alambre y obligadas a coexistir con el cadáver. La escena se repite en varias de las jaulas de esta explotación. Las condiciones de hacinamiento, la presión genética y el desgaste metabólico derivado de la producción extrema de huevos acaban incidiendo de forma crítica en la salud y bienestar de las gallinas. Asimismo, la frustración de su comportamiento natural puede dar lugar a brotes de canibalismo que a menudo se convierten en el principal factor de mortalidad de la explotación. Para prevenir estos episodios y que incidan en el rendimiento económico de la industria, la legislación europea permite la mutilación del pico. Este procedimiento, además de causar un dolor agudo y crónico, compromete funciones fisiológicas necesarias para su bienestar.

Solo en la Unión Europea, entre 10 y 30 millones de estas aves mueren anualmente en las propias granjas, antes de finalizar su ciclo de producción. El ancestro silvestre de la especie pone entre 10 y 15 huevos al año, en contraste con los 300 que puede producir una gallina promedio en la actualidad.

Pavos

Al contrario de lo que sucede con otras especies, los pavos carecen de una legislación común en la Unión Europea. El 3 de febrero de 2026, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó, a petición de la Comisión Europea, su primer dictamen científico sobre la explotación intensiva de pavos. Para ello, revisó literatura científica publicada entre 1954 y 2025, documentación técnica y pruebas aportadas por distintas organizaciones.

El informe identificó diecinueve puntos críticos, entre los que destacan la restricción de movimiento, los trastornos locomotores, las lesiones en tejido y piel, la imposibilidad de explorar o buscar alimento de manera natural, el estrés térmico por frío o calor o la imposibilidad de desarrollar comportamientos de nidificación. Asimismo, el dictamen señaló que los factores que más comprometen el bienestar de estos animales son el hacinamiento, las mutilaciones, la acumulación de humedad y suciedad en la cama, la ausencia de enriquecimiento ambiental, la mala calidad del aire, la temperatura extrema y la privación de agua y alimento.

Durante nuestra inspección a la única explotación de pavos que visitamos durante este trabajo, constatamos las conclusiones del diagnóstico emitido por la EFSA. Los animales cubrían por completo la superficie de la nave. La yacija se había convertido en una masa blanda de excretas de varios centímetros de espesor por la que costaba caminar. El plumaje de muchos pavos estaba cubierto de suciedad y degradado por el sustrato. Algunos presentaban cojera y lesiones en la piel. Encontramos varios cadáveres esparcidos por el suelo en diferentes fases de descomposición, y también registramos un episodio de canibalismo.

Conejos

El ambiente es sumamente húmedo. Son las dos de la madrugada y, a pesar de que la temperatura exterior se mantiene en cuatro grados, la sensación térmica la convierte en una de las noches más frías. Nos encontramos en la parte de atrás de una explotación de conejos ubicada en la provincia de Treviso. El equipo delibera sobre la ruta de acceso, que entraña ciertas dificultades operativas. El riesgo reside en la vivienda contigua a la nave. Parece que hay actividad y debemos ser especialmente sigilosos. Simone extiende la escalera telescópica y la apoya sobre el vallado perimetral. Una vez arriba, se apoya en un depósito de agua en desuso y desciende al otro lado para desmontar un alambre y abrirnos la puerta. Se desplaza junto a Lupo hacia la entrada de la explotación para vigilar la vivienda desde cerca y el resto nos preparamos para entrar.

La zona trasera está bastante deteriorada. El acceso nos obliga a pisar primero unas planchas de metal bastante ruidosas. Además, a un lado hay un foso donde podemos caer. Reviso bien la zona por si tenemos que escapar con rapidez, me calzo los cubrebotas, compruebo la batería del equipo y sigo los pasos de Francesco y Aleda, que se adentran por un corredor.

La nave se encuentra en completo silencio y es mucho más estrecha que las que hemos visitado hasta esta noche. Un bloque de cuatro filas de jaulas recorre la longitud del espacio. En cada jaula hay una coneja, presuntamente en estado de gestación. Al igual que sucede con los pavos, esta especie explotada carece de una legislación común en la Unión Europea, lo que otorga a los Estados miembros un margen regulatorio mayor. Esto se traduce en una perpetuación del sistema de jaulas en batería, particularmente en los países del Mediterráneo, que concentran gran parte de la producción de carne de conejo en el mercado europeo.

Dejamos este espacio atrás y cruzamos a la nave contigua. Esta sí responde a los patrones de amplitud y distribución habituales. Es un pabellón mucho más amplio con varias filas que distribuyen las jaulas. En una parte se encuentran las conejas junto a los gazapos, en la misma jaula. Y en el resto del pabellón, conejos en fase de engorde. El espacio del que disponen es mínimo y cuando me acerco permanecen agrupados contra el fondo, asustados.

Apenas dispongo de tiempo para registrar las jaulas en profundidad. Así que, mientras el resto del equipo trata de resolver todo con rapidez, yo me centro en retratar el hacinamiento de los conejos. Cuando nos disponemos a abandonar la nave, Aleda encuentra, justo al lado de la puerta, una bolsa de pienso con conejos muertos. Nos ayudamos con el foco y la sujeción de la bolsa para registrar la escena en foto y vídeo, dejamos todo como estaba y salimos. Aleda lleva poco tiempo involucrada en la organización pero muestra una implicación excepcional y no se deja nada atrás. Es una gran observadora y me informa de cada detalle, lo cual le agradezco. Al igual que otros muchos activistas, compagina su empleo habitual —que realiza a distancia— con las incursiones nocturnas realizadas durante este viaje.

Cerdos

Tres intentos, varios kilómetros campo a través sobre el barro y nada. Encontramos dos granjas vacías; en la tercera no logramos entrar. Una noche frustrada. Sin embargo, registro las mejores tomas en exteriores del viaje.

A la tercera granja llegamos pasadas las cuatro de la madrugada, por encima de la hora límite, lo que nos impide revisarla con detalle. Decidimos regresar una segunda noche y, esta vez sí, logramos acceder a tres de sus naves. Es una granja de engorde, donde los cerdos permanecen alrededor de 140 días hasta ser enviados al matadero. El complejo lo constituyen doce naves, cuatro de ellas dedicadas a la última fase de engorde.

El pasillo principal distribuye el espacio en dos filas de corrales separados por unas estructuras tubulares de metal. Los cerdos permanecen estabulados sobre suelos de hormigón. Bajo sus rendijas, al igual que sucede en las salas de gestación y maternidad, se encuentra una fosa subterránea que acumula purines y emana gases —como el metano o el amoniaco— sobre las que viven los animales de forma ininterrumpida. Durante esta fase, los cerdos acaban sufriendo problemas respiratorios e incluso la muerte. Debido a su incidencia en la producción, esto constituye una de las mayores preocupaciones sanitarias de la industria.

Concluyo la cobertura con dos explotaciones más, ambas de ciclo cerrado. Una en Verona, constituida por ocho naves y otra en Emilia-Romaña, con más de cuarenta naves. Esta última representa la explotación de mayor envergadura de todo el viaje.

En ambos complejos observo una distribución similar y constato el mismo estándar operativo y los mismos patrones de explotación sistémica: cerdas atrapadas en jaulas metálicas en las que apenas pueden moverse, cadáveres descartados en los pasillos y en los recintos de maternidad —algunos de ellos desmembrados, probablemente por la acción carroñera de los gatos—, suelos cubiertos de orines y excrementos, una atmósfera saturada de amoniaco y cerdos en estado agónico.

Recorremos gran parte de la explotación y avanzamos hacia la última nave de maternidad. Allí localizamos a varios lechones atrapados entre el cuerpo de la cerda y el fondo de la jaula. Las dimensiones de la estructura son tan ajustadas que algunos están a punto de morir. Aleda y Lupo intervienen de inmediato para impedir su aplastamiento. En la base del recinto, sobre el suelo de rejilla, varios lechones yacen entre excrementos y restos de la placenta. Minutos después, al abandonar la nave, hallamos decenas de cadáveres acumulados en una carretilla y en la pala de un tractor. Documentamos ambas escenas y salimos de las instalaciones hacia donde hemos escondido el coche. Hemos acabado. Mañana nos espera la explotación de terneros, donde la organización me ha pedido que realice unos retratos. Por mi parte, doy por concluida la cobertura que vine a hacer aquí.