El año que no viajé a Buenos Aires

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La mayoría de los desplazamientos que hacemos requieren una planificación exhaustiva y exprés -consultar guías de viajes, blogs, Google Maps, Tripadvisor-, pero hay viajes para los que llevamos toda la vida preparándonos. Mi padre no fue a Buenos Aires hasta que cumplió los 59, pero durante años me contó tanto de esta ciudad que parecía que solía frecuentar sus calles. Sus explicaciones nunca eran vagas; era capaz de recorrer la Avenida Corrientes y de hablarme del Luna Park como si ya hubiera estado allí en algún concierto de Fito Páez o Charly García. Sabía cómo había sido el desarrollo urbano de la capital argentina, cuántos habitantes tenía, cuál era el grado de delincuencia, a cuánto estaba el cambio del dólar con el peso argentino, cómo funcionaba el transporte público, cuántos teatros había, dónde se comía el mejor asado y, por supuesto, la historia del rock argentino. La casa de mi infancia estaba llena de cedés que durante años mi padre encargó a una tienda de discos de Barcelona regentada por argentinos. Empecé muy pronto a canturrear canciones que hablaban de la Casa Rosada, las abuelas de la plaza de Mayo y las Malvinas.

Lo que no se imaginaba él, ni yo, era que el trayecto desde el aeropuerto hasta la ciudad sería desolador. Fue una de las grandes sorpresas que se llevó después de aterrizar. Me reconoció que estaba decepcionado, pero esa sensación le duró poco. Tras un recorrido de 30 kilómetros, allí estaba la ciudad que llevaba toda la vida recreando en su mente. Y era incluso mejor de lo que esperaba.

Pensaba en todo eso cuando en enero de este año, después de rechazar un trabajo porque creía estar estableciendo las prioridades correctas en mi vida, entré en la web de Iberia y reservé unos billetes para ir a Buenos Aires el 7 de septiembre. Me había convencido de que estaba en un momento en el que debía cuidarme un poco más y que tenía que dejar de postergar todo para tiempos mejores. El momento perfecto no va a llegar nunca, me dije, y pulsé el botón de comprar antes de que empezara a anticipar problemas.

El año no acabaría sin que yo estuviera dos semanas cumpliendo el sueño que había heredado de mi padre. La banda sonora de mi primera inmersión en el continente americano ya sonaba en mi cabeza. Serú Girán, Soda Stereo, Babasónicos, Charly, Fito, Chavela Vargas, Gardel…  Todos estarían en la lista de Spotify que mi cerebro ya había empezado a confeccionar. Esta primera vez solo tendría tiempo para ir a Buenos Aires, pero podría cruzar el Río de la Plata en ferry y estar un par de días en Montevideo. Las cataratas y el Perito Moreno tendrían que esperar. ¿Qué podía salir mal?

Antes de 2020 ya tenía esa sensación de que nuestras vidas eran extremadamente volátiles, pero sabía que cualquier tiempo pasado no había sido mejor. No me hace falta leer a Steven Pinker. Lo demuestran los datos y lo constato cuando recuerdo los sacrificios que hicieron mis padres; lo que tardaron en salir de España o en llevarnos de vacaciones a algún sitio que no fuera la casa de mis abuelos. Yo no tenía un pueblo de vacaciones, tenía una isla. Lanzarote. Y allí se repitieron casi todos los veranos felices de mi infancia.

De lo que sí estoy convencida es de que nosotros hemos perdido una habilidad que ellos, con todas las dificultades, sí tenían: no somos capaces de imaginar el futuro. Tanta información nos ha hecho más vulnerables; nos hemos acostumbrado, y con razón, a temer lo peor, porque siempre, a cualquier hora, habrá algún lugar del mundo donde esté sucediendo una catástrofe. Vivimos siempre en el presente, pero en un presente despojado de romanticismo, alejado del carpe diem; en un presente eterno que nos paraliza y nos convierte en individuos frágiles. Y ese estado de incertidumbre permanente nos está arrebatando parte de nuestras propias vidas.

Cada poco tiempo en mi buzón de correo electrónico aparece un email de Iberia. Me recuerda que tengo varios bonos -en las vacaciones de Semana Santa también había planeado viajar a Toulouse- y que, juntos, suman una buena cantidad. Me invita a invertirlos en una nueva experiencia ahora que el espacio aéreo vuelve a estar abierto, pero cuando apenas hay turismo. No sabemos cuándo será seguro viajar; cuándo estará a pleno rendimiento la principal industria de nuestro tiempo, de la que dependen millones y millones de personas en el mundo para sobrevivir. La que a muchos nos permite vivir nuestra rutina diaria, por lo que representa en términos de producto interior bruto en la economía del lugar donde residimos, y, al mismo tiempo, salir de ella, adentrarnos en otras realidades. Porque hoy todo es turismo: desde la gastronomía hasta una guerra o un accidente nuclear.

Pero viajar no ha sido siempre lo que es hoy, ni siquiera algo apetecible. Lo cuenta Lawrence Osborne en su libro El turista desnudo. “El término inglés travel, es decir, viaje, es sorprendentemente antiguo. Se remonta a 1375 y deriva del verbo francés travailler, trabajar, que a su vez deriva de la palabra latina tripalium, o triple estaca, que se utilizaba para designar un instrumento de tortura. Por tanto, el concepto de viaje nació como algo sumamente desagradable: emprender un desplazamiento difícil. Se trata de una noción medieval que tiene su origen en las peregrinaciones. El sufrimiento se da por sentado, porque viajar en el año 1375 era sufrir, y mucho. Pero se consideraba un sufrimiento transformador, una evasión del aburrimiento de la vida cotidiana”.

Hoy viajar es otra cosa, o muchas otras cosas, pero seguimos anhelando ese efecto perturbador. Todos ansiamos descubrir sitios desconocidos -a sabiendas de que ya no existen-, pero, al mismo tiempo, nos ofendemos si nos tratan como a turistas. Los turistas son los otros, lo que estropean la experiencia, el paisaje, nuestras costas y ciudades.  

Este verano me matriculé en un curso sobre narrativa de viajes impartido por la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona y descubrí a una chica que viaja sin moverse de su casa. Padece agorafobia y ansiedad, pero, como explica en su Instagram, ha encontrado otra forma de transitar por el mundo. Más de 131.000 personas siguen su perfil en esta red social, donde comparte fotos de distintas partes del mundo tomadas cuidadosamente, buscando el momento oportuno, a través de Google Street View.

Yo vuelvo a pensar que este año no será el año en el que escriba una bitácora contando mis primeras impresiones de Buenos Aires, pero recuerdo lo que decía Rsyzard Kapuscinski en sus “Viajes con Herodoto”: “El viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad, empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca, porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio”.

Viajamos para confrontarnos con el otro y para conocernos a nosotros mismos. El viaje de mi padre a Buenos Aires siguió después de que la crisis de la industria musical borrara de Carrer Bonsuccés su tienda de música. Y continúa. Igual que el mío. Siempre estamos de viaje.

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